Canal RSS

Archivo de la etiqueta: depresión

La felicidad

Publicado en

Una de las primeras cosas que se aprenden con una depresión es que la posibilidad de que se repita el episodio es bastante probable. No recuerdo con exactitud el porcentaje, aunque creo que rondaba el cincuenta por ciento: una moneda al aire. Así que te dicen que tienes que estar alerta, con las pocas armas que has conseguido arramblar a punto -pues tampoco es que sean tantas, ni tan letales-. La eventualidad de toparte de nuevo con lo oscuro que te absorbe es tan horrible que uno se promete a sí mismo que nunca más sucederá, ya tenga que mentir, robar, mendigar o matar. El perro negro no conseguirá arrastrarme. El demogorgon no conseguirá arrastrarme

Es muy difícil describir la depresión a alguien que no la haya pasado. Para Churchill era la bestia negra, y sus razones tenía: no me pregunten por qué pero la depresión es lo oscuro. Y una vez te agarra, es cierto, te arrastra a degüello hasta su guarida. La otra gran cualidad de la depresión es que te hunde: es muchísimo más glotona que la gravedad. Quien quiera que ideara aquel atroz castigo de la rueda de molino y las aguas oscuras no debería ser ajeno al mal que hasta hace poco se definía como “melancolía”.

demogorgonSiempre he odiado los libros de autoayuda. Durante la depresión, aprendí a que me inspiraran furia asesina. Es una reacción semejante, ahora que pienso, a la que he mantenido a lo largo de mi vida con las comedias románticas y los descalabros amorosos: si en la vida normal muy pocas veces las películas del género me apartaban de la náusea (aunque tengo hasta mis favoritas: soy humana) (y mis favoritas las habré podido ver como veinte veces cada una), tras una ruptura me producían un sarpullido intenso -lo único que me apetecía ver, de hecho, eran pelis de acción con explosiones, venganzas y una suculenta ristra de muertos-. Imaginen el rollo autoayuda tras haber paseado por los reinos del demogorgon, pues esa es otra gran característica de la depresión: todo tu universo se transmuta, de repente, en pesadilla. Tus gustos hieren, hieden, se hacen insultantes. Tu mundo resulta aterrador, lleno de trampas.

Lo he dicho alguna otra vez pero lo vuelvo a repetir aquí por si a alguien le ayuda: la persona que mejor ha reflejado -de manera no insultante- lo que es la depresión es Allie Brosh (Bill Gates también lo cree).

hyper

Como la vida es cíclica, digamos que actualmente tengo encima otro periodo de incertidumbre. Y aunque las circunstancias son bien distintas a las de la depresión, ya digo que te hacen estar alerta, con los infrarojos listos por si se cuela la bestia oscura. Y el otro día, iba de vuelta a casa por el paseo marítimo cuando concluí que estaba viendo un despliegue de auténtica felicidad. Fue algo sorprendente y fruto de la educación. Vivo en una ciudad de vacaciones con un alto concepto de Marina D´Ors en sí misma. No es un sitio de veraneo hipster (el rincón hipster está un poco más allá), ni es el penúltimo rincón a descubrir (ese no sé dónde está), ni la cala dorada de los realmente ricos (eso, también un poco más allá) . Es un sitio en el que, sobre todo, veranean familias en todo su amplio concepto. Y la selecta clientela de los chiringos baja con sus pincitas en el pelo creyendo que es fetén y `puede pedirse un bitter kas no porque sea una modernez, sino porque son así de antiguos, o una piña colada porque fue lo que pidieron hace veinte años y mantienen la superstición caribe de que sigue siendo algo super exótico. Y los paseantes del paseo no tienen problema en salir a dar una vuelta en pantalones cortos con cordones en las gafas o con un top de lentejuelas verdes sobre michelines, haciendo uso de un arriesgado estilismo que haría palidecer a un duende gordo -porque es fiesta, cuerno, y es por la Noche en Embriagador Lugar, a la Orilla del Mar Océano, Donde Todo Es Posible-.  Cerca flotaban las bombillas de verbena -esas de antes que ya me gustaban antes, igual que el bitter kas- de un chiringo estiloso.

Y me sorprendi a mí misma pensando que todo era estupendo.

Nada raro en la resonancia,  ¿verdad, doctor?

bombillas

Anuncios

Lecciones de física sentimental o el espectáculo de los pollos sin cabeza

Publicado en

Llevo un tiempo observando a mi alrededor un cierto patrón en los procesos de defenestración sentimental. Un patrón que termina haciéndonos parecer –a unos más que a otros-, participantes en una carrera de pollos descabezados. Ese patrón es el siguiente:

  1. La pareja se rompe.
  2. Las amigas de ella le dicen: ‘Yenni, ¡tú vales mucho!’. Los amigos de él le dicen: ‘Joshua, estás mejor solo: era la Reina Puta del Infierno’. Ambos grupos repiten, a coro: ‘Nunca nos cayó bien’.
  3. Yenny y Joshua aún están sorbiéndose los mocos cuando sus amigos les vacían en el gaznate una botella de ginebra y les dicen: ‘Ahora, fóllate al de las mallas de ciclista/a la de las botas de charol blanco, ¿a qué esperas? ¡Es una oportunidad única!’
  4. A continuación, o al mismo tiempo, Yenny y Joshua –ambos con la misma minoría de edad mental- se enfrascan en una frenética carrera en la que deben demostrar, ante sí mismos y ante el mundo, que están ‘perfectamente’. Para ello, se lían –en efecto- con la de las botas de charol, se apuntan a páginas de contactos o trufan su Facebook, su Tuenti o su whatever de numerosos testimonios dispuestos a refrendar que hay una vida nueva y el otro no está en ella.

En ese patrón, no hay ni un huequecito dedicado a pasarlo de mierda. ¿Por qué? Porque pasarlo mal es el gran tabú. Está feo. No es lo propio. Nunca. Es obsceno. El sufrimiento es, a esta época, lo que el sexo fue al siglo XIX: pura bicha.

Tomen este simple ejemplo. Uno está acodado lastimosamente en la barra de un bar. De repente, se acerca algún conocido y nos pregunta qué nos pasa. Como confesemos que estamos jodidos y nos dé por admitir, entre hipidos, que no podemos vivir sin el hijo puta del Joshua, el buen samaritano no tardará en farfullar cualquier excusa y alejarse de nosotros. Alejarse mucho, al otro extremo del local. Y si puede, pedirá un poco de sal para echársela por encima del hombro. El que está triste  –oficial y ruidosamente- es el gran apestado.

Y bueno, podemos sustituir al hijo puta del Joshua por cualquier otra cosa, da igual. Pero como realmente te estés permitiendo el lujo de estar destrozada por el hijo puta del Joshua, entonces es que pueden lapidarte sin miedo a la represalia en la plaza pública. No importa que, según todos los psicólogos del mundo, el dolor por una ruptura sea más desgarrador que el que produce una muerte cercana. No. Las penas sentimentales son una gran chorrada. ‘¡Con la que está cayendo! –suelen decirte-. ¡Cómo puedes estar así por un/a tipo/a! ¡Hay más hombres y más hombreras que botellines y muchos peces en el mar.

Así que, si estás deprimido porque has sufrido una defenestración sentimental, encima eres idiota.

Es curioso el tema de la tristeza como gran –y temible- peste. La OMS admite que en los países desarrollados la depresión alcanza a un quince por ciento de la población. Para 2020, estiman, será la segunda causa de incapacitación y muerte en la sociedad, sólo por detrás de las enfermedades cardiovasculares. Pues, para tener semejante panorama, yo veo a la gente, de promedio, bastante feliz. O, al menos, lo parece. Y sobre todo aquí: ¿cómo vamos a admitir –en el país de la hidalguía arrastrada, ese país en el que cuando te la pegas en la calle lo primero que haces es fingir que no te la has pegado-, que nos han dado en la línea de flotación? ¿Que nuestro jefe nos ha comido la moral, que nos consideramos un fracaso, que nuestra pareja nos ha dejado por imposible, que somos incapaces de asumir los retos o que nuestra madre es un ogro insuperable? No. Más vale ni fijarse en esas cosas, que hacen daño y lo mismo se contagian: ¡alegría!

De ahí lo de salir corriendo, descabezados, cada vez que nos arrancan el corazón. Por eso es crucial ser el primero que se pasea del brazo de alguien –aunque sea del cartón de Gasol que hemos mangado en el Banco Popular-, de ahí esa necesidad compulsiva de trufar las redes con nuestros muchos éxitos o el lanzarse sin flotador a los Meetic de la vida.

Y tenemos la ingenuidad de creer que se va a arreglar, que podremos hacer un apaño.

Claro.

Seguro que se obra un milagro de la física y todo lo demás, el paquete con todo lo malo y lo bueno, todos los guiños, todos los detalles, todas las risas, va a poder hacer contrapeso con el muñeco de cartón. O con el otro platillo de la balanza, ese en el que se lee: ‘Joshua –aquí foto de Joshua ortopédicamente feliz, escondiendo las gotas del Escitaloprán- busca chica de 25 a 35 años con la que hablar frente a la chimenea en las largas noches de invierno. Que se ría con sus chistes malos (como hacía Yenny, esa R.P. I., ahora R.I.P), y que nunca (pero nunca) lo compare con Justin Timberlake, esa pedazo de maricona insufrible. Absténganse Sagitarias’.

Pues no. Lo siento. La física es la física. No hay manera de equilibrar esos platillos: la historia con Yenni, o con Joshua, por muy petardos que fueran, tiene una densidad más que notable. No hay manera de que flote. No hay forma de hacer que salga volando.

Y es tentador, ¿eh? Coger un atajo, fingir que el dolor no existe.

Pero existe y es necesario. El dolor señala, de manera demencial muchas veces, que algo va mal. De hecho, quienes padecen de analgesia –enfermedad real que incapacita para sentir dolor físico- suelen morir muy jóvenes, y no porque los amen los dioses: su cuerpo no puede dar la señal de alarma ante algo que altera el orden establecido. Y, sin esta alarma, sin dolor, no hay manera de poner remedio a lo que ha originado el desastre.

Ken también pensaba que era fantástico ser de plástico. Hasta que salió del armario y, tras un doloroso proceso de aceptación e insufrible divorcio, se lió con el jardinero y ahora es feliz, dando clases de surf y haciendo centros de ikebana en Hawai.

Por no hablar de Barbie.

Ojalá todos pudiéramos aprender de ellos.

A %d blogueros les gusta esto: