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Archivo de la categoría: La artista antes conocida como Trini

Textos similares a los que podían encontrarse en Arpía´s Corner

Casa tomada

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escalerazulCreo que primero fueron unas pintadas, en Carnaval. Después alguien utilizó algún tipo de tizón para dedicarse a enmierdar el poco espacio de pared libre que quedaba bajo mis ventanas.

A los pocos meses, las pintadas avanzaron y llegaron hasta las paredes de la entrada -DENTRO del edificio-. Y, durante todo este verano, he ido recogiendo distintos regalos que me han ido tirando desde la calle -vivo en un bajo-: latas, papeles, chanclas.

Últimamente he tenido la sensación, en fin, de estar viviendo una versión actualizada -menos lovecraftiana pero más pavorosa- de Casa tomada. Lo curioso es que toda esa dinámica -la conocida inercia que producen la toalla abandonada, la ventana rota- es que el lugar de uno termine vindicando, precisamente, su condición de refugio, cualidad que mi apartamento ha parecido recuperar en los últimos tiempos.

Aun así, cuando me fui de vacaciones sabía que mi (eterno) periodo en un barrio que no me gusta y en un piso que consideré provisional tocaba ya a su fin. Por mis cojones.

No contaba, por supuesto, con la inestimable aportación de mis vecinos -que siguen sin apreciar, por ejemplo, las muchas virtudes de un bidón de basura-. A mi vuelta me encontré con la bonita sorpresa de tener que apoquinar 600 euros por obras de filtraciones en la fachada. Nífico. Es lo que tiene, como comentamos, la peculiaridad de la belleza decadente y tal.

Así que, no sólo tiesa, sino en parte impedida para tratar de vender la moto de mi apartamento sabiendo lo que -en efecto- se avecina. A joderme aquí un poco más de tiempo.

En fin, lo sorprendente ha sido asumir la fascinante historia que ha tejido mi subconsciente en torno a dos conceptos básicos:

1. Las reuniones de comunidad son el mal absoluto.

2. Los vecinos son el enemigo.
Sueño.

Y en el sueño, vivo en un bloque de edificios a lo Dakota. La estructura interna, sin embargo, es muy parecida a la de las fincas del sur: viviendas con patio en las que los pasillos son exteriores, a lo corrala. En vez de cuadrada o rectangular, la planta del bloque de mi sueño es redonda. Justo en el centro de la circunferencia, hay una especie de ‘puente’ que une los extremos de las galerías.

Bien. En el sueño, algo o alguien -que habita en el otro extremo del edificio, al otro lado de los ‘puentes’- se está llevando a los niños. Ese algo desconocido, ya se lo digo yo, eran los tradicionales espectros infantiles, ya saben: auténticos ganchos de lo suyo que se dedican a camelar a sus reflejos de sangre caliente. Y, ¿qué hacemos mis oníricos vecinos y yo para solucionarlo? ¿llamar a la Policía, a un exorcista? ¿consultar idealista.com? ¿acudir a una enanita con gafas inenarrables? ¡No! Hacemos una reunión de comunidad. Por supuesto.

Y mientras estamos hablando del sexo de los ángeles vemos que, al otro lado, no sólo se encuentran nuestros niños convenientemente abducidos y acompañados por los demás aparecidos prepúberes -con sus tiernos dientes de anaconda y la piel color de la leche agria-, sino los propios adultos de aquel más allá doméstico que -y esto es lo que más miedo me da- ¡también estaban celebrando una junta de vecinos!

Mierda puta.

No me extraña que estén cabreados: yo también me cabrearía si me encontrara semejante pastel en el otro mundo.

Eran doce, los fantasmas. Como en el cuento de Los doce meses. Como los signos del Zodíaco. Como las horas del reloj -‘Claro, idiota -me replica mi propio subconsciente-. Por eso esta casa tiene planta circular, como la circunferencia de un reloj con su casillas’.
Doce.

Sí.

COMO LOS PISOS DE MI PUÑETERA COMUNIDAD.

