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Cashmere Mafia

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Se acerca esa época del año otra vez, así que en su web de recetas le han endosado una escoba y un sombrero de bruja. “No se por qué insisten en vestirme de bruja -reflexiona, como casualmente-. Si el disfraz no se diferencia tanto de lo que tengo en el  armario. Jejejeje. Lo mismo debería meditar sobre ello”.

La que habla es, por supuesto, Nigella Lawson. Aka La Reina Blanca. Aka la Diosa Doméstica. Aka la Reina de la Porno Comida. Aka la inspiradora de Tim Burton: “Simplemente, la ves cocinando y te das cuenta de que… está loca”, afirmaba sin empacho tan ortodoxo prohombre, explicando por qué semejante mujer le había servido de inspiración para la Reina Blanca de su versión de Alicia.

Y es cierto. Observada todo lo cerca que permite verla de lejos, bien encerrada en la pantalla de la tele o en el disco duro del ordenador, Nigella Lawson da cierto miedito. Es morena, guapa, tiene enormes tetas, un pedazo de la fortuna de Saatchi (sí, el de Saatchi&Saatchi) y un emporio basado en sus recetas de cocina.

Verla ejercer ante las cámaras  es todo un delirio. Nigella hunde sus uñas de manicura francesa en la masa para brioche. Rubrica sus recetas con los labios pringados de nata o un gruñidito (‘Uh, perfect!’) mientras pone los ojos en blanco. Se enfunda su ¿130? de pechera en estrechos jerseys de cachemira que evocan, inconfundiblemente, a la accidentada Mónica de Friends tras su paso por el restaurante temático. Es, repito, inasumible. Busquen los vídeos.

Nigella  dio su saltó a la fama  hará unos doce años. Anteriormente, había trabajado como periodista en distintos medios británicos -entre ellos, Talk Radio (cito de la wiki), de donde la despidieron por admitir en público que habían hecho las compras de casa por ella, lo que chocaba con el “toque cercano” que pretendía transmitir la cadena. Entre colaboración y colaboración, Nigella escribió un par de recetarios que tuvieron gran éxito y no tardó en dar el salto a televisión, con unos programas que se grababan desde la  cocina de su casa. Durante el rodaje de Nigella Bites, su  marido, John Diamond, enfermó de cáncer. El hecho de que los programas se grabaran en la cocina de su casa y que el hombre apareciera por ahí de vez en cuando,  le dio el toque de morbo necesario.

Dos semanas después del fallecimiento de Diamond, Nigella estaba de vuelta en su cocina -los ingleses no deben conocer la expresión “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” porque, si no, tenían tema de sobra para hacer sangre-.

Para abono de malpensados y azote de corazones cándidos, nueve meses después de la desgracia, la sin par Nigella -que afirma no creer “mucho en los duelos”-  estaba ya más que repuesta y removiendo el caldero, digo cazuela, en la cocina de Charles Saatchi.

Huelga decir que Nigella vive, evidentemente, en una galaxia muy, muy lejana a la nuestra. Hace declaraciones que suenan a ciencia-ficción: “Con mis consejos, nunca te despertarás de madrugada agobiada por los preparativos de una cena”, afirma, convencida de estar dando solución a nuestros dilemas más profundos. Cuando retorna al hogar tras algún encuentro glamouroso, en vez de abrir la nevera para pegarle bocados al  fuet, ella se hace un pudín de caramelo de 45.000 calorías.

Y se lo zampa, por supuesto. Todo se lo zampa.

(Envuelta por la polémica a la vez que por su marta cibelina, Nigella no dudó en declarar que le encantaba llevar pieles y que lo que realmente le gustaría sería poder matar un oso y ponerse luego su abrigo. Yo no dudo de que lo haría. En lo más mínimo. Y estoy segura de que,  además, se zampaba luego al plantígrado).

Mientras que el común de los mortales recuerda a sus pobres madres pintándose en el ascensor cuando iban de visita a casa de una tía abuela que olía a alcanfor, Nigella rememora a su progenitora acudiendo a fiestas de Navidad  ataviada con “sus botas de ante blancas, mini vestidos de angora y pestañas postizas -incluso postizos de pelo- y los labios pintados en algún color claro y brillante, con nombres como Moist Madder Pink. Si me concentrara, creo aún podría  oler el perfume de sus polvos mezclados con el aroma de L´Heure Bleue de Guerlain’.

Lo dicho: vive una galaxia pero en la otra punta de este universo que explosiona.

Como habrán visto con la anécdota del oso, Nigella es grande. Realmente grande: única en el difícil arte de hacer de su debilidad, virtud. Si las malhadadas lenguas no tardaron en bautizarla como ‘la reina del food-porn’ ella no tardó en reiventarse como una ‘diosa doméstica’ -de hecho, es así como se refiere a sí misma y a sus acólitas-. Y si a las diosas les fallan las charming arts, y no hay chutney de mango, ponche invernal o ensalada de menta que remedie el mal rollo familiar, Nigella no duda en dar consejos de un pragmatismo dramático. ¿Quiere tener las Navidades en paz, con nuestros más queridos allegados quietecitos y sin quejarse en sus respectivas sillas?  Muy sencillo: ponga a un pobre a su mesa. O a un extraño. Con un invitado en el salón, la panda de vikingos que constituye todo núcleo familiar  se lo pensará dos veces antes de comportarse de manera insufrible –oh, it´s unbearable!-.

Sí, los tiene bien plantados. Hay que ser valiente para tener las agallas de lucir estos guantes preparando un pavo para Navidad.

(Minuto 2.26.)

Si las tierras del guiri en uno y otro lado del charco fueran reinos rivales, está claro que Nigella sería la Reina Blanca y Martha Stewart ejercería de Reina de Corazones. Martha es exagerada y delirante. Donde la inglesa aporta lascivia, Martha enchufa risas enlatadas. Y también es una crack. Las agallas que hay que tener para enfrentarse a un relleno de pavo en directo sólo las supera la desvergüenza de estar dispuesto a vestirse de mamarracho Halloween tras Halloween, con alegría y alborozo -por Dios, ¡que la pobre señora tiene setenta años! ¿Es que los productores no tienen corazón?-.

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Desatada cual Reina de Corazones, la Stewart resulta de una omnipotencia sobrecogedora: a su llamada acuden tanto Rufus Wainwright como Michelle Obama . Y quien crea que su delirio e histrionismo no tienen el  peso suficiente como para hacerle ostentar la corona de la Reina de Corazones, que le eche un vistazo a este vídeo -además de leer nuestros anteriores informes, aquí y aquí-.

O este otro.

¿Qué, inspiradoras, eh?

No sé con cuál de las dos quedarme: ambas hacen magníficos disfraces.

»

  1. In any case, yo nunca me fiaría de alguien que se autodenominara “la diosa de”.

    De lo que fuera.

    Responder
  2. No, si yo no le dejaba mi perro, vaya. Por ejemplo.

    Responder
  3. Ayer, por cierto, le pregunté al Ciudadano Alcancero por él. ¿Sigue mirando por la ventana tras apartar los visillos con la pata?

    Responder
  4. Por supuestancia! Como cotillo humano!😀

    Responder
  5. Le recomiendo, sobre Martha Stewart, el articulo que le dedica Christopher Hitchens en “Amor, pobreza y guerra” libro de bolsillo que recopila articulos del polemico escritor. Perdon por la falta de acentos y demas, pero el navegador se pone tonto de vez en cuando….

    Responder
  6. Pingback: Los dinámicos chicos de wordpress « cuerdas desatadas

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