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Archivo de la categoría: Crónicas caledonias

Tes quiero, cari

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Es inevitable, y recurrente, hacer comparaciones entre la deriva de los procesos independentistas de Escocia y Cataluña y la escaleta de una relación de pareja que se rompe. Pero es sorprendente lo calcado que viene resultando en los últimos días, en la previa del referéndum escocés. Y eso que, en un principio -sobre todo, comparado con el ejemplo España-Cataluña-, la actitud del gobierno británico era de nota. ‘Por supuesto que podéis hacer una consulta independentista’, fue lo primero que dijo David Cameron -lo que viene a ser el equivalente a ‘Por supuesto que puedes darte un tiempo para pensar, cari’-. Bien es verdad que lo segundo que dijo fue, aproximadamente: ‘Despídete de la libra’; y lo tercero: ‘Esos astilleros que tenéis en el díscolo Glasgow, por ejemplo, que se vayan despidiendo también de los buques de la Bristish Navy‘.

Aun así, era un postura mil veces más dialogante que la que se da por estos lares. Gráficamente, y nivel pareja, la situación entre los arrebatos de independencia de Cataluña y el empecinamiento del Gobierno español podría resumirse en: hay una parte de la pareja que parece sentirse, más o menos legítimamente, dolida, agraviada. En consecuencia, ese miembro de la pareja saca varias tarjetas amarillas en forma de pollos llorosos, sulfurados, tal vez histéricos. Lo mismo hubiera sido buena idea, en pro de la paz común, realizar algún gesto para calmar los ánimos -un tipo de gesto que probablemente se debiera haber dado hace tiempo, y que incluso no tendría ni porqué haber sido económico (aunque ese sea, en realidad, el meollo del asunto). Por ejemplo, si tanto amamos a nuestras autonomías históricas y hechos diferenciales y ya tal, ¿por qué no existe la posibilidad de escoger una lengua estatal, además del castellano a estudiar en la escuela pública?-. En el escenario doméstico Cataluña-España, mientras una de las partes llevaba tiempo amenazando con hacer las maletas, la otra parte apenas hacía más que resoplar y levantar la mirada, cansinamente, por encima de las páginas del suplemento dominical de turno. Daba igual que la parte agraviada llorara, gritara, diera la espalda o se asomara al balcón en tetas. Lo único que ha salido del Gobierno central, más allá del mutismo, son expresiones parecidas a: ‘No dices más que tonterías’ o ‘Estás exagerando’ -y lo mismo es verdad pero, como digo, algún gesto conciliador a tiempo, o alguna discusión constructiva, más allá de la negación, habría ahorrado muchos males-.

La actitud del gobierno británico habrá podido ser mucho mejor que la nuestra, pero tampoco ha resultado modélica. Ha habido sabotaje  -‘¿Tú sabes la pensión que les va a quedar a los niños si nos separamos?’- y paternalismo: ‘Pero, ¿dónde vas a estar mejor que conmigo? ¿Adónde vas a ir tú?’.

El supuesto de la independencia de Escocia tiene cuestiones sangrantes, más allá de la Arcadia feliz, mezcla de petróleo y socialismo, que pintan sus defensores. Qué sucedería al perder el colchón de hierro de la libra es, por supuesto, una de ellas. El Banco de Escocia es de Lloyd´s (de la City). La Unión Europea no vería con buenos ojos, al menos durante un tiempo, admitir a un miembro ‘díscolo’. El petróleo del Mar del Norte no es eterno. Cuanto menos, en los comienzos, habría un escenario de incertidumbre monetaria y política que se alejaría mucho de esa imagen de promisión. A quien menos preocupa ese vertiginoso limbo es, por supuesto y como siempre, a la plutocracia de turno, que cuenta además con llevarse un buen pedazo del nuevo pastel.