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El blues del autobús

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Motivada por los comentarios de Barbijaputa, decido solazarme tragándome One Day. Una película que se podría resumir con varios de los más grandes clásicos de mi progenitora  (#DichosdelasMadres):

1. De lo bonico no se come.

2. Siempre hay una mierda pa un tiesto.

3. Los amantes de Teruel, tonta ella, tonto él.

Eso, así como resumen de la cosa. Pero, tras el visionado, llegué a varias conclusiones interesantes:

(por si a alguien le importa, a partir de aquí espoileo un huevo) 

-El tiempo es, realmente, el gran justiciero para todas las que hemos sido las gafotas de la Facultad.

-Quiero el apartamento que la prota tenía en París. Pero no en París, claro -ciudad inclemente que detesto-.

-He de encontrar el hilo de Ariadna que une todas mis paridas, que es lo que realmente puede tener enjundia suficiente en el edito-mundo.

-La vida es corta, puta y dura. Y también es idiota. O, más bien, la idiotez la ponemos nosotros.

-Si eres una heroína tragicómica romántica, no es descartable terminar arrollada por un autobús.

Y este último punto es especialmente suculento: Who-do-you-think-you-are? – parece decir la lógica narrativa del destino aka Dios, aka Fuerza Cósmica, aka el Espagueti Volante-, si te empecinas e ir contra los hados y conseguir ese amor que tan impertinentemente deseas, la espicharás. Juego similar al que le hicieron al iracundo (no puedo decir al bueno, no) de Aquiles -aunque en esa ocasión, su madre tuvo el detalle de avisarle antes-: tienes dos opciones, chulo mío, morir joven y tomar Troya  o morir viejo salivando sandeces. Aquiles no dudó.

Imagino que fue Ana Karenina la que le vino a dar un poco de rock´n´roll a todo esto de morir por amor, cuando optó por la muerte por picadillo entre las vías del tren frente al final tradicional de las heroínas románticas al uso -que en esa época, bien por Tolstoi, solía ser morir escupiendo sangre en brazos del héroe -siempre me ha parecido especialmente gráfica la palabra en inglés para el asunto, consumption. Consumidas. Consumidas por dentro y por fuera, sí-.

La  imagen del picadillo como escabechina final y absoluta ha debido quedar flotando en el inconsciente colectivo: Medem escogió un camión para sellar el final de Los amantes del Círculo Polar y David Nicholls hizo lo propio con los protagonistas de su novela. Ocurre que a mí, por mucho que me haya podido pillar la historia, por muy conmovida que esté y por mucha transferencia empática que sienta con la protagonista -en el caso de la pizpireta Emma/Hathaway, ni de coña con la sosa borde de Ana/Naiwa-, el final del trolebús me puede. Me puede. Me descojono como una mala bestia.

Soy una nazi.

Debo tener la sensibilidad en la punta del glande que nunca desarrollé.

Todo el asunto me hace recordar la revisión que mis amiguitas del cole y yo cantábamos de aquel Lady, lady ochentero. Ya saben, una de la muchas canciones a lo Penélope que trufan la música contemporánea/pop/rock, esa piscina de obsesión y demencia sentimental.

Aquí, la versión original:

Aquí, nuestra versión del estribillo:

‘Lady, lady, lady,

se pinta los ojos de azul 

aunque hace mil años

que se cayó de un autobús

(de un autobúuuuusss…)

Ese día de verano

se pegó un gran guarrazo

Lady, lady, lady,

tiene los huesos de cristal

y cree que algún día

volverá a andar’.

Ya ni siquiera soy capaz de decir si lo hicimos nosotras o lo escuchamos en algún sitio. Pero vaya. Que alguien se atreva a decirme que los niños no son crueles -servidora era la pava de la clase y atención cómo se las gastaba-.

La pequeña Pili unía así, sin saberlo, las dos profecías autocumplidas hacia las que parezco encaminarme: muerte por picadillo o dilecta Miss Havisham.

(Y, si me dan a escoger, hago como Aquiles, el primer existencialista de nuestra historia: muerte por picadillo, siempre. Al menos, que me entretenga por el camino 🙂 )

Las aventuras de una mente espongiforme

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Creo que tengo un amigo que me considera Lisa Simpson. Es simpático -y extraño- ejercer de nuevo de la vocecilla más impertinente de la clase. Mi amigo quiere hacer una historia que hable de mitos, y que tenga varias capas, y que no sea pretenciosa -“Eso lo haces muy bien, desmitificar”,  me dice, ignorando el hecho de que está hablando con Miss Vicisitud-.

-Subraya la orfandad . Si tus protagonistas vienen de escenarios muy distintos, y se conocen, y se gustan -explico-, es que ambos se sienten raros, y solos, y diferentes, en sus respectivos mundos.

Mi amigo afirma muy serio, como si le estuviera descubriendo el secreto de la pólvora.

-Y como dice la psicología sistémica -prosigo, más Lisa Simpson que nunca-, las personas en el mismo nivel de conflicto se atraen, es algo natural.

-Me pregunto… -comenta-, ¿qué será lo que tienen en común las grandes historias de amor?

-Oh, dos elementos fundamentales e inevitables -le contesto, con la boca llena de lasaña-: el fracaso y la estupidez.

-¿Ves? Tienes una gran mente -sonríe.

-Sí, je. Tan lista, tan tonta.

-No, en serio.  La perfección requiere estupidez. Ya lo dijo Steve Jobs:  stay foolish, stay hungry.

-Si es por eso…

-Por cierto…

-¿Sí?

-No te preocupes por lo de las clases, hablas bien inglés.

-¿Cómo?

-Que hablas bien inglés… -insiste, rebañando su plato- mientras estés borracha.

-¿Cómo sabes…? ¡No!

-Sí.

-¡Noooo!

-Sí.

-El otro día…

-Sí.

-Dios… ¿tan pedo iba?

-Apparently.

-¡No!

-Se te quita el miedo, cuando vas borracha. Así que ya sabes, un par de whiskazos antes de clase, y listo.  Totus tuus.

-Casi literalmente.

-Right.

Lecciones de física sentimental o el espectáculo de los pollos sin cabeza

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Llevo un tiempo observando a mi alrededor un cierto patrón en los procesos de defenestración sentimental. Un patrón que termina haciéndonos parecer –a unos más que a otros-, participantes en una carrera de pollos descabezados. Ese patrón es el siguiente:

  1. La pareja se rompe.
  2. Las amigas de ella le dicen: ‘Yenni, ¡tú vales mucho!’. Los amigos de él le dicen: ‘Joshua, estás mejor solo: era la Reina Puta del Infierno’. Ambos grupos repiten, a coro: ‘Nunca nos cayó bien’.
  3. Yenny y Joshua aún están sorbiéndose los mocos cuando sus amigos les vacían en el gaznate una botella de ginebra y les dicen: ‘Ahora, fóllate al de las mallas de ciclista/a la de las botas de charol blanco, ¿a qué esperas? ¡Es una oportunidad única!’
  4. A continuación, o al mismo tiempo, Yenny y Joshua –ambos con la misma minoría de edad mental- se enfrascan en una frenética carrera en la que deben demostrar, ante sí mismos y ante el mundo, que están ‘perfectamente’. Para ello, se lían –en efecto- con la de las botas de charol, se apuntan a páginas de contactos o trufan su Facebook, su Tuenti o su whatever de numerosos testimonios dispuestos a refrendar que hay una vida nueva y el otro no está en ella.

En ese patrón, no hay ni un huequecito dedicado a pasarlo de mierda. ¿Por qué? Porque pasarlo mal es el gran tabú. Está feo. No es lo propio. Nunca. Es obsceno. El sufrimiento es, a esta época, lo que el sexo fue al siglo XIX: pura bicha.

Tomen este simple ejemplo. Uno está acodado lastimosamente en la barra de un bar. De repente, se acerca algún conocido y nos pregunta qué nos pasa. Como confesemos que estamos jodidos y nos dé por admitir, entre hipidos, que no podemos vivir sin el hijo puta del Joshua, el buen samaritano no tardará en farfullar cualquier excusa y alejarse de nosotros. Alejarse mucho, al otro extremo del local. Y si puede, pedirá un poco de sal para echársela por encima del hombro. El que está triste  –oficial y ruidosamente- es el gran apestado.

Y bueno, podemos sustituir al hijo puta del Joshua por cualquier otra cosa, da igual. Pero como realmente te estés permitiendo el lujo de estar destrozada por el hijo puta del Joshua, entonces es que pueden lapidarte sin miedo a la represalia en la plaza pública. No importa que, según todos los psicólogos del mundo, el dolor por una ruptura sea más desgarrador que el que produce una muerte cercana. No. Las penas sentimentales son una gran chorrada. ‘¡Con la que está cayendo! –suelen decirte-. ¡Cómo puedes estar así por un/a tipo/a! ¡Hay más hombres y más hombreras que botellines y muchos peces en el mar.

Así que, si estás deprimido porque has sufrido una defenestración sentimental, encima eres idiota.

Es curioso el tema de la tristeza como gran –y temible- peste. La OMS admite que en los países desarrollados la depresión alcanza a un quince por ciento de la población. Para 2020, estiman, será la segunda causa de incapacitación y muerte en la sociedad, sólo por detrás de las enfermedades cardiovasculares. Pues, para tener semejante panorama, yo veo a la gente, de promedio, bastante feliz. O, al menos, lo parece. Y sobre todo aquí: ¿cómo vamos a admitir –en el país de la hidalguía arrastrada, ese país en el que cuando te la pegas en la calle lo primero que haces es fingir que no te la has pegado-, que nos han dado en la línea de flotación? ¿Que nuestro jefe nos ha comido la moral, que nos consideramos un fracaso, que nuestra pareja nos ha dejado por imposible, que somos incapaces de asumir los retos o que nuestra madre es un ogro insuperable? No. Más vale ni fijarse en esas cosas, que hacen daño y lo mismo se contagian: ¡alegría!

De ahí lo de salir corriendo, descabezados, cada vez que nos arrancan el corazón. Por eso es crucial ser el primero que se pasea del brazo de alguien –aunque sea del cartón de Gasol que hemos mangado en el Banco Popular-, de ahí esa necesidad compulsiva de trufar las redes con nuestros muchos éxitos o el lanzarse sin flotador a los Meetic de la vida.

Y tenemos la ingenuidad de creer que se va a arreglar, que podremos hacer un apaño.

Claro.

Seguro que se obra un milagro de la física y todo lo demás, el paquete con todo lo malo y lo bueno, todos los guiños, todos los detalles, todas las risas, va a poder hacer contrapeso con el muñeco de cartón. O con el otro platillo de la balanza, ese en el que se lee: ‘Joshua –aquí foto de Joshua ortopédicamente feliz, escondiendo las gotas del Escitaloprán- busca chica de 25 a 35 años con la que hablar frente a la chimenea en las largas noches de invierno. Que se ría con sus chistes malos (como hacía Yenny, esa R.P. I., ahora R.I.P), y que nunca (pero nunca) lo compare con Justin Timberlake, esa pedazo de maricona insufrible. Absténganse Sagitarias’.

Pues no. Lo siento. La física es la física. No hay manera de equilibrar esos platillos: la historia con Yenni, o con Joshua, por muy petardos que fueran, tiene una densidad más que notable. No hay manera de que flote. No hay forma de hacer que salga volando.

Y es tentador, ¿eh? Coger un atajo, fingir que el dolor no existe.

Pero existe y es necesario. El dolor señala, de manera demencial muchas veces, que algo va mal. De hecho, quienes padecen de analgesia –enfermedad real que incapacita para sentir dolor físico- suelen morir muy jóvenes, y no porque los amen los dioses: su cuerpo no puede dar la señal de alarma ante algo que altera el orden establecido. Y, sin esta alarma, sin dolor, no hay manera de poner remedio a lo que ha originado el desastre.

Ken también pensaba que era fantástico ser de plástico. Hasta que salió del armario y, tras un doloroso proceso de aceptación e insufrible divorcio, se lió con el jardinero y ahora es feliz, dando clases de surf y haciendo centros de ikebana en Hawai.

Por no hablar de Barbie.

Ojalá todos pudiéramos aprender de ellos.

El ataque del compasivo agresivo

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Mi vida es así, llena de luz, llena de color.

Viernes, Hipercor.

Un conocido, amigo de un amigo, se entera de que he tenido una racha de coco y huevo y me llama para animarme. Para ser empático y eso.

Antes de esa llamada, sólo nos habíamos visto una vez en persona y charlado un par de veces por Facebook –ese invento del demonio-.

-Yo cuando te vi –me suelta el nota, tras contarle lo de la depre, el hospital y la orgía de autodestrucción en la que, en fin, me he visto envuelta-, me dije, ‘Yo con esa tía no me lío ni loco’.

“Más quisieras”, pensé, mientras consultaba las calorías de las patatas fritas. Pero, como soy de natural amable, inquirí un inocente: “¿En serio?”

-Sí, porque eres la típica tía que busca siempre relaciones problemáticas y, la verdad, yo paso… -¡él pasa!-. A ver, ¿a que nunca te juntarías con un tipo con yo?

-No lo dudes.

-Ni con mi amigo Zutanito.

-Puagh.

-¿Lo ves? ¿Por qué? Porque somos los dos muy buena gente.

(Ya. No porque no os encuentre atractivos, tú seas un pretencioso; tu amigo, un pedante, y encima –y para colmo-, vayas de gracioso y adobes tus frases con frecuentes  ‘Mi alma’, esa expresión –entre todas- que despierta mi libido de manera irrefrenable e instantánea).

-Mmm… no. Porque yo he estado con tipos que eran también muy buena gente. Lo único es que no los he pillado en su mejor momento.

-¿Lo ves? Abocada al desastre. Y es inútil que vayas al loquero o que hagas lo que quieras, porque seguirás escogiendo al mismo tipo de tíos…

(Perdona, ¿te conozco?)

-Pues me niego a pensar que voy a seguir repitiendo un patrón que me hace sufrir.  Creo que es perfectamente viable cambiarlo.  Hay gente que ha salido del caballo.

-Eso es demagogia –uy, la excusita-. No tiene nada que ver el caballo con el amor, algo que no puedes controlar.

-Sí, el amor, esa cosa que no tiene nada que ver con una adicción. Además- ¿por qué no le cuelgo, por qué no le cuelgo, por qué no le cuelgo?-, ya te he dicho que mi sentido arácnido no siempre se ha fijado en perturbados…

-Bueno, pero aun así… incluso aunque lo consigas… luego viene la segunda parte, que es incluso peor y que no me atrevo a contarte por teléfono.

-Pues en persona, lo veo difícil.

-Jajaja… No, en serio, eso te lo contaré algún día en persona porque así por teléfono… me es violento…

-Claro, claro. Lo entiendo.

-Bueno, esta sesión te sale gratis, ¿eh? La próxima te la cobro… jajaja.

-Lo tendré en cuenta.

-Bueno, que aquí estoy para lo quieras. Llama cuando sea, ¿eh?

-No lo dudes. Cada vez que me sienta flaquear.

La pregunta es por qué.

Por qué a mí.

Por qué.

El club de los suicidas

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A. es un antiguo compañero de facultad. Es encantador y divertido y, en quince años de contacto, ninguno de nosotros ha logrado ahondar mucho más en él. De hecho, si un día alguien encontrara un par de cuerpos troceados en el congelador de su casa, creo que no nos extrañaría tanto. “No lo entendemos: era un chico encantador, divertido”, dirían los vecinos.

Cuando se enteró de que estaba de bajón, A. tuvo el detalle de encerrarse en su despacho y dedicarse, durante tres horas, a convencerme de que él también era un fracaso.  “Se te ve muy bien, eso es importante”, saludó en nuestro último encuentro. Una entiende lo que significa para sus amigos en momentos como ese: cuando, convertida en lo más parecido que existe a un Gollum travestido con peluca y vestido de mariposas, tienen el estómago de decirte que estás guapa. Ya ven: yo era una feliz hobbit que hacía magdalenas y, de repente, aquí me tienen: transmutada en un repulsivo ser de ojos grandes, huesos grandes y eterna y obsesiva letanía. La vida.

-Tú tienes un montón de recursos para salir de esto, ya lo verás -dice A., casi riéndose ante mi cara de escepticismo-. De verdad, tú, al menos, puedes hablar del tema. Yo no podía ni hablar de ello. Si a mí me hubieras encontrado al poco de romper y me hubieras preguntado: ‘Oye, ¿qué tal lo llevas?’, yo habría balbuceado algo absurdo y me habría tirado de cabeza, sin excusa ni nada, a la boca de Metro más cercana.

-Una amiga me comentaba el otro día que el amor es perverso…

-Es que lo es…

Unaboquitapresta, con cofia, haciéndome compañía en la habitación del hospital. Lo único que no coincide es lo de la tarta.

-Esta amiga se chupó un montón de este último hospital -le explico-. Hubo un momento en el quiso venir a acompañarme a la ambulancia pero tenía una reunión en el trabajo y no la dejaron. “¿Es que no hay nadie más que pueda ir con tu amiga?”, le dijeron. Y ella (que se vio reflejada en mi situación, tirada cual calcetín) empezó a farfullar que si las dos fuéramos lesbianas, o yo fuera un tío, y fuéramos pareja, todo sería distinto. Y que qué mierda de mundo este.

-Es que tiene razón.

-Ya, lo malo es que se puso a llorar y todo el mundo se creía que estaba tarada por sus movidas: “Entendemos, Boquita, que estás muy alterada por lo de tu ex…”, “Que no es eso, que no es eso…”, repetía ella.

-Je, pobre.

-Sí. Mi amiga dice, también, que el amor es perverso igualmente  en su concepción, en su estructura: cuando terminas con alguien, de repente, la persona social y emocionalmente concebida para ser tu todo y en torno a la cual, en mayor o menor medida, pivotabas, se transforma en nada. Nada. De repente. De 100 a 0 en un segundo. Como para no volverte loco.

-Y lo único que puedes hacer es aguantar mientras te jodes vivo -apunta A., rebosante de optimismo. -Hay quien dice que una ruptura (cuando es de verdad, y no de esas rupturas de alivio) es la experiencia más traumática que puede vivir un ser humano. Más incluso que la pérdida de un ser querido porque, al fin y al cabo, la muerte es infalible, total, inasible. No puedes tomarte unas copas con ella en el Tanatorio y decirle que menuda putada, que si no puede hacer una excepción…

-COMO SI FUERA UN PERSONAJE DE TERRY PRACHETT.

-Exacto. Pero cuando acaba una relación no es una mano terrible e invisible la que aparta a quien quieres de ti… O es tu propia mano o es la del otro.

-Y es aún más difícil de asumir…

-¿Sabes? Lo de la tipa esta pasó en 2006, y todavía colea.

-Pues qué bien, veo que es rápido.

-No, con eso sólo te quiero decir que te entiendo… No sé, durante dos años yo fui incapaz de ver, no sólo una película romántica, sino cualquier cosa que tuviera un tono medianamente positivo, medianamente feliz. ¿Esa amiga del hospital, va también a Londres?

-Sí, ya sabes, en un viaje que parece patrocinado por las amazonas de Futurama… ¿Oye, te has dado cuenta de hasta dónde nos han llevado nuestros pasos?

Nuestros pasos nos han arrastrado, efectivamente, hasta el viaducto de Madrid. Nos asomamos unos segundos a las láminas de metacrilato.

-Piensa, ¿no sería mucho mejor, más hermoso, más coherente y, desde luego, mucho menos patético y manido que, puesto a tirarme, me tirara contigo en vez de con alguna de mis parejas?

-Mmmm… visto lo visto, sí.

-Yo me tiraría contigo, gustoso.

-Yo también me tiraría contigo, por supuesto -sonrío, con esa satisfacción incomparable que da haber encontrado un compañero de suicidio-. ¿Una cerve, antes de bifurcarnos?

-Perfecto.

Terapia alternativa (II)

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Está visto que nada me detendrá en mi descenso al oprobio.
Reincorporada en mi puesto de trabajo, consciente de las turbulencias que atravesaba, una de las chicas de una de las editoriales me dijo: ‘¡Jodorowsky! Te voy a mandar al Jodorowsky que seguro que te anima y te da en el clavo!’.
Bueno, es cierto que el Jodorowsky ha desarrollado -queridos y bien amados escépticos, y los no tanto, querido Microalgo- una suculenta teoría capaz de explicar el por qué del funcionamiento de todo tipo de supersticiones caribe -tal que limpias espirituales, exorcismos, Feng Shui varios-, totalmente alejadas de la ortodoxia científica pero con una suerte de efecto placebo -o no- en nuestras entretelas mentales. Donde se cuece todo -dice Jodorowsky-, es en el inconsciente. Pero al inconsciente no puedes hablarle con palabras, porque no las entiende: no son su código. Puedes analizar y comprender racionalmente qué es lo que te pasa,  cuál es tu problema, qué va mal, pero eso le sirve de más bien poco al núcleo, porque el núcleo funciona con símbolos. Símbolos que pueden ser universales o que dependerán de la naturaleza y cultura de cada cual (Jung). Por eso a algunos les puede funcionar un hisopo mojado de agua bendita, una oración a Yemayá o las argucias de una tarotista alemana. Por eso la fe absoluta en el perejil a San Pancracio, en los nudos a San Cucufato o meter la foto de nuestro peor enemigo en el congelador, a lo Vïctor Sandoval.
A cada cual, digamos, su ritual.
(Y corramos un tupido velo sobre los delirantes ejemplos de práctica psicomágica del Jodorowsky, que son descacharrantes).
Pues hablé con él. Con el psicomago chileno, a resultas de su Metagenealogía -psicología sistémica by Jodorowsky, por decir-.Y no sé bien si on/off the record, tuvimos esta conversación:
Jodorowsky: -A ver… ¿tú qué buscás en la vida?
Cuerda Desatada: -Pues…
J: -¡No, no seás intelectual! ¡Simple! ¿Qué buscás?
C.D.: -No, no es eso, es que me da vergüenza…
J: -Aaahh… desímelo, vamos…
C.D.: -Amor.
J.: -Ah, eso es que no le dieron amor de pequeñita, por eso lo buscás. No vio amor en sus papás, o no se lo mostraron.
C.D.:-Ya. Dice que, en las familias, el primero que lleva un nombre determinado detiene el ser. Pues estamos jodidos, porque yo soy la tercera Pilar.
J.:-¿Cómo? Pues ya le digo que el padre de su abuela no se shevaba bien con ella. ¿Qué le quería cargar en los hombros? ¿Era la mashor?
C.D.: -Sí, era la mayor de muchos hermanos.
J.: -Ahí está.Ahora hay que preguntarse qué le querían cargar a vos… ¿no tenés otro nombre?
C.D.:-Sí.
J.:-¿Cuál?
C.D.: -Marta.
J.: -Marta. ¿Y quién le puso Marta?
C.D.: -Mi padre.
J.: -¡Madre de Dios, qué desastre! ¿Ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo para ponerle un nombre, eh? El primer acto de sanación, para vos, sería cambiar el nombre… ¿no será Marta el nombre de otra novia de su papá, no? Porque lo empeoramos…
C.D.: -No, no…
J.: -Bien. Pues Marta, entonces. A partir de ahora. ¿Desde dónde llamás?
C.D.: -Desde Cádiz.
J.: -¿Y no le gusta Cádiz?
C.D.: -No.
J.: -¿Y por qué no salís de ahí?
C.D.: -Pues… imagino que por infraestructura.
J.: -Ya… seguís siendo una pequeña niñita, que tiene miedo del bosque. Pero el bosque es también nuestra casa. El mundo es nuestra casa… Sho también vivo en París, que tampoco me gustá mucho, ¿eh? Pero, al menos, ¡lo he escogido sho! ¡Y nadie te habla, pero sho busco que no me hablen!
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