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Marta Estuardo I

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Aunque su existencia para mí es harto conocida, imagino que a ustedes el nombre de Martha Stewart apenas les resultará familiar. Martha Stewart es, para que nos entendamos, una mezcla entre Tía Mildred y el Hada Madrina de Shreck II. O, para que nos entendamos aún más, entre Bree Van De Kamp y Ana Rosa Quintana.

Al igual que Bree Van De Kamp, la Stewart sólo es posible entre mentalidades provincianas cuya meta más importante es ganar el concurso de tarta de manzana. Al igual que Ana Rosa, Martha Stewart tiene su propia revista (perdón, revistas), programa de televisión (perdón, programas), dinerillos ahorrados (perdón, acciones) y una cierta poca ética editorial -además de ese gen recesivo que les permite a ambas rejuvenecer año tras año y que tan incómodos sentimientos provoca: ¿tendrán un retrato envejeciendo en el armario?-.

¿Y qué puede tener en común semejante perfil, me dirán, con Tía Mildred o con el Hada Madrina de Shreck? Pues que, como Tía Mildred, la tipa ha hecho un emporio -un emporio, no una línea de pastelería industrial, no me sean simples- a base de hornear magdalenas de chocolate. Y que, como el Hada Madrina de Shreck, bajo la sonrisa melíflua y el polvo de estrellas, dirige con mano de hierro un negocio apabullante basado en unos productos y una filosofía tiernos, naïf. ¿Qué puede haber más inofensivo que decir cómo se trincha un pavo o cómo quedan mejor los visillos? Sus consejos podrían ser calificados facilmente de nimiedades y fruslerías … Cómo ordenar los pendientes -en vasitos de saque, puestos en una bandeja-, cómo evitar que la abuela se despamzurre por la escalera -pintando el borde de los escalones con una mezcla de pintura y arena-, cómo conseguir que la crema se zanahoria salga siempre suave -conciéndolas con agua mineral-. Etc

Y ahora les voy a hacer la traducción de la crema de zanahorias: varias revistas, colaboraciones en radio, un programa diario de moñadas (a nivel nacional), varios libros publicados, un portal web, catálogo por correo, tienda, acciones bursátiles, línea de productos del hogar, promociones urbanísticas.

Toma ya crema de zanahorias.

La biografía de semejante mujer, por supuesto, esta llena de detalles suculentísimos. En primer lugar, el Stewart no es suyo -su familia es de ascendencia polaca, pero una no renuncia a que la llamen Estuardo así como así-. Con su familia, se supone, aprendió los rudimentos que después la harían multimillonaria: intuimos que su madre la tuvo tardes y tardes practicando las labores propias de su sexo: bordando encajes, recortando chaquetas, cocinando preztles y pintando huevos de Pascua. En las vacaciones, a Martha la empaquetaban a la granja familiar y allí se quedaba, con sus abuelos, haciendo mermeladas.

(Como soy una perversa, me encanta imaginarme a una Marta No Estuardo (Todavía) con quince años y delantal, secándose el sudor y apartando con la palma de la mano las moscas impenitentes: ‘Esto me va a servir de algo algún día -murmura entre dientes- Por Dios que sí…’)

Como no podía faltar en toda Barbie que se precie, Martha fue modelo en su juventud. Y, mientras otras apenas alcanzábamos a tirarnos en el sofá y ver la tele al salir de clase, a ella le dio tiempo a: 1. Trabajar de modelo. 2. Sacarse un título en Arquitectura y Arte. 3. Casarse con un joven estudiante de Derecho de Yale -a partir de lo cual, pasó a ser una Estuardo-.

Poco después de tener a Alexis, su única hija, Marta Estuardo comenzó a trabajar… ¡como agente de bolsa! Y allí estuvo durante cinco o seis años. Pero, queridos amigos, una moña es una moña es una moña es una moña… y, al fin, terminó retirándose del mundo bursátil para dedicarse a su niña pequeña y a restaurar una antigua casa que la familia compró en Connecticut. La finca era una granja de 1805, que más tarde se convertiría en el escenario de su futuro programa de telesivión. Stewart y su marido se ocuparon sin ayuda -si quieres algo bien hecho…- de la restauración del inmueble.

En 1976 Stewart inició, con una amiga, un negocio de catering en el sótano de su casa. Ese fue, por supuesto, el fin de su amistad: su compañera dejó el trabajo poco después porque no podía estar a la altura del ‘continuo perfeccionismo’ de la tipa (bonito eufemismo para controladora y maniática). La Estuardo, por supuesto, no se amilanó: continúo con el chiringo sola y abrió, además, una tienda de productos del hogar.


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  1. Pingback: Cashmere Mafia « cuerdas desatadas

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