Aun teniendo en cuenta todo esto, la campaña unionista Better Together se las ha arreglado para ir pifiándola con tesón admirable. De un cavernal 30%, la campaña a favor del sí cuenta por ahora (como todo el mundo sabe), con la mitad de intención de voto de la población escocesa. En parte, gracias a joyas como la siguiente:

El nerviosismo en Westminster ante lo que podría ser la desintegración real del Reino Unido ha ido alcanzando, consecuentemente, cotas dignas de un escenario de la última Oreo. Y, como ocurre en las relaciones, los momentos finales de la crisis se llenan de gestos -desde colgar la bandera de San Andrés en Downing St. a las promesas de mayor autonomía- que hubieran estado muy bien en cualquier otra época, pero que en el estado actual de cosas lo que hacen es enfurecer todavía más a la aún parte contratante. Nuevamente, en lenguaje de pareja: ‘Si tan poco te costaban estos detalles, copón, ¿por qué no los has hecho antes? Unas florecitas, un par de días juntos, un cariño, un poco de atención… ¿Ni ese pequeño esfuerzo merecía la pena?’.

Así, indignación y desesperación van subiendo a la par y aparecen las medidas delirantes, como recurrir a la madre de uno que, muy juiciosamente, argumenta:

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‘A mí dejadme de vuestras cosas, que me tenéis ya loca del coño’.

Con las maletas del que se larga en el pasillo, la antaño parte dominante se derrumba. ‘No, cari, por favor, no te vayas: tes quiero. Tes quiero mucho’ : ‘Queremos que os quedéis’, ha repetido David Cameron en sus últimos mensajes a los escoceses.  Un discurso de amor arrastrado que eclosiona en esta joya definitiva recogida por la BBC: ‘Podréis haber escuchado un montón de razones que yo llamo ‘razones de la cabeza’, en torno a si Escocia será mejor, más próspera, más segura, dentro o fuera del Reino Unido -declara-. Pero creo que también es importante atender a las razones del corazón: hay que pensar cuidadosamente en cómo nos sentimos respecto a este país (…) Yo, de hecho, me preocupo mucho más por mi país, este extraordinario Reino Unido que hemos construidos entre todos, de lo que me preocupo por mi partido. Por eso me rompería el corazón que esta familia de naciones se separa’,

Y ahí está Escocia, justo en el umbral de la puerta.

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Las historias que debería haber contado y que han contado otros por mí (y yo tan feliz, II)

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De las Islas Británicas, Unst es la isla habitada que se encuentra más al norte. Porque sí tiene habitantes, aunque servidora no los viera: 1000 irreductibles vikingos que se empeñan en vivir al norte del norte de Escocia.

El contorno de Unst guarda, además, un parecido casi idéntico con el perfil de la Isla del Tesoro: nada extraño, ya que el faro de la isla norteña fue levantado -como muchas de las luminarias que bordean las costas escocesas- por los Stevenson, que hicieron del asunto su negocio familiar. De hecho, serían Thomas y David Stevenson (padre y tío de RLS) quienes levantarían el faro de Unst: el pequeño Robert era demasiado enclenque y enfermizo para andar inspeccionando ventosos y húmedos acantilados, por lo que se metió a escritor.

Pero esa no es la historia de la que iba a hablar, sino de otra mucho más kistch y modesta -de la que, por supuesto, ya se ha hablado antes-. Entre los pocos habitantes de la isla se encontraba, a mediados de los noventa, un niño llamado Bobby Macauley.  Bobby hacía todos los días en bicicleta el camino hasta la parada de autobús que lo llevaba hasta la escuela. Pero como, además de Bobby, la parada debía de ser frecuentada únicamente por algún que otro carnero despistado, el Ayuntamiento se planteó suprimirla. Bobby les escribió pidiéndoles que no la quitaran ya que, sobre todo en los meses de invierno, sería muy duro esperar en mitad de la nada y lo oscuro.

Por supuesto, la petición del niño conmovió no sólo a las autoridades, sino también a todos sus paisanos. La marquesina fue avituallándose con un sofá, una mesa, algunas revistas…. y, desde entonces, se ha convertido en la parada de autobús más singular del mundo. Todos los años, se decora según un tema principal -mundo submarino, espacio, Mundial, veleros…- o con alguna referencia a la vida de Bobby que, por supuesto, hace mucho que dejó el colegio. El año en que se marchó a África, la marquesina tenía tema africano; cuando comenzó a trabajar en la lucha contra el cáncer de pecho, la marquesina se tiñó de rosa. En 2012, el tema ha sido el Jubileo de Isabel II.

No sé ustedes, pero yo la considero una historia encantadora.

