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Kraken contra Kraken II

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La indómita Cannaught y sus costas rabiosas habían ejercido de marco incomparable para el asimismo indómito carácter de Grainne. Aislada e impracticable –‘Cannaught o el infierno’ eran las opciones que daba Cronwell a los rebeldes irlandeses- la región tardó en asimilar el hecho imparable del aumento del poder inglés en todo el país. Pero, por supuesto, terminó experimentándolo.

En 1584, Richard Bingham, gobernador de Connemara, necesitaba desesperadamente un golpe de efecto para contrarrestar los continuos desórdenes en la región y ordenó arrestar a Grainne con el sano propósito de ahorcarla. Grainne ya había estado en prisión algo más de un año, condena de la que se libró jurando que nunca, pero nunca nunca, volvería a ganarse la vida con sus piraterías. Mintió, claro. Y si se salvó de la horca, fue sólo porque su yerno prometió atarla corto e intercambiarse por ella si volvía a las andadas.

Pero Dingham estaba determinado a ejercer un castigo ejemplar: confiscó la mayor parte de las propiedades de Grainne y destrozó a su familia. Ahorcó a 18 miembros del clan y su hijo mayor, Owen, fue asesinado.

Y el tiempo no le hizo olvidar su objetivo. Casi diez años después, el gobernador secuestró a los otros dos hijos de O´Malley, Tibbon y Murrouh, así como al hermanastro de Grainne, Donal-na-Piopa –Donald el Gaitas, para entendernos. Y teniendo en cuenta que el hombre apenas aparece en los anales familiares y la condición de su mote, no creemos que fuera precisamente una amenaza terrorista para la corona-. Cosa que sí eran, por cierto, sus dos vástagos. Y lo eran mogollón. Sus nombres salieron en los interrogatorios de hombres relacionados con los O´Neill y los O´Donnell, independentistas que habían llegado a ofrecer la corona de Irlanda Felipe II si los libraba de su opresor inglés.

Este hecho fue el que desencadenó el momento más comentado de la vida de Grace, el que unos ponen como muestra de su valía y otros como ejemplo de alta traición: su visita a la reina Isabel I. Con un hijo muerto, dos en la cárcel, su libertad de acción, castrada; sus bienes, confiscados; su ganado, repartido, y sus barcos, en puerto, O´Malley puso rumbo a Inglaterra para entrevistarse con la soberana.

Y aunque se trataba de un movimiento arriesgado -Grainne podría haber terminado directamente en la Torre de Londres- Isabel terminó recibiéndola. Ya ven: encuentro en la cumbre entre pelirrojas.

No es descabellado pensar que la reina de Inglaterra sintiera una viva curiosidad por saber cómo era esa mujer de la que había oído hablar durante tantos años y que le resultaba tan parecida a ella. Némesis perfecta. Ambas habían conseguido triunfar en un mundo y un ambiente que, en principio, no podía resultarles más hostil. Para ello, sin duda, habían tenido que olvidarse de sí mismas, habían tenido que mentir, estafar, traicionar, condenar, ensuciarse de sangre y arsénico. Habían tenido que mutar, en suma, en una especie de Alien el Octavo Pasajero para sobrevivir en la cumbre sin que nadie osara soplarles sobre la gorguera. O a sus espaldas.

Pero cada una de ellas representaba, a la vez, una cultura y un mundo totalmente inasibles para la otra. A pesar de que la soberana inglesa afirmara tener ‘el corazón y el estómago de un rey’ nunca había comandado personalmente a sus hombres, como sí hizo Grainne, la ‘Dama de los Mares’. Isabel gobernaba desde la comodidad y la protección de sus palacios, rodeada de leales consejeros. Granuaile lideraba y gobernaba sola en mar y tierra. Mientras que la primera pasaría a la historia como la Reina Virgen –aunque no lo sería tanto-, Grainne tuvo dos maridos y, según consta, al menos un amante –un escandinavo que rescató de un naufragio y cuya muerte vengó de tal forma que se ganó otro sobrenombre, el de la Dama Oscura de Doona-. Isabel murió sin sucesores. Grainne, como sabemos, dio a luz a tres hijos y una hija.

En el imaginario colectivo, resulta evocador pensar en Isabel de Inglaterra, envuelta en majestad y perlas, frente a su homóloga irlandesa, brava y descalza. La imagen real, sin embargo, debió ser muy distinta. Ambas mujeres eran ya mayores: Elizabeth había cumplido sesenta años; Grace O´Malley debía rondar los sesenta y tres.

La edad les habría sacado su auténtica condición: la de monstruos levíticos. Allí estarían ambas, contemplándose en Greenwinch, rodeadas de espejos. Kraken frente kraken. La Isabel que no ha pasado a los retratos, con la nariz curvada y el pelo rojo ya gastado. Al reír, el rostro se le cuartearía, seco de polvos de arroz, mostrando una boca como una herida, de dientes ennegrecidos o ausentes.

Ese podría haber sido el aspecto de la monarca, pero Granuaile tampoco se quedaría muy atrás, con la piel y el cuerpo surcados por el viento y las batallas. Tal vez estuviera coja, o medio tuerta, o con la cara picada de viruela, con media dentadura fuera o cosida a cicatrices.

Quién sabe. Criaturas abisales.

Al parecer, el encuentro entre ambas se desarrolló en latín, ya que ni Grainne hablaba inglés ni la reina gaélico. Semejante negociación está trufada de anécdotas destinadas, especialmente, a elevar la defenestrada dignidad irlandesa. Se cuenta, por ejemplo, que Grainne estornudó y un miembro de la Corte le ofreció un pañuelo. Tras sonarse, la mujer lo tiró al fuego, aclarando que en Irlanda un pañuelo usado se consideraba basura y no se volvía a utilizar. O que Isabel se vio forzada a levantar la cabeza ante Grainne, porque era más alta.

Es cierto que Grace O´Malley no se inclinó ante la reina inglesa, a la que consideraba su igual. Y que Isabel debería sentir cierta simpatía por Grainne: en las misivas referentes a su caso, se refiere a ella utilizando su nombre en gaélico –no en inglés- y obtuvo el perdón de la soberana completamente gratis, cuando este tipo de favores solían pagarse.

La entrevista tuvo lugar con las dos mujeres rodeadas de guardias y miembros de la Corte y, a su término, se alcanzaron las siguientes conclusiones: Isabel I accedería a las peticiones de Granuaile –liberar a sus parientes y devolverle sus derechos y posesiones- si O´Malley dejaba de colaborar con los rebeldes irlandeses y de cometer actos de piratería contra la corona inglesa. O´Malley ofreció y obtuvo, además, patente de corso implícita. A cambio, Isabel se comprometía a destituir a su enemigo, Richard Dingham, como gobernador de Connemara -pero no sería la orden real, sino diversas intrigas políticas las que harían que Dingham diera con sus huesos en una cárcel inglesa-.

Que O´Malley terminara ejerciendo de corsaria para la corona inglesa ha sido visto por muchos, en perspectiva política, como una vergonzosa bajada de calzones. Sin embargo, en la época, Grainne fue considerada una heroína: en esos tiempos aún no existía el concepto de país, sino de clan. En las tierras celtas no se pensaba en global, se defendían los intereses del terruño –craso error intestinal que hizo que Escocia e Irlanda terminaran pasando a ser propiedades absolutas de los monarcas ingleses-. Y lo importante, para Grainne y los suyos, era acabar con su enemigo más próximo, Dingham.

Antes de ser anulado políticamente, Dingham sometió a Grainne y su flota a un seguimiento exhaustivo. Los barcos de O´Malley iban acompañados, donde quiera que fueran, por naves de la corona inglesa. Hubo un momento incluso, en el que los hombres de Grainne fueron forzados a tomar parte en varios asaltos ingleses: uno de ellos, contra uno de los nietos de la pirata, Richard Bourke. Esta cooperación involuntaria –que fue denunciada por Grainne a la corona inglesa- sería esgrimida más tarde como prueba de lealtad de Tibbon-ne-Longs hacia la corona británica. Sería Tibbon, ordenado vizconde de Mayo, quien terminaría asegurando la paz y el bienestar de su familia, moviéndose como una anguila entre las aguas turbias de la corte anglosajona –un ascenso que vendría a rubricar la decadencia del sistema tribal celta y el auge de la ley civil inglesa en Irlanda-.

O´Malley y la reina de Inglaterra murieron en el mismo año, en 1603. A Grace le dio tiempo de ver a sus amigos y aliados, los O´Neill y los O ´Donnell, derrotados por los ingleses. Y de contemplar el principio del fin del modo de vida gaélico.

Grace está enterrada en el que fue feudo de su familia, la isla de Clare. Probablemente, dada la importancia del apellido, sus restos descansen en el osario que hay cerca del altar de la abadía.
Clare sigue siendo un lugar muy hermoso.
Apenas un puñado de casas. La población de ovejas debe cuadruplicar a la humana.
Paz. Olas.
Horizonte infinito.
La siguiente tierra con la que chocaría la vista es Groenlandia.
Grainne tiene todo el océano ante sus ojos.

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