Canal RSS

Archivo de la categoría: Como Barbie seré

Modelos de mujer

Si no os invitan al baile…

Publicado en

Anuncios

Fuerza pa la semana (Bossa Nova, Shivaree)

Publicado en

Las historias que debería haber contado y que han contado otros por mí (y yo tan feliz, I)

Publicado en

Hedy Lamarr, por Iván del Rïo

Pues en este largo barbecho virtual que me he impuesto -y que he rellenado con mi absoluta adicción a Pinterest, el símil más absoluto de cuarto de psicópata que uno puede elaborar sin sucumbir al Diógenes- se han sucedido,  por supuesto,  distintas historias que han llamado mi atención. Algunas, las he despachado en los artículos del curro. Otras, en la máquina Twitter. Otras, en elaborados y obsesivos sueños que tienen como protagonistas a Soraya Saenz de Santamaría y una manada de pastores alemanes que siguen, solícitos, las ocurrencias de Jaume Balagueró. Y otras dando la brasa, por ondas o en sangre, a todo aquel que me diera dos segundos de escucha.

Por eso, sólo puedo agradecer el cariño con el que allegados diversos han tratado mis diversas y últimas perversiones. Entre ellos, el genial Iván, que se decidió a incluir a Hedy Lamarr en su magnífica Liga de las Mujeres Extraordinarias -imagen que le mango y adjunto-.  Y a Lejano y solo, que se animó a contar también en su blog, de manera inmejorable, la historia de mi última mujer modelo.

Hedy Lamarr (Hedwig Kiesler, en su partida de nacimiento) es esa actriz vampiresa que se metió a ingeniera y desarrolló las bases de la actual tecnología de telecomunicaciones. Una  historia que así, en bruto, es conocida por muchos. Pero lo impresionante llega cuando uno olfatea un poco más en su biografía y ve que deja al barón Munchausen en pañales.

Podemos empezar contando que Hedwig era una niña  bien de Viena que, recién llegada a la Universidad, decidió -como tantas- que no tenía bastante con la Ingeniería y que ella era un espíritu libre y salvaje, artista y protagonista, modernilla de los tiempos. Para demostrarlo, decidió -¡oh, cielos!- salir en una película. Y para demostrarlo más todavía, decidió salir en bolas. Hedy corría y nadaba en Éxtasis en pelota picada, convirtiéndose así en la primera mujer en salir completamente desnuda en una cinta de carácter comercial.

Como declaración de principios, lo dejó bastante claro.

Para tapar la afrenta, su familia no tardó en casarla con un magnate de la época, que se dedicó a destruir con celo todas las copias que pudo encontrar de la película. Con el mismo celo, por cierto, se guardaba de su compañía en exclusiva y le prohibía bañarse si no era delante de él. Friedrich Mandl mantuvo a su mujer en un régimen de semi-enclaustramiento. No tenía inconveniente, eso sí, en enseñarla al mundo exterior durante las enjundiosas cenas que se organizaban en su casa para la cúpula nazi (Mandl suministró armamento al Ejército de Mussolini  durante la ocupación de Abisinia). En esas cenas, Hedwig, la tontina y frívola mujer del buen Friedrich, ja, fingía aburrirse muchísimo pero, en realidad, no perdía comba. Y debió aburrirse de verdad, y muchísimo, en sus eternos encierros -que empleaba en seguir con lo de la Ingeniería-, si nos guiamos por sus resultados posteriores.

La tontina Hedwig/Hedy consiguió al fin escapar de su ogro: para ello (ja!) sedujo a la asistenta, “la narcotizó y usó su ropa como disfraz”. Sin embargo, y aunque seguida de cerca por los guardaespaldas del marido, pudo llegar a territorio aliado, pasando de París a Londres y, de allí, a Estados Unidos. ¿Cómo lo consiguió? Pues cantando con memoria digna de una Lisbeth Salander todos los pequeños detalles y minucias de las que Hitler y Mussolini habían alardeado en las reuniones de su pichacórtico esposo.