 

Desembarco

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Ñiiii, ñiiiii, ñiiii, ñiiii…

Los avezados oídos de la chica de facturación de Easyjet captan el chirriar de un carrito defectuoso segundos antes de que, por el ángulo izquierdo de su campo de visión, aparezca una tipa que aparenta arrastrar el equivalente el maletas de su propio peso. Y no es un cálculo al azar. Haciendo un estudio contrastado de la trayectoria de la tipa, la chica de facturación apuesta en ese mismo momento consigo misma que la tipa estampará el carrito contra el medidor de esquipajes en menos de cinco segundos. La chica de facturación de Easyjet gana, en menos de cinco segundos, su particular apuesta.

-Hola -resopla la criatura, que se ha puesto para ir al aeropuerto una minifalda y un mantoncito-. He facturado por tres kilos más, pero puede que tenga algo de sobrepeso.

La chica de Easyjet levanta una ceja mientras la tipa desploma el equipaje sobre la cinta transportadora.

-Llevas otros tres kilos de más -le constata, sin mostrar emoción y casi, sin mirar a la báscula-. Como llevas maleta de mano, ¿por qué no intentas distribuir el peso?

La tipa del mantoncito la contempla como si le hubiera ordenado cambiar el paradigma ptoloméico por el copernicano. Distribuir el peso. ¿Es que no sabe que todo estaba calculado con una ingeniera milimétrica? Suspirando de nuevo, la tipa arrambla con las maletas y arrastra el carrito -ñiii, ñiiii, ñiiiii…- fuera de la panorámica. Como comprenderán, la única opción que le queda a nuestra sufrida protagonista es abrir las maletas, colocarse encima toda la ropa que pueda y redistribuir la valija.

Media hora después, la chica de Easyjet vuelve a escuchar el carrito.

Ñiiii, ñiiii, ñiiii…

Nuevamente, por el rabillo del ojo, ve asomar a la tipa del sobrepeso. Excepto que no parece la tipa del sobrepeso, sino una mezcla entre Juri Gagarin y la pequeña Maggie Simpson en los episodios de Navidad. Con conocimiento de causa, puedo afirmar que la tipa llevaba puesto encima:

-Una medias

-Una camiseta de tirantes

-Dos pares de calcetines

-Unos vaqueros

-Las Dr. Marteens

-Dos jerseys de cuello alto. Dos.

-Una chaqueta de punto.

-Un sobretodo negro.

-Un sobretodo marrón.

-El plumas de tres cuartos.

-Una bufanda de dos metros y medio

-Unos mitones grises de lana.

-Un sombrero violeta con un lazo.

La chica de Easyjet se aguanta la risa.

-Aún no está abierto el embarque para Madrid. Abrimos dentro de un cuarto de hora.

-No importa. Espero.

-You look different, don´t you? -suspira-. Por más que lo veo, nunca dejáis de sorprenderme.

-Ghlkjds… -farfulla la pasajera, a punto del desmayo. Pero objetivo conseguido: seis kilos menos en la facturación.

-Si quieres, puedes facturar gratuitamente la maleta de mano…

La tipa se aferra a maleta de mano (que se ha reventado, y tampoco es una metáfora) con esa actitud digna de la Asociación Nacional del Rifle que hemos visto tantas veces en los aeropuertos -De Mis Frías Manos Muertas-.

-¡No, no!- exclama  en resuello-. ¡Tiene regalos, y mi portátil está dentro!

La chica de Easyjet pone los ojos en blanco.

-Sólo te van a dejar entrar con un bulto, y también llevas el bolso, y obviamente no te cabe en la maleta. Te aconsejaría sacar el portátil, facturar esto y comprar algo en el Dutyfree…

-¿Para qué quiero comprar algo en el Dutyfree?

-Para meter el bolso dentro de la bolsa de plástico y computar el portátil como un solo bulto.

-Vale.

-Vale.

-Gracias.

-De nada. Buen viaje.

Ñiiii, ñiiii, ñiiiii….

Efectivamente, las palabras de la providencial chica de Easy fueron oraculares. Y, efectivamente, la lógica de las compañías aéreas a la hora de determinar la política de equipaje es de delirio. Easyjet -que parece de las más lógicas, lo de Ruinair, por ejemplo, no tiene nombre- no te deja facturar más de veinte kilos de equipaje, si hay peso extra tienes que pagarlo. Pero, si el avión va lleno, te facturan gratuitamente el equipaje de mano -que en mi caso pesaba quince kilos-. Sólo te dejan subir con un bulto propio a cabina, pero si entras arrastrando cinco bolsas de las tiendas del aeropuerto, nadie te dice nada.

En fin, qué les voy a contar, que ustedes no sepan.

Que ya estoy de vuelta.

A ver cuánto me duran las alas desplegadas.

Topic

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Examen. Writing topic. Segunda parte. A escoger entre:

1. Carta de reclamación aportando ideas sobre un nuevo parque en el barrio.

(Boring…)

2. Cuenta algún momento en tu vida en el que el sentido de la oportunidad haya jugado un papel importante.

(But, are you kidding me or what? Good timing and MY life? Really?)

3. Costumbres y prácticas relativas a la salud en tu país.

(Mmmm…)

Y no, no hablé de mi dilatada experiencia sanitaria -sueño húmedo de cualquier hipocondríaco, excepción hecha de mí misma-, sino que, desesperada por contar algo interesante, decidí hacer un alimón entre realidad y ficción. Y me quedó algo así:

‘Los seres humanos somos criaturas fascinantes. Hemos sido capaces, con tal de creer en la garantía de salud eterna, de dar pábulo a un mito como el del unicornio y, acto seguido, salir a cazarlo. Y, a la vez, somos repetidamente incapaces de seguir una simple dieta aunque nuestro bienestar dependa de ello’.

‘Pero parece que, en lo relativo a la salud, la ciencia y el fervor en lo imposible han ido siempre de la mano.  En España, las camas de los hospitales le hacen sitio al informe del médico y a las estampas de los santos, en feliz convivencia, sirviendo de ejemplo a cómo las supersticiones relativas a la salud han sobrevivido hasta hoy en día’.

‘Por ejemplo, durante mi infancia, cada vez que tenía un orzuelo, mi madre y mi abuela corrían a buscar una llave, ya que según ellas el frío del metal -o tal vez algún tipo de magia simpática que implicara el ojo de la llave- combatía la infección. Y pasé el sarampión enfundada en un pijama rojo, en la superstición   de que el color haría salir ‘por contagio’ a las pupas. No era la única excentricidad relacionada con salud infantil en la época: un remedio ‘de toda la vida’ para animar a niños inapetentes era el candié, mezcla de azúcar, vino dulce y yema de huevo’.

‘Pero las prácticas tradicionales, mágicas y ‘alternativas’ a la medicina oficial no se quedan en los niños. Por ejemplo, es bien sabido que los huesos de corvina (yo puse bacalao, a quién le importa) curan el dolor de cabeza, ya que al trasluz  se puede ver la imagen de una Inmaculada en ellos’.

‘También se dice -hasta aquí los hechos reales, ahora empiezo a desvariar- que has de coleccionar orejitas de mar si quieres protegerte contra la sordera.  Si rompes un hueso, alguien ha de recoger piedras blancas y hacerle una ofrenda a San Osorio.  Si quieres conservar buena salud toda la vida, has de guardar tus dientes de leche (mucha gente los lleva como amuleto, colgando cerca del corazón) . ¿Mala memoria? Nada mejor que acostarse con un sombrero puesto, para que no escapen los pensamientos. Y, si sufres de los nervios, tienes que dormir en compañía de gatos, que ahuyentan los malos aires -si eres alérgico, imagino que mueres en el intento, pero qué más da-.

‘Y sí, yo también estoy más allá de todas estas invenciones de vieja. Pero debo confesar que, si tuviera una hija con un orzuelo asesino, la posibilidad de ir corriendo a por una llave (además de a por el antibiótico) se me pasaría por la cabeza. No más de un segundo, cierto, pero pensaría en ello’.

‘Así somos, en fin, con la penicilina en una mano y el libro de oraciones en la otra. Cazando unicornios e incapaces de ponernos a dieta. Como dije antes, seres fascinantes’.

Pilicilla y su País de las Maravillas

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Pues, como dice Otabol, manda huevos que me haya tenido que venir a Escocia para enterarme de por qué no me enteraba de nada. Años preguntándome a qué podía deberse mi tendencia a maltinterpretar mensajes perfectamente claros, a perderme la mitad de lo que sucede a mi alrededor y, sobre todo, a reaccionar clamorosamente a destiempo a todo,  para descubrir que, como tantos podíamos sospechar, estoy sorda. Pero no ligeramente, no. Sorda. Como una tapia. Al parecer, el síndrome de Menière (mal de Menière, mar de Menière) ha ido creciendo en gracia y sabiduría y, cuando vuelva a España, me voy a tener que comprar un par de trompetillas. Sí, han leído bien. DOS trompetillas DOS.

Cómo será la cosita que lo primero que le dije al médico cuando me probaron los audífonos, por eso de que notara la diferencia, fue: ‘Pero esto es coña, ¿no? La gente en realidad no oye así de bien’.

-Je, eso es lo que tú te crees – los médicos y yo, esa historia de amor-. La gente, en realidad, oye aún mejor que eso. Tú llevas puesta la que podríamos llamar una versión con gafas de sol. Es como salir de una cueva a la luz del sol después de mucho tiempo, tienes que llevar los ojos protegidos porque si no, la misma luz te desborda. Si tú escucharas ahora mismo cómo es en realidad la realidad, te desbordaría…

-Los ratones en el ático, como Lucy, la vampira…

-Pobre Lucy.

Cómo lloré. En ese momento, me di cuenta de que llevo ni sé el tiempo esforzándome, sin darme cuenta, el triple que los demás -¡para oír no hay que estar atento!-. Y que lo único que he hecho ha sido ser dura conmigo mismo, y zamparme todas y cada una de las collejas de que era muy despistada, que siempre iba a lo mío, que nunca prestaba atención, que no estaba en el mundo -y sí, es cierto, tiendo a no estar en el mundo y pasar de todo bastante, pero ahora ya soy incapaz de decir qué fue primero, si la gallina o el huevo-.

Y el mundo es distinto. Yo no sabía que puedes seguir escuchando a alguien exactamente igual si se aparta un par de metros o si habla a tu espalda. O que se  puede escuchar a alguien cuando susurra. Al parecer, me he estado perdiendo las grandes cosas de la vida: el rugir del fuego, el vapor de las teteras, los cotilleos, las fricativas.

-¿Por qué lloras tanto? -el doctor Fetcher era de los de retranca, por supuesto. Los colecciono-. Aún no has visto los precios.

La explicación a cómo he sobrevivido todo este tiempo y no he sido arrollada por un camión se debe, según dijo el médico, a una serie de factores muy habituales. Primero, que toda la vida he estado acostumbrada a no oír bien, con lo cual es realmente difícil percibir una progresión en la pérdida auditiva hasta que esta es ostentosa. ‘Lo que es curioso -dijo- es el tema del idioma. Cuando escuchamos a los otros, tendemos a rellenar los blancos de la comunicación con el lenguaje corporal, leyendo los labios o completando  automáticamente las letras o las palabras perdidas, el cerebro hace eso continuamente, sin darnos cuenta. Es muy frecuente en la lengua materna. Que hayas conseguido siquiera llegar a manejarte inglés es, bueno, impresionante. Pero por eso te pierdes en los listenings: pierdes audición, porque no te hablan al lado, y pierdes la muleta de los labios y los gestos. No es de extrañar que apenas pilles nada’.

Y sí, será ‘quite impressive’ pero me he hecho la prueba después de compulsar para el examen y no he podido presentar invalidez. Así que, por supuesto, el listening ha sido una soberana mamarrachada.

Manda huevos.

-Bueno, que tengo que rellenarte la ficha… para hacerlo rápido, como aquí estás estudiando, pondremos desempleada…

-Vale.

-Y soltera, ¿no?

-Y sorda. Sobre todo, sorda -insisto, arrugando mi kleenex-. Suena genial en negro sobre blanco, ¿eh?: en paro, sorda y soltera.

-Sí, eres un partido. No hay duda.

Proud Providers of The Mad Hatter Tea Rooms

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Bien. Ya sabíamos que al norte del Muro de Adriano habitan unas gentes de peculiarísimas  costumbres. Habíamos mencionado el haggis, alguno conocerá el delirio supino que supone la existencia del Irn-Bru (esa especie de destilado de óxido con gas)  y también habíamos comentado el aporte extraordinario de la barra de Mars frita. Pero se me había olvidado apuntar la existencia de los teacakes escoceses. Y si alguien piensa que puede tratarse de alguna clase de bizcochito o magdalena con algún tipo de  valor nutricional -en forma de harina o fruta glaseada- debajo de la ingesta desorbitada de calorías, está más que equivocado. El Tunnock´s Teacake (aquí, todo un símbolo) es, básicamente, un  pastel hecho de capas marshmallow (nuestras ‘nubes’) recubiertas de chocolate. Sí, se vende en supermercados. No, no está prohibido por Sanidad. Y sí, verdaderamente, hay que ser un genio. Del mal.

El delirio genial de los habitantes del País de Más Allá de la Muralla sobrepasa, por supuesto, sus condición de orgullosos proveedores del Sombrerero Loco.  En cuanto tienen la oportunidad, dejan escapar el brote -¿qué podemos esperar de un lugar en que el top de lo pop son los gorros de animales? De animales como de peluche. Con ojos, orejitas y bigotes. Y como ven, no estoy bromeando, que voy por la calle con el gorro de leopardo y las Dr. Martens sin dar cante ninguno, arreglá pero informal-.

Un suculento ejemplo del desquiciamiento reinante lo tengo a mano, en el café de la esquina, que cada semana me sorprende con algo como esto:

Pero, sin duda, el mayor pasmo lo he encontrado en una atracción llamada Real Mary King´s Close, una de esas atracciones fantasmagóricas que abundan por el casco antiguo -la Ciudad Vieja de Edimburgo se desparrama por las colinas de un volcán apagado, encima del cual está el castillo. Es una ciudad en niveles, agujereada como un queso gruyere por los ‘closes’ que la atraviesan-. Como buena finca repletita de truculencias, al Mary King´s Close llegó -al más puro estilo Fríker– una médium dispuesta a toparse con todo tipo de miasmas y ectoplasmas.  Y, al parecer, se topó con el fantasma de una niña pequeña a la que su madre, temerosa de que contagiara a sus hermanos la Peste Negra, había terminado abandonando. La niña estaba inquieta, lloraba y era una pesadilla de fantasma porque no podía encontrar su muñeca. Pobrecilla, tres siglos y medio buscando su consuelo. ¿Resultado? La más increíble montaña de osos de peluche y muñecas que he visto nunca:

Puro Aquarius.

La última Oreo

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Esta fue la semana de David Cameron. Al primer ministro británico le tocó la
no muy agradable tarea de dejar atrás la muralla de Adriano y convencer a los pictos de las bondades del Imperio Romano. Digo, británico. La Unión Jack no sería nada ni nadie sin la aportación escocesa; eso es lo que parecen descubrir -ahora-  los gobernantes británicos. Bajo ese discurso de arco-iris y margaritas, la súplica de Cameron y tradicionalistas/unionistas varios es clara: ‘¡No os vayáis! ¡No nos dejéis sin María Estuardo! ¡No nos arrebatéis las gaitas y las faldas de cuadros! ¡Ni el gas ni el petróleo, nooooo! ¡El nuestro es amor verdadero, a-mor-ver-da-de-ro! ¡Os dejaremos la última Oreo!’.

Y un tal Hugo Rifkind recrea el tema, en hilarantes -e hipotéticas- confesiones de Cameron, para The Times -pondría el link, pero no deja acceso al artículo. Ya ven ustedes:  mis lectores son siempre unos aventajados 😉 -.  Allá va, traducido y con tropezones:

Mi semana. Por David  Cameron (por Hugo Rifkind)

Lunes

‘Hace poco me encontré con un escocés de pelo rojo que apoya completamente nuestro plan para recortar del déficit’.

‘Mmmm’, dice George (Osborne), que sigue haciendo sumas en su Blackberry.

‘Y justo el otro día -continúo-, me topé con un escocés de cara muy roja que estaba totalmente de acuerdo con nuestras reformas educativas’.

George me mira: ‘Eso es aún más sorprendente’, dice.

‘Y esta misma mañana, he hablado con un escocés sin ningún rasgo especialmente distintivo que decía que haría lo que fuera para salvaguardar la unidad de Inglaterra’.

‘Bueno, espera -reacciona George-. Estás hablando del Gobierno, ¿no? Danny Alexander, Michael Gove y ese tipo que es nuestro Delegado para Escocia, no recuerdo cómo se llama…’

‘Lo mismo no tiene ni nombre -le digo-. Pero sí. Es que esta semana salgo de viaje para salvar la unidad de Gran Bretaña, así que he estado recabando un poco la opinión de los escoceses…’

‘No te olvides de William Hague’, apunta George.

‘William no es escocés -le corrijo-. Sólo habla raro’.

‘Es broma, ¿no?’, contesta.

Martes

Esto me tiene que salir bien o perderemos a los escoceses para siempre. Obviamente, yo siempre he sentido una especial afinidad hacia Escocia, ya que mi tatara-tatarabuelo era dueño de un buen pedazo, pero mejor ni mencionarlo no sea que se sientan un poco intimidados. Bueno, tengo al equipo escribiendo el discurso que daré el jueves ahí arriba, ya sea en un fish and chips , en una tienda de kilts o en una fábrica de porridge. La idea es citar a tantos escoceses importantes como podamos recordar. 

‘Sean Connery, the Krankies, Groundskeeper Willie, sir Alan Ferguson y el nota que inventó la tele -dice el jefe de mi gabinete de prensa-. ¿Alguno más?’

‘¡Neil Kinnock!, salta George.

‘Galés’, apunta mi asesor.

‘Pero pelirrojo’, insiste George.

‘Pero Galés’, subraya el otro.

‘Lo que sea’, dice George.

Miércoles

‘El Duque de Edimburgo debe ser escocés, ¿no?’, pregunta George.

Tenemos una reunión para planear nuestra estrategia anti-independencia escocesa. He invitado a algunos Liberal Demócratas, porque la gente aún les vota en Escocia y quiero descubrir por qué.

‘A decir verdad, no tengo ni idea del motivo -admite Nick Clegg-. Creo que, básicamente, es porque no somos vosotros’.

‘Bueno, todo esto es muy interesante -concedo-, pero vamos a intentar avanzar un poco. Mañana a esta hora tengo que estar en Edimburgo. Sólo Dios sabe cuánto puedo tardar’.

‘Bah, siete horas en coche’, suspira Danny Alexander.

‘Seis, si mi mujer conduce’, dice Chris Huhne.

La verdad es que no lo he echado de menos.

Jueves

Así que aquí estoy, a punto de dar mi gran discurso escocés. Primero, me conducen al despacho de Alex Salmond para un encuentro fugaz.

‘¡Nicolás!’, exclama.

‘Mmm… ¿David?, susurro.

Salmond se disculpa:

‘Todos los gobernantes extranjeros os parecéis’, me dice.

‘Así que… esta es tu oficina -le comento, echando una ojeada-. Bonito sillón. Muy… entronado…’

El Primer Ministro dice que aquí las cosas no son como en Westminster. Que la atmósfera es completamente distinta. Muy de estar por casa.

‘Pero bueno -añade-, ya puedes levantarte. Y no te olvides de besar mi anillo’.

Viernes

Creo que todo ha ido bien, pero podría haber ido mejor. Salgo a Francia hoy, pero por el camino llamo a Alex Salmond.

‘Mira -le digo-, no quiero que esto te suene raro pero… me gustaría que tuviéramos una buena relación profesional, pase lo que pase’.

Salmond piensa igual. Y por eso precisamente me da un par de consejos sobre cómo comportarse por ahí arriba, sólo para asegurarme de no hacer el ridículo. De ahora en adelante, todos los discursos deberán incluir una referencia a una barra de Mars frita (*). O al levantamiento de troncos. Y a Braveheart. Y, siempre que sea posible, debería procurarme uno de esos sombreros de tartán que llevan incorporada una peluca naranja.

‘Pero tú ya sabrás todo esto -me dice-, por William Hague’.

‘William no es escocés -le corrijo-. Sólo habla raro’.

‘Es broma, ¿no?’.

(*) Lo de la barra de Mars frita es una inquietante realidad. De hecho, en Stonehaven (pueblecillo en el que se encuentra el castillo de Dunnotar, uno de los más bonitos de toda Escocia) se lee en los letreros de la entrada: ‘Bienvenidos a Stonehaven. Orgulloso lugar de origen de la rueda neumática. ¡Y de la barra de Mars frita!’

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