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Cuatro bodas y un akelarre II

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A Lady Kyteler y sus amigos les tocó jugar, sin pretenderlo, un papel muy importante en la historia de la brujería. Durante la mayor parte de la Edad Media, las brujas y la brujería no eran problemas de peso para la Iglesia. Los líderes religiosos sostenían que las brujas no existían realmente, que las personas que creían practicar magia eran unos embusteros o estaban locos. Creencias supersticiosas, prácticas paganas y sospechosos ensalmos eran practicados por gran parte de la población, pero no se consideraban una amenaza para la fe establecida.

Las herejías, sin embargo, habían sido un problema serio para la integridad de Iglesia. Grupos heréticos como los Valdenses, que proclamaban una pobreza extrema o como los Cátaros, que creían en un sistema dualista entre el Bien y el Mal, cosecharon numerosos seguidores en la Edad Media. Para eliminarlos, las autoridades eclesiásticas emplearon a algunas órdenes religiosas, como los franciscanos o los dominicos. Pero también los atacaron mediante Cruzadas e Inquisición (de mediados del 1100 hasta el siglo XV). En el siglo XIV, los Valdenses habían sido reducidos a estratos marginales de la sociedad y los Cátaros, masacrados.

En el transcurso de estas persecuciones, el Cristianismo dominante habían condenado a los herejes por crímenes fantásticos e imposibles. De hecho, cualquier resistencia al poder político o social establecido, o cualquier divergencia de las normas sociales, podía ser considerado herejía y perseguido judicialmente. Cuando desaparecieron los herejes reales, sin embargo, la Iglesia encontró un nuevo chivo expiatorio: las brujas. El juicio de Alice Kyteler ilustra esta transición. Imaginen que Lady Kyteler fuera inocente. Que no practicara la brujería sino que, simplemente, guardara unas opiniones poco ortodoxas respecto a los dogmas de la Iglesia. Que no hubiera asesinado a sus maridos: al cabo, uno murió de viejo y otros dos, de cirrosis o de un empacho.
Alice Kyteler tenía muchos puntos a su favor para no reunir simpatías. Regentaba ella sola una posada y tenía –siendo mujer- mucho dinero, más riquezas que cualquiera, incluyendo en esos cualquiera a los prelados de la Iglesia. Para colmo, tanto ella como sus maridos se habían dedicado al préstamo financiero –o, como decían en la época, la usura-. Una actividad que nunca ha sido muy popular.

Desde esa posición de poder, cualquiera puede llegar a considerarse libre. Libre de hacer o decir lo que le plazca. De hablar anatemas ante quien creyera de confianza o de tener amantes, de vivir al margen de lo que la sociedad de la época estableciera.

Como decíamos al principio, Lady Kyteler puede haber sido una asesina en serie aficionada a las orgías o, simplemente, una mujer ambiciosa y soberbia que gustaba de coleccionar hombres y sacas de dinero en una época en la que ambas cosas estaban tan mal vistas como devorar niños.

Para colmo, en la historia subyace el conflicto existente entre poder secular y poder religioso. El rey de Inglaterra gobernaba Irlanda a través de oficiales del Estado pero los obispos controlaban ciertas zonas y ansiaban proteger y expandir sus propiedades y gobierno. En 1317, cuando el obispo Richard de Ledrede tomó posesión de la diócesis de Ossory, comenzó a tener dificultades con los locales. Los irlandeses lo rechazaban porque era un extranjero de origen inglés, que había pasado mucho tiempo en Francia. Ledrede se enemistó, además, con el senescal del rey, Arnold Le Poer. Es más que probable que, sin el apoyo del rey inglés ni el de gran parte de las clases poderosas, el prelado hubiera decidido eliminar a Le Poer a través de su amiga y aliada, Lady Alice Kyteler.

Como sabemos, Lady Kyteler desaparece en su huida a Inglaterra: no hay más documentos que vuelvan a citarla.

Sin embargo, Memorial insiste en que hay un final no narrado a todo esto: en un desarrollo de thriller, Lady Kyteler escapa a Inglaterra con el que sería su quinto y último marido. El hombre podría ser uno de sus principales uno de sus principales valedores ante la justicia y es su punto de vista el que iría narrando la historia. Nunca seguro de si su amada es o no una asesina, accederá a casarse con ella en un intento suicida y desesperado de convencerse de su inocencia. El final, ya se lo imaginan.

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