Durante los años 40, Hedwig ya sería Hedy Lamarr y pasaría a la historia del cine como una de las más famosas vamp de la época -suyo es el rostro de la Dalilah más conocida-, aunque tuvo el mal instinto de rechazar los papeles protagonistas de Casablanca y Luz que agoniza. Sin embargo, durante esos mismos años parece que su principal empeño era otro: vengarse del nazismo. Cito de la wiki:  “Hedy sabía que los gobiernos se resistían a la fabricación de un misil  teledirigido por miedo a que las señales de control fueran fácilmente interceptadas o interferidas por el enemigo, inutilizando el invento o incluso volviéndolo en su contra”.  Junto al compositor George Antheil, y bajo el nombre de H.K Markey (Hedwig Kiesler Markey, su apellido de casada en esa época), registró bajo la patente 2.292.387 un sistema de comunicaciones que suponía una versión temprana del salto en frecuencia (modulación de señales en espectro expandido).

Hedy Lamarr, con uno de sus hijos

El primer uso de esta tecnología, imposible de interceptar, tuvo lugar durante la crisis de los misiles de Cuba y, más tarde, durante la Guerra de Vietnam. Afortunadamente, el invento de Lamarr encontraría después aplicaciones menos terribles: es la urdimbre que permitió la creación de sistemas como la tecnología wireless o el GPS.

Tras una década en el cine, Hedy se retiraría felizmente, tendría cinco maridos más y varios hijos y moriría en el cambio de milenio.

No deja de ser jocosamente irónico que Éxtasis, la película que su ex filonazi  trató de esconder a toda costa, pueda ahora verse en las habitaciones de medio mundo gracias a una tecnología desarrollada en gran parte por el ingenio de la sin par Hedy -aunque no gracias a las maquetas de wordpress, que se zampan el embed-.

Allá abajo, en sus distintas parcelitas, Friedrich se retuerce y Hedy… se descojona. Fuerte. Muy, muy fuerte.

Cashmere Mafia

Publicado en

Se acerca esa época del año otra vez, así que en su web de recetas le han endosado una escoba y un sombrero de bruja. “No se por qué insisten en vestirme de bruja -reflexiona, como casualmente-. Si el disfraz no se diferencia tanto de lo que tengo en el  armario. Jejejeje. Lo mismo debería meditar sobre ello”.

La que habla es, por supuesto, Nigella Lawson. Aka La Reina Blanca. Aka la Diosa Doméstica. Aka la Reina de la Porno Comida. Aka la inspiradora de Tim Burton: “Simplemente, la ves cocinando y te das cuenta de que… está loca”, afirmaba sin empacho tan ortodoxo prohombre, explicando por qué semejante mujer le había servido de inspiración para la Reina Blanca de su versión de Alicia.

Y es cierto. Observada todo lo cerca que permite verla de lejos, bien encerrada en la pantalla de la tele o en el disco duro del ordenador, Nigella Lawson da cierto miedito. Es morena, guapa, tiene enormes tetas, un pedazo de la fortuna de Saatchi (sí, el de Saatchi&Saatchi) y un emporio basado en sus recetas de cocina.

Verla ejercer ante las cámaras  es todo un delirio. Nigella hunde sus uñas de manicura francesa en la masa para brioche. Rubrica sus recetas con los labios pringados de nata o un gruñidito (‘Uh, perfect!’) mientras pone los ojos en blanco. Se enfunda su ¿130? de pechera en estrechos jerseys de cachemira que evocan, inconfundiblemente, a la accidentada Mónica de Friends tras su paso por el restaurante temático. Es, repito, inasumible. Busquen los vídeos.

Nigella  dio su saltó a la fama  hará unos doce años. Anteriormente, había trabajado como periodista en distintos medios británicos -entre ellos, Talk Radio (cito de la wiki), de donde la despidieron por admitir en público que habían hecho las compras de casa por ella, lo que chocaba con el “toque cercano” que pretendía transmitir la cadena. Entre colaboración y colaboración, Nigella escribió un par de recetarios que tuvieron gran éxito y no tardó en dar el salto a televisión, con unos programas que se grababan desde la  cocina de su casa. Durante el rodaje de Nigella Bites, su  marido, John Diamond, enfermó de cáncer. El hecho de que los programas se grabaran en la cocina de su casa y que el hombre apareciera por ahí de vez en cuando,  le dio el toque de morbo necesario.

Dos semanas después del fallecimiento de Diamond, Nigella estaba de vuelta en su cocina -los ingleses no deben conocer la expresión “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” porque, si no, tenían tema de sobra para hacer sangre-.

Para abono de malpensados y azote de corazones cándidos, nueve meses después de la desgracia, la sin par Nigella -que afirma no creer “mucho en los duelos”-  estaba ya más que repuesta y removiendo el caldero, digo cazuela, en la cocina de Charles Saatchi.

Huelga decir que Nigella vive, evidentemente, en una galaxia muy, muy lejana a la nuestra. Hace declaraciones que suenan a ciencia-ficción: “Con mis consejos, nunca te despertarás de madrugada agobiada por los preparativos de una cena”, afirma, convencida de estar dando solución a nuestros dilemas más profundos. Cuando retorna al hogar tras algún encuentro glamouroso, en vez de abrir la nevera para pegarle bocados al  fuet, ella se hace un pudín de caramelo de 45.000 calorías.

Y se lo zampa, por supuesto. Todo se lo zampa.

(Envuelta por la polémica a la vez que por su marta cibelina, Nigella no dudó en declarar que le encantaba llevar pieles y que lo que realmente le gustaría sería poder matar un oso y ponerse luego su abrigo. Yo no dudo de que lo haría. En lo más mínimo. Y estoy segura de que,  además, se zampaba luego al plantígrado).

Mientras que el común de los mortales recuerda a sus pobres madres pintándose en el ascensor cuando iban de visita a casa de una tía abuela que olía a alcanfor, Nigella rememora a su progenitora acudiendo a fiestas de Navidad  ataviada con “sus botas de ante blancas, mini vestidos de angora y pestañas postizas -incluso postizos de pelo- y los labios pintados en algún color claro y brillante, con nombres como Moist Madder Pink. Si me concentrara, creo aún podría  oler el perfume de sus polvos mezclados con el aroma de L´Heure Bleue de Guerlain’.

Lo dicho: vive una galaxia pero en la otra punta de este universo que explosiona.

Como habrán visto con la anécdota del oso, Nigella es grande. Realmente grande: única en el difícil arte de hacer de su debilidad, virtud. Si las malhadadas lenguas no tardaron en bautizarla como ‘la reina del food-porn’ ella no tardó en reiventarse como una ‘diosa doméstica’ -de hecho, es así como se refiere a sí misma y a sus acólitas-. Y si a las diosas les fallan las charming arts, y no hay chutney de mango, ponche invernal o ensalada de menta que remedie el mal rollo familiar, Nigella no duda en dar consejos de un pragmatismo dramático. ¿Quiere tener las Navidades en paz, con nuestros más queridos allegados quietecitos y sin quejarse en sus respectivas sillas?  Muy sencillo: ponga a un pobre a su mesa. O a un extraño. Con un invitado en el salón, la panda de vikingos que constituye todo núcleo familiar  se lo pensará dos veces antes de comportarse de manera insufrible –oh, it´s unbearable!-.

Sí, los tiene bien plantados. Hay que ser valiente para tener las agallas de lucir estos guantes preparando un pavo para Navidad.

(Minuto 2.26.)

Si las tierras del guiri en uno y otro lado del charco fueran reinos rivales, está claro que Nigella sería la Reina Blanca y Martha Stewart ejercería de Reina de Corazones. Martha es exagerada y delirante. Donde la inglesa aporta lascivia, Martha enchufa risas enlatadas. Y también es una crack. Las agallas que hay que tener para enfrentarse a un relleno de pavo en directo sólo las supera la desvergüenza de estar dispuesto a vestirse de mamarracho Halloween tras Halloween, con alegría y alborozo -por Dios, ¡que la pobre señora tiene setenta años! ¿Es que los productores no tienen corazón?-.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Desatada cual Reina de Corazones, la Stewart resulta de una omnipotencia sobrecogedora: a su llamada acuden tanto Rufus Wainwright como Michelle Obama . Y quien crea que su delirio e histrionismo no tienen el  peso suficiente como para hacerle ostentar la corona de la Reina de Corazones, que le eche un vistazo a este vídeo -además de leer nuestros anteriores informes, aquí y aquí-.

O este otro.

¿Qué, inspiradoras, eh?

No sé con cuál de las dos quedarme: ambas hacen magníficos disfraces.

Esa lengua

Publicado en

En ocasiones, leo el TLS. Es triste comprobar cómo, tras tan edificantes e intelectuales incursiones, lo único que retiene mi cerebro son detalles como estos.

Rodaje de Mogambo. John Ford, sofocado -imaginamos- por la cercanía de Ava Gardner no pudo aguantar preguntarle un día cómo era posible que una mujer tan bestialmente hermosa como ella pudiera estar con un tipo como Frank Sinatra “que no pesaba ni sesenta kilos”. Ante semejante increpación, Ava Gardner -maestra arpía- suspiró profundamente y le dijo: “¿Sabes, John? Tienes razón. Frank pesa muy poco. En realidad, sólo pesa diez kilos: el resto es polla”.

Es la misma mente que, años después, al enterarse de que el dilecto Frank se había liado con la escuchimizada de Mia Farrow, fingió un gesto de cansancio y escupió esta joya del despecho: “Siempre supe que Frank acabaría con un hombre”.

The Kills-Good Ones

Publicado en

Superioridad moral perrofláutica

Publicado en

(Extracto de Alba Cromm, de Vicente Luis Mora)

“Creo que fue por lo del agua. Yo comenté que estaba intentado ahorrar agua, por lo de la sequía, y que por eso iba a dejar que se me secaran las plantas en la terraza (en realidad, ya estaban secas, después de un par de días sin regarlas). Juan comentó, de modo sarcástico, que me había vuelto muy ecologista de pronto, aunque eso costase la vida de unas plantas (…) Se hizo el ofendidísimo, reprochándome que hay cientos de cosas sobre el agua y los vegetales que yo ignoraba y que quién era yo, una corrompida defensora de un sistema que tiene como propósito final destruir el planeta, para darle a él, el último mohicano de lo silvestre, lecciones de ecología.

Supongo que lo que le machacó fue mi tranquilidad, más que mi retórica, pero aún así, la recuerdo: si tú, Juan,  eres tan defensor del planeta, por qué tienes una motocicleta, con lo que contamina. Si la tienes para ir al trabajo, por qué ir a un trabajo alienante, por el que te pagan, cayendo por ello en la trampa capitalista de la fuerza de trabajo y la explotación de la demanda; por qué no te vas al campo (sin mi hermana, por favor, merece mejor vida), a vivir entre margaritas, alimentándote de cardos; por qué no dejas de poner copas en tu bar anarquista para ganarte unos duros, si esos duros están corrompidos por el sistema, al constituir una plusvalía; por qué hablaste a mi hermana de buscar un piso más cerca de tu trabajo, y no alquilado, sino comprado; por qué sostener así al más corrupto y capitalista sistema  de los establecidos, el inmobiliario; por qué generar otra plusvalía que habrá de cobrar un rico; por qué, querido Juan, no entiendes que nunca, nadie, es lo suficientemente rojo, lo suficientemente ecologista; por qué tienes que darnos continuas lecciones de moral cuando no tienes siquiera una pobre condena por daños, si no tienes cojones de ponerte delante de un cordón policial, si jamás te has amarrado a una vía de tren para impedir el paso de residuos, si jamás has naufragado en una lancha de Greenpeace, si cualquier antiglobalización de Porto Alegre te hace parecer un niño pijo, si nunca has pasado una noche en el cuartelillo por encadenarte a una central nuclear, si mucha chicha y poca limoná, si eres, en el fondo, como todos, un pequeñoburgués que adora la comodidad y pasar los domingos viendo películas; si eres, como todos, un poco rojo y un poco facha; si eres, como todos, alguien que intenta vivir asumiendo sus contradicciones. Por qué nos das lecciones, Juan, si eres, en fin, como nosotros.

Creo que después ha dicho algo. No me acuerdo”.

A %d blogueros les gusta esto: