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Archivo de la categoría: La azotea de mi curro

Columna de opinión semanal en Diario de Cádiz

Cachondeo Exterior Bruto

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NO sé si todos los animales en la granja están tiesos pero, desde luego, unos están más tiesos que otros. Aunque bajo mis pezuñas gargolinas, a nivel toma de tierra, yo sólo vea precariedad rampante, acompañada de una -también rampante- labor de zapa. Ante tamaña desolación, y dado que las arcas públicas todas parecen encontrarse, igualmente, en desesperada necesidad de arramplar con lo que pillen, me pregunto: ¿qué se valora de Trimilenaria más allá de sus puertas?, ¿qué potencial hemos estado regalando al mundo exterior a espuertas? El cachondeo. Por supuesto. Se hace necesario el desarrollo e imposición de un Impuesto Sobre el Cachondeo Exterior Bruto. ¿Alguien dice “pisha, cohones” fuera de Trimilenaria? Tasa. ¿Aparece en la televisión una pizpireta chacha/choni/maleante con la camiseta del Cádiz? Tasa. ¿Paz Padilla? Tasa. Que dejamos escapar las mejores.

(Como siempre, según apareció en las páginas de un conocido diario local)

El soñador y el País de las Maravillas

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JUAN Rosell, presidente de la CEOE, afirma que la crisis podría solucionarse si los trabajadores indefinidos perdiesen algunos de sus “privilegios” -circunstancias anteriormente conocidas como “derechos”-: “Sería un experimento importante -suspira- pero no creo que lo aceptaran, esto no es el País de las Maravillas”. Exactamente la misma frase, por supuesto, podría aplicarse a los consejeros de las empresas cotizadas, que cobran treinta veces el salario mínimo. Uno casi puede escuchar el Imagine ante sus palabras, aunque más que un soñador, lo único seguro -y terrible- es que Rosell no está solo. Me voy de día libre y me pregunto cuánto durará mi, ya saben, holgadísimo nivel de vida. Entonces, como una señal en el camino, me llega un artículo de Rolling Stone: “Las actrices porno ganan un 30% más que los actores”. Dios existe, se llama Billy Wilder y yo soy su alivio cómico.

(Como siempre, as published in Diario de Cádiz)

El Maligno y Trimilenaria (annotated)

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(post al post)

Hay veces que el suspiro que son las azoteas de mi curro hace que se queden cortas. Y en este caso creo que el tema merece abundar un poquito. Yo vivo en una ciudad de ‘belleza decadente’ en uno de esos barrios llenos de ‘tipismo’ -es decir, populares y decadentes-. Así que, puedo decir con más conocimiento de causa que la mayoría que el concepto ‘belleza decadente’ es un depurado invento del Maligno.  No sé cómo les irán las cosas en Venecia -bien capaces son de haber mantenido las, de nuevo, decadentes y bellas fachadas y haber tirado y rehecho todo lo de dentro, dando cobijo a impecables lofts-. Pero en Lisboa y en La Habana me da la intuición de que las cosas deben ser bastante similares a lo que ocurre en Cániz (aka Trimilenaria).

‘Belleza decadente’ es tener basura y cucarachas por las calles, alguna rata despistada, casas apuntaladas -tener una finca a punto de caerse al lado de la tuya es tela, pero tela de encantador, y auténtico, y shabby-chic y esas cosas-, ancianos en bloques sin ascensor y sin cuarto de baño propio, esquinas meadas y paredes pintadas. En fin, ¡lo que cualquiera querría!

Llamar a todo eso ‘belleza decadente’ roza la pornografía. Es un insulto (ejemplo). De hecho, yo que sólo suelo cabrearme en la intimidad -como otros hablan catalán-, recuerdo un memorable desayuno que le di a una pareja precisamente catalana, en Lisboa, en cuanto pronunciaron las dos nefandas palabras: ‘Lord Byron haciendo la ruta pija por el tercer mundo europeo hizo mucho daño -sé que les solté-. Que esto no es un escenario. Que aquí vive gente, ¿eh? Mierda puta. Abuelas que no pueden salir a la calle porque no tienen ascensor, con goteras en el dormitorio y un cubo por cuarto de baño. Belleza decadente, ¿por qué en vez de construir, no se arreglan esas fincas? ¿dónde han metido los putos fondos Feder? Porque vosotros vivís en otro universo y no lo sabéis, pero yo sí’.

Y me dieron la pastilla  y me sacaron de paseo, y ya.

(azotea del día)

PARA mí, el Paraíso está en las antípodas de los 35 grados y la superpoblación estival. Siempre he sido muy rara, ya saben. Tal vez por eso, lo que entiendo como “calidad de vida” es incompatible con una tasa de paro digna de Gaza.”Entorno privilegiado” tampoco tiene nada que ver con la dejadez y la basura orgullosamente expuesta. Pero, esperen, ¿cómo se llamaba a eso… ? ¡Ah, sí! Belleza decadente. Esa que se inventó (#genio, #aplauso) el relaciones públicas de Venecia cuando se dio cuenta de que tenía que reflotar un tesoro que se hundía, y que se aplicó en cuanto se pudo a Lisboa y La Habana y, también -oh, sorpresa- a Trimilenaria. ¿Para qué lanzarse a fondo en invertir en patrimonio -en los viejos buenos tiempos de caja fácil- si el turista viene igual aunque todo se caiga a pedazos? Como falacia, me descubro ante el Maligno. Vivan tres meses en la belleza decadente. Verán qué risión.

(Publicado en Diario de Cádiz)

Melkart

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Cuando se menciona el nombre de Melkart, el instinto de gárgola me hace pensar en una de esas divinidades sedientas, de esas que cuentan las vasijas de cosechas y se hacen cobrar, registro a registro, sus deudas. Melkart era dios agrícola, sí, unas de esas divinidades que -como tantas- mueren y resucitan al cabo del año. Tal vez por eso seamos aficionados a quemar figurines, a carbonizar al idioto de Momo, a los inofensivos juanillos. Una gárgola de largos espolones sabe reconocer a un dios sediento en cuanto lo ve. Sobre todo, cuando comparten el mismo nombre, que tampoco es que le vayan a conceder a una el Nobel Gargolino. El tremendo Melkart, entre luces de sebo, exigía cobrarse su deuda. Los mercados reclaman su deuda. La Merkel, entre rayos tronantes -¿de qué se extrañan? Es doctora en Física Nuclear-, reclama ajustar su deuda. Y seguimos, como hace miles de años, sacrificándonos. Por Melkart, el recaudador, y sus vasijas.

No es personal

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EN La dama de hierro, el reciente biopic sobre Margaret Thatcher, los guionistas juegan habilidosa y torticeramente con el personaje. Es imposible no sentir simpatía por esa viejecilla con Alzheimer que echa de menos a su marido. Pero esa es la misma señora que desmanteló, con insidia de zapador, la industria pesada británica. Igualmente, es imposible no sentir empatía por un anciano derrotado, arrepentido y recién salido del hospital. Pero la cuestión no es que se haya matado a Dumbo o que un rey pida disculpas históricas. No es particular, es general; no es personal, son negocios. Caza y casas reales son manifestaciones de un anacronismo obsceno más allá de si un monarca resulta ejemplar o despreciable. Al menos, el delirio surrealista en el que parece estar sumida la Casa Real ha sacado a la luz cuestiones que eran tabú hasta hace nada. Se discute y corre el aire. Y no, no soy muy de coronas. Bien pensado, si una no cree en príncipes, ¿cómo va a creer en reyes?.

(Entrada original aquí)

Wellington y los papanatas

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UNA de las mejores anécdotas de ese Doce que nos jactamos de bicelebrar tiene a la estupidez como protagonista. Y también al -¡sorpresa!- edificio Valcárcel. Y también -no tanta sorpresa- al implacable duque de Wellington. Para agasajar al general inglés, “la flor y nata del momento” -cuenta Ramón Solís- no tuvo mejor idea que organizarle un baile, esplendoroso y cateto, en los salones del antiguo hospicio. Para ello, sólo había que hacer frente al pequeño detalle de limpiar la finca de enfermos, tarados y huérfanos roñosos. Cosa que, por supuesto, se hizo. ¿Qué son unos cuantos parias comparados con una exhibición de papanatismo? Pues está claro, entonces y ahora. También lo tenían claro Wellington -que llegó a la cita y se encerró a cenar a solas con las mujeres- y los pobres perturbados del lugar que, en mitad del zafarrancho, se decían unos a otros: “Al parecer, es que llegan unos locos muy principales y hay que dejarles sitio”.

(publicada en Diario de Cádiz)

Pedid, pedid, malditos

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(la inevitable azotea de hoy)

Como a pocos extrañará, de pequeña vi a los Reyes Magos. O más bien al Rey Baltasar, literalmente y en el salón de mi casa. Llevaba una capa verde y brillante y un turbante blanco. La tarea de los Reyes esa noche era doble -ponerme los regalos y quitarme el chupete, que una niña tan mayor como yo no podía seguir llevando-. Y la consecuencia de semejante aparición también fue doble: durante años, mi madre cambiaba de tema en cuanto Sus Majestades salían a relucir en las conversaciones – “¡Deja de decir que viste a Baltasar! ¿Quieres que piensen que estás loca?”- y mi fe en Lo Transcendente quedó fatalmente alterada. Aquello que te otorga algo -concluí, de manera inevitable, con mi Barbie y sin chupete, arreglá pero informal-, toma algo a cambio. Por eso, cada mañana de Reyes, mi corazón se asfixia ante el peso de Lo. T. y los papeles de regalo, pensando qué cuernos se les antojará esta vez a esos tres caprichosos cleptómanos.

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