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Las cosas que saltan en lo oscuro

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He comentado en alguna ocasión que desde tiempo me ha parecido muy sospechoso  el hecho de que un tipo al que no conocemos (de hecho, al que nadie conoce) se dedique a entrar en nuestras casas cumpliendo todos los agravantes de premeditación, nocturnidad y alevosía. De hecho, que se zampe los aperitivos que le dejamos es pecata minuta; perfectamente podía degollarnos, y nos estaría bien empleado, por incautos.

Mi nariz de arpía antropológicamente curiosa se arrugaba escéptica ante la escena. ¿Qué sentido tiene, o tendría en el inicio de los tiempos, una figura benéfica y propiciatoria en lo más crudo del crudo invierno, cuando todo se traduce a horror e infierno helado? ¿Desde cuándo las divinidades (ya sea descafeinadas; geniecillos, espíritus) se han dedicado a otorgar prebendas graciosamente, porque sí, porque nos gusta tu actitud L´Oreal, pequeña, en mitad de un entorno hostil? Cuando algo nos asusta, cuando nos sentimos vulnerables ante el medio o lo imprevisto, ante los hados, a los hados se les suplica. “Por favor, destino joputa, deja de joderme”. Esa es la plegaria random, eterna, clásica, a la que el pequeño simio tembloroso añadía, estacionalmente: “Y a ver si te estiras y, al menos, haces que este invierno no suponga el comienzo de otra puñetera Edad de Hielo. Besis. Amén’.

Y, aunque muy desencaminada no andaba, la enjundia de las figuras mitológicas en torno al solsticio de invierno hace que mi imaginación y la de cualquiera de quede corta.  Y el concepto de sincretismo, también. Por ejemplo, cuando uno rasca un poquillo en la bonachona figura de Papá Noel, descubre que la tradición del hombre barbudo  que deja regalos en Nochebuena hunde sus raíces en la figura del Ded Moroz ruso (el padre invierno), el Señor del Bosque de la tradición europea y en la iconografía del mismo Odín, que recorría el cielo en su carro tirado por carneros. De hecho, el nombre de Joulupukki (el Papá Noel finlandés, el Papa Noel de pata negra) viene a significar, precisamente, la cabra de Yule (fiestas del solsticio de invierno). Esa remembranza de la cabra como símbolo estacional sigue muy presente, como cualquiera sabe gracias a Ikea, en la tradición escandinava, en forma de esas cabritas de paja que anuncian buena suerte.

Y el símbolo de la cabra no es baladí. Existe una figura solsticial, más oscura y tremenda, popular en Centroeuropa, que adquiere la iconografía propia de un demonio medieval: el krampus se encarga de llevarse en su saco a los niños que se han portado mal. Es el acompañante de San Nicolás -el Santa Claus primigenio, aún presente con su casulla y báculo de obispo en muchos países-, y su antagonista. En los Países Bajos, el krampus fue sustituido durante las guerras de religión por la figura de Pedro el Negro (muy políticamente correcto todo) que, efectivamente, seguía secuestrando a los niños malvados, arrastrándolos hasta España (todo sigue siendo muy políticamente correcto), el infierno papista de la época.

El krampus hará, yo se lo aseguro, que se reconcilien con las imágenes pastelosas de la Navidad:

 

 

Y, como contrapunto a lo terrible que acecha en los oscuro, estaban las figuras de luz del invierno en el folklore nórdico (al fin y al cabo, se celebra al sol naciente). Unas figuras que tenían, además, carcasa femenina. La diosa Berchta lucía una corona de fuego. Hertha, patrona del hogar y del fuego doméstico, entraba en las casas a través del humo y proporcionaba visiones proféticas. Holde y Hertha surcaban los cielos con su comitiva. No siempre eran simpáticas: la costumbre aconsejaba dejar un poco de comida para Berchta y, si no se cumplía la tradición, la diosa abriría los estómagos de los habitantes de la casa para zamparse su contenido. Muchas de sus atribuciones las han recuperado figuras actuales: el mismo Papá Noel, que baja por las chimeneas; la corona de velas de la nívea Santa Lucía escandinava o el dejar unas galletitas como gesto amable -sin saber que, si no es así, el imprevisible espíritu de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras,  nos abrirá en canal-.

Está claro, en fin, que en algún rincón de su cerebro de simio asustado, el hombre intuye que algo baja de los cielos, de las montañas, de lo alto (out of the blue) justo en el momento en el que la rueda gira, en el que el sol y el tiempo saltan, en el que cruzamos el umbral. Olfateamos el aire nuevo y nos preguntamos  qué traerá el año a estrenar, la nueva rueda. Con qué nos regalarán los próximos meses, qué nos arrebatará a cambio. Cómo saldremos de la cuenta.

Y dejamos unas galletitas en un plato esperando distraer a la bestia. A la hambrienta Berchta, al viejo Krampus.

Si no os invitan al baile…

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Dispónganse a llorar

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Hay un sadismo refinado en eso de: “Este año, además de hacer que se gasten la pasta, vamos a hacer que se saquen la cartera enjugándose los mocos de pura emoción y diciendo: ‘Gracias, peña, gracias por hacerme comprar como si no hubiera un mañana. ¡Os lo merecéis! ¡Tomad mi dinero!”.

Aquí os los dejo, pues. El pódium de los emotivos anuncios de Navidad de este año. Escojan y lloren.

Sainsburý´s (dándolo todo):

John Lewis, a la línea de flotación:

Y por último, nuestro anuncio de la Lotería:

Ea. A gastar gustosos.

La mejor campaña comercial de la historia

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thetwofairies

Una de las señales sobre el pavimiento de Londres

No era muy difícil saber -siendo las fechas que son, vos quien sois- qué podía haber detrás de ello. Bajo el muy moñil pseudónimo de @thetwofairies, aparecía en Twitter una cuenta inglesa que se dedicaba a agasajar a la gente de mil maneras (regalos, encuentros, fiestas sorpresa, bonos de spa…) No era muy difícil, como digo, averiguar qué había detrás: unos grandes almacenes estaban echando el resto (Amazon, Ebay, Avoca, Liberty´s…) o un reciente ganador de la Lotería acababa de perder la cabeza.
Todo ello (los ripios, el juego anónimo, los guiñitos por Londres…) harían de la idea una campaña original, molona, inolvidable, incluso. Pero lo que la convierte en la mejor campaña de la historia es haber incluido en su desarrollo cosas como esta: regalar nieve a los niños de una escuela de Cornualles. Miren el vídeo justo antes de que la feliz tropa llegara y digan si parece o no mágico.

Y aquí, con la tropa:

El responsble de todo esto no era otro que M&S. Bless him. Si semejante campaña le supone cacahuetes comparado con la inversión, la caja navideña que hagan tiene que ser un delirio. Sí, de acuerdo, aquí nadie da nada por nada. Pero ya saben: si es lo que toca, por lo menos un besito. Un mimo. Un ‘yo también te quiero, cari’. Un poco de gasolina. Y si es así, lo que quieras, M&S. Pide por esa boca, moreno mío.

Fuerza pa la semana (Bossa Nova, Shivaree)

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Pichacortismo (II): Nacionalismos

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Una vez dominado el código Matrix del pichacortismo, es muy fácil ver que su condición no sólo es extensiva sino que puede ser un fenómeno colectivo y nacional. Por ejemplo, la febril titulitis en la que nos hemos rebozado por estos lares durante décadas (¿Mi niño electricista? No, nunca: porque es la pichita de oro bañada en platino, ya sabemos, y si se limita a pelar cables se cometerá tal sinsentido que implosionará el universo).

En pocas ocasiones resulta más obvia y triste esa cualidad colectiva del pichacortismo como en los nacionalismos de distinto pelaje. Opino -no: el sentido común y yo opinamos, qué cuerno- que los nacionalismos son reduccionismos. Jibarizaciones mitológicas al aliento de manifestaciones culturales diversas -expresiones artísticas, lengua- o de adaptaciones al medio -arquitectura, gastronomía-. Todas esas llamadas “diferenciaciones” pueden tener, en ocasiones, indudable valor como ejemplos del ingenio y la delicadeza humana. En otras ocasiones, merecerían su extinción de la faz de la tierra (pienso en Tordesillas como ejemplo infame. Pero tampoco le veo mucha gracia a hacer que un niño retrepe a una altura de tres pisos).

Todo los nacionalismos son reaccionarios -la izquierda, en su raíz y definición, es universalista-. Todos obedecen a los mismos engranajes y todos esconden un caballo de Troya peligrosísimo en forma del desprecio al otro. Si el carácter de los nuestros se basa en la excelencia, la excelencia de los demás será vista, cuanto menos, con sospecha -bienvenido, fascismo-. Y, si esos demás son los vecinos (con los que, históricamente, nos hemos llevado a hostias: es lo que tienen los tribalismos), encima son los enemigos ancestrales y sin discusión.

Esos resortes comunes a todo nacionalismo son de invención bastante reciente en términos históricos (van de la mano del primer romanticismo, que unió con habilidad su gusto por la exaltación y el transcendentalismo con la necesidad de sus autores de congraciarse con las burguesías -dinerito-). Así, cualquier ínfula nacionalista que se precie presentará un origen mítico-fantástico del pueblo-tierra-nación. En general, además, ese pueblo-tierra-nación vivía en una espacie de Arcadia feliz (pongo ejemplos cercanos: Tartessos y las leyes en oro de Argantonio, los guanches “atlantes”, los misteriosos servidores iberos de la Dama de Elche, las ensoñadoras hobbiton de toda la franja cantábrica, el mismo Al Andalus… ), con gentes -como señala Antonio Muñoz Molina hablando del “café para todos” en Todo lo que era sólido- de carácter afable, integrador y pacífico, pero fieros defensores de su estilo de vida cuando se veía amenazado. Esa Edad de Oro (trufada con leyendas y símbolos, la mayoría incorporados) se vio casi relegada a la extinción por algún invasor pretérito o más o menos actual: el enemigo. Porque (volvemos a los tintes fascistas) es obligatorio un enemigo (idiota, inferior, mezquino, abusón, cruel y/o vago) que dé cohesión al movimiento. Los chimpancés descarnados que somos únicamente funcionamos con cohesión sin fisuras ante un enemigo común. Se agita todo esto con el conveniente sentimentalismo y/o sentido victimista y ya está el trabajo hecho para las distintas oligarquías del terruño, que son las interesadas en desvincularse de cualquier poder ajeno y repartirse más convenientemente el pastel propio. Actitud que incluso entendería si no llevara implícito el desprecio al otro, al de más allá, que comentábamos. Es sorprendente que haya gente formada, con mundología y criterio en tantas otras cosas que asuma ruedas de molino tan desmesuradas. Pero claro. Entramos en el territorio de lo mítico-irracional. En los Reyes Magos. En la Divina Concepción. En el Ratoncito Pérez. En el Hombre del Espacio.

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Urkabustaiz en los viejos buenos tiempos.

Todo encaja como el mecanismo de un reloj en los nacionalismos. Y todo entronca con la gran fuerza motriz del pichacortismo que es: la sublimación propia y la invalidación del otro. Un mensaje que aquí se repitió primero a la hora de crear la España moderna, a principios del XIX, y que llegó al delirio más lamentable durante el Franquismo, pero que se ha ido repitiendo hasta la saciedad después, con el corte de las distintas autonomías, en libros de texto, medios de comunicación e imaginería. Y se ha subrayado con fuerza, pues de él dependían no pocas justificaciones.

Javier López Facal en Breve Historia cultural de los nacionalismos europeos desmonta varios de estos símbolos-mitos-creencias que tenemos grabados a fuego. Por ejemplo:

“El kilt escocés fue un invento de 1727, obra de un empresario siderúrgico de Lancashire que necesitaba carbón de madera y contrató a un clan de las Highlands para la talla de árboles. Ante la inapropiada vestimenta de aquellos rústicos trabajadores, el empresario inglés hizo venir a un sastre militar y le encargó cómo sustituto a aquellas mantas mal atadas a la cintura una falda que no entorpeciese sus movimientos”.

“Los trajes de flamenca, de gitana o de faralaes empezaron a ser llevados por payas sevillanas muy a finales del XIX y son de rigor para asistir a la Feria de Sevilla sólo desde 1929, año en el que se celebraron la Exposición Universal Barcelona y la Iberoamericana de Sevilla”.

Es mucho más bonito, por supuesto, creer que cada clan MacMardigan llevaba faldas de cuadritos desde prácticamente la época de los pictos o que Washington Irving recorría Ronda disfrutando de su condición de macho extraño entre muchachas con claveles en la oreja y faldas de volantes. Hay otras creencias, desde luego, más torticeras: por ejemplo, 1714 y la guerra de Sucesión Española como un enfrentamiento en el que Cataluña defendía sus libertades y personalidad frente a un pantagruélico Estado español. Recuerda este hecho básico Javiér López Facal:

“No fue una guerra entre España y Cataluña, sino una guerra entre dos bloques europeos, los Habsburgo y Francia”.

A resultas de la contienda, los Reinos de Aragón y Valencia perdieron sus fueros (por austracistas), mientras que Navarra y las provincias vascas los mantuvieron por su apoyo a la causa borbónica. No es personal, son negocios.

Que Cataluña fuera conquistada e incorporada a España no tiene sentido porque el concepto unitario de España comenzaría un siglo después, con la Guerra de Independencia y los efluvios de la Constitución de 1812. Nuevamente gracias a López Facal, pongo esta chirriante cancioncilla como ejemplo ilustrativo: uno venía de Cataluña de servir al rey. No a un Estado.

Pero, como digo, nada tiene sentido cuando uno se enfrenta al acervo mítico-irracional que le han dado de mamar desde la infancia y que ha remachado, una y otra vez, “somosespecialessomosespecialessomosespecialessomosespeciales”. Axioma que -al contrario de lo que digan los libros de autoayuda- no es demasiado sano a nivel individual y que, a nivel colectivo, ha conducido siempre al desastre absoluto.

Por supuesto, hay ocasiones en las que uno se topa con una evidencia tan demencial que comienza a mirar con angustia su especialísima picha platino, no vaya a ser de imitación. No es fácil, por ejemplo, vivir en la convicción de que no hay nada como la madre patria de Goethe y Bruniquilda (“Arise, arise…“)  o los verdes pastos de Upon-down-Avonshire y toparse con una Nefer Nefer a medio terminar que te hace llorar de purísimo síndrome de Stendhal. O con los mármoles de la Acrópolis. O con la increíble puerta de Ishtar. ¿Qué sensación debió ser, eh? A medio camino entre el puchero, la fascinación y el gatillazo. Hay evidencias tan sobrecogedoras e innegables de que, pichita mía, tú la tienes al menos como todo el mundo, y estamos siendo generosos, que el orgullo pichacortista sólo empuja a una salida: me lo llevo. ¿Por qué? Porque yo lo valgo. Por mi picha platino. Por mí, primero, y por todos mis compañeros. Y por eso, lo pillo, lo desmonto y lo monto. Justo ahí, sí, en los verdes prados de Upon-down-Avonshire o en la madre patria de Goethe.

A nivel civilización, es lo más parecido que uno puede encontrar a ponerse un consolador con arnés.

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Petarda en la puerta de Ishtar, en el Museo de Pérgamo de Berlín.

Tes quiero, cari

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Es inevitable, y recurrente, hacer comparaciones entre la deriva de los procesos independentistas de Escocia y Cataluña y la escaleta de una relación de pareja que se rompe. Pero es sorprendente lo calcado que viene resultando en los últimos días, en la previa del referéndum escocés. Y eso que, en un principio -sobre todo, comparado con el ejemplo España-Cataluña-, la actitud del gobierno británico era de nota. ‘Por supuesto que podéis hacer una consulta independentista’, fue lo primero que dijo David Cameron -lo que viene a ser el equivalente a ‘Por supuesto que puedes darte un tiempo para pensar, cari’-. Bien es verdad que lo segundo que dijo fue, aproximadamente: ‘Despídete de la libra’; y lo tercero: ‘Esos astilleros que tenéis en el díscolo Glasgow, por ejemplo, que se vayan despidiendo también de los buques de la Bristish Navy‘.

Aun así, era un postura mil veces más dialogante que la que se da por estos lares. Gráficamente, y nivel pareja, la situación entre los arrebatos de independencia de Cataluña y el empecinamiento del Gobierno español podría resumirse en: hay una parte de la pareja que parece sentirse, más o menos legítimamente, dolida, agraviada. En consecuencia, ese miembro de la pareja saca varias tarjetas amarillas en forma de pollos llorosos, sulfurados, tal vez histéricos. Lo mismo hubiera sido buena idea, en pro de la paz común, realizar algún gesto para calmar los ánimos -un tipo de gesto que probablemente se debiera haber dado hace tiempo, y que incluso no tendría ni porqué haber sido económico (aunque ese sea, en realidad, el meollo del asunto). Por ejemplo, si tanto amamos a nuestras autonomías históricas y hechos diferenciales y ya tal, ¿por qué no existe la posibilidad de escoger una lengua estatal, además del castellano a estudiar en la escuela pública?-. En el escenario doméstico Cataluña-España, mientras una de las partes llevaba tiempo amenazando con hacer las maletas, la otra parte apenas hacía más que resoplar y levantar la mirada, cansinamente, por encima de las páginas del suplemento dominical de turno. Daba igual que la parte agraviada llorara, gritara, diera la espalda o se asomara al balcón en tetas. Lo único que ha salido del Gobierno central, más allá del mutismo, son expresiones parecidas a: ‘No dices más que tonterías’ o ‘Estás exagerando’ -y lo mismo es verdad pero, como digo, algún gesto conciliador a tiempo, o alguna discusión constructiva, más allá de la negación, habría ahorrado muchos males-.

La actitud del gobierno británico habrá podido ser mucho mejor que la nuestra, pero tampoco ha resultado modélica. Ha habido sabotaje  -‘¿Tú sabes la pensión que les va a quedar a los niños si nos separamos?’- y paternalismo: ‘Pero, ¿dónde vas a estar mejor que conmigo? ¿Adónde vas a ir tú?’.

El supuesto de la independencia de Escocia tiene cuestiones sangrantes, más allá de la Arcadia feliz, mezcla de petróleo y socialismo, que pintan sus defensores. Qué sucedería al perder el colchón de hierro de la libra es, por supuesto, una de ellas. El Banco de Escocia es de Lloyd´s (de la City). La Unión Europea no vería con buenos ojos, al menos durante un tiempo, admitir a un miembro ‘díscolo’. El petróleo del Mar del Norte no es eterno. Cuanto menos, en los comienzos, habría un escenario de incertidumbre monetaria y política que se alejaría mucho de esa imagen de promisión. A quien menos preocupa ese vertiginoso limbo es, por supuesto y como siempre, a la plutocracia de turno, que cuenta además con llevarse un buen pedazo del nuevo pastel.

Aun teniendo en cuenta todo esto, la campaña unionista Better Together se las ha arreglado para ir pifiándola con tesón admirable. De un cavernal 30%, la campaña a favor del sí cuenta por ahora (como todo el mundo sabe), con la mitad de intención de voto de la población escocesa. En parte, gracias a joyas como la siguiente:

El nerviosismo en Westminster ante lo que podría ser la desintegración real del Reino Unido ha ido alcanzando, consecuentemente, cotas dignas de un escenario de la última Oreo. Y, como ocurre en las relaciones, los momentos finales de la crisis se llenan de gestos -desde colgar la bandera de San Andrés en Downing St. a las promesas de mayor autonomía- que hubieran estado muy bien en cualquier otra época, pero que en el estado actual de cosas lo que hacen es enfurecer todavía más a la aún parte contratante. Nuevamente, en lenguaje de pareja: ‘Si tan poco te costaban estos detalles, copón, ¿por qué no los has hecho antes? Unas florecitas, un par de días juntos, un cariño, un poco de atención… ¿Ni ese pequeño esfuerzo merecía la pena?’.

Así, indignación y desesperación van subiendo a la par y aparecen las medidas delirantes, como recurrir a la madre de uno que, muy juiciosamente, argumenta:

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‘A mí dejadme de vuestras cosas, que me tenéis ya loca del coño’.

Con las maletas del que se larga en el pasillo, la antaño parte dominante se derrumba. ‘No, cari, por favor, no te vayas: tes quiero. Tes quiero mucho’ : ‘Queremos que os quedéis’, ha repetido David Cameron en sus últimos mensajes a los escoceses.  Un discurso de amor arrastrado que eclosiona en esta joya definitiva recogida por la BBC: ‘Podréis haber escuchado un montón de razones que yo llamo ‘razones de la cabeza’, en torno a si Escocia será mejor, más próspera, más segura, dentro o fuera del Reino Unido -declara-. Pero creo que también es importante atender a las razones del corazón: hay que pensar cuidadosamente en cómo nos sentimos respecto a este país (…) Yo, de hecho, me preocupo mucho más por mi país, este extraordinario Reino Unido que hemos construidos entre todos, de lo que me preocupo por mi partido. Por eso me rompería el corazón que esta familia de naciones se separa’,

Y ahí está Escocia, justo en el umbral de la puerta.

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