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La economista camuflada en La Viña

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Tome el observador curioso un camino, sea cual sea, y verá que este conduce directo no a Roma, sino al implacable ámbito de los economistas camuflados. En este caso, la economista camuflada que subscribe escogió como objeto de estudio el apasionante camino que va de su casa al trabajo. O del que era camino del trabajo a su casa, más bien. Ha de decir la que subscribe que su barrio tenía (tiene: la economista camuflada se ha mudado) una serie de peculiaridades que lo hacían único. Se vende como barrio lleno de tipismo y color -y lo es, vive Dios-. Al mismo tiempo, ostenta una naturaleza de  barrio popular, que traducido resulta: no poco paro, no poca infravivienda, no poca picaresca. Vivir en el barrio (uno parece de Queens con esta frase) da, además, un plus de autenticidad. “Sigo viviendo donde he vivido siempre”, insistía al llegar al Ayuntamiento el alcalde de la ciudad, como sello de coherencia, compromiso con “la gente” y fidelidad a sus orígenes.
Hablamos, en fin, de un barrio muy barrio.
Cualquiera que recorra los cien metros de una de sus principales calles podrá contar: dos o tres locales cerrados; tres sucursales bancarias; una autoescuela en la que también se puede sacar el título de manipulador de alimentos; una mercería; una pastelería; una tienda de suelos y revestimientos; dos quioscos (¡milagro!), un cash&carry, una enorme farmacia y una pequeña frutería. No es un detalle nimio, este último, pues no es el único negocio del tipo en los alrededores: en el sector de la alimentación, las fruterías son el negocio minorista que menos riesgo supone. La licencia de apertura no es alta, la infraestructura es más sencilla que en pescaderías o carnicerías y >el margen de ganancias puede ser mayor.
Junto a las fruterías , otro negocio compite con banderitas sobre el mapa: el de las peluquerías. Tres en la misma calle, otro local un poco más adelante. Una de ellas, academia de corte con precios imbatibles -“¡Los martes, con el color, corte gratis!”-. ¿Qué es de un cani -se dice la economista malévola, no sin atizarse con el flagelo de la corrección política tras haber leído Chavs– sin su peluquería? A los despachos de trasquile les acompaña, cual flor exótica, un centro de tatuajes -¿qué es de un cani sin sus tattoos?-.

barbershop

Interior de la barbershop de Manolo Román en La Viña, choriceada de su Facebook.

Tan asentado está el ramo que incluso ha evolucionado sumergiéndose en las aguas de lo moderno en forma de hipsterismo. Una de las peluquerías es ahora de esas peluquerías de mostacho, donde pelan a los chicos como a los actores de Peaky Blinders y les ponen la loción del abuelo.
No se ven, sin embargo, tiendas “delicadas” -¿dónde te has creído que estás, economista? ¿En Sant Gervasi?-. Ni tiendas de ropa con o sin mimo, ni zapaterías con o sin mimo, ni tiendas de decoración con o sin inspiración sueca. Un par de veinte duros del moro -con pinta de sobrevivir al Armageddon- ponen el parche a desavíos varios.
NIngún barrio podría entrar en el club de barrios típicos y llenos de colorido sin su ristra de lugares para beber y comer. De modo que, en efecto, bares y restaurantes conforman uno de los gruesos de los negocios abiertos. Cinco bares, dos de ellos restaurantes, y una hamburguesería. A estos se suman un par de restaurantes más con veladores en una bocacalle -¿qué es de un barrio típico sin sus mesas típicas?-, un freidor y otro local de comida rápida algo más adelante. Todo esto, sin contar con un mítico asador de pollos que resiste justo al lado de la que era casa de la economista -y que luce junto a la puerta un cartel con absolutamente todos los productos susceptibles de causar alergia en más allá de su mostrador: que son todos-. Las cartas de los restaurantes apuestan por el pescado -y bien que hacen- y, haciendo honor al mito, por la fritura. Digamos que las opciones de zampa y deglución en el barrio de la economista camuflada son, sin duda, sustanciosas, a la par que un alarde calórico y un himno a todos los colesteroles del mundo.
Pero la gran estrella del camino de la economista camuflada son los desavíos actualizados. La versión gaditana de los perípteros griegos. Los desavíos tradicionales eran tiendecillas, a menudo complemento de la barra de un bar y/o viceversa, atendidos por chicucos de afamada entrega al negocio. Aunque haberlos haylos, con más o menos pátina, el negocio tradicional de los montañeses ha evolucionado -o involucionado, más bien- hasta su modelo actual. Mucho más apocalíptico que integrado, desde luego, mucho más cercano al garito en el que el agente Deckard podría comprar el tabaco y los fideos que al almacén en el que José Luis Garci compraría galletas Napolitanas. En el pináculo de toda esa especialización del negocio están las Barracas Multifunción -tiendas de chucherías evolucionadas-, como la que existe en la esquina de la antigua calle de nuestra economista. Aunque en este caso, no era de la franquicia Barraca sino de la franquicia DonPis (1) y (2).

 
(1) No pregunten: vivo en un lugar a dos pasos de una mercería que se llama El Porquería.

(2) Ambas firmas vivieron en su tiempo un choque de poder digno de analizar por toda star-up que se precie, pero esa es otra historia.

 
La llamada Barraca Multifunción es, de hecho, el único negocio que se ha demostrado rentable en una realidad socioeconómica que espantaría al mismo Varoufakis. Las BM (por decir) son los merkava del pequeño comercio en lo que podría ser la franja de Gaza.Venden chucherías y frutos secos (su función originaria), pero en ellas encuentras todo lo que puedas imaginar. Embutido. Detergente. Cápsulas para café. Barras de pan. Muñequitos. Cigarrillos. Creo que si llegas preguntando por un riñón de contrabando lo pueden tener ahí, en el tanque de los congelados, envuelto en alguna bruma blanca junto a los Calippos y las empanadillas. Su día empieza en torno a las diez de la mañana, vendiendo los bocatas y las latas para institutos y colegios, y termina en torno a las once de la noche, apurando las litros, los cigarritos, el antojo de chocolate. No cierran al mediodía. La tarde de Navidad ya están abiertos y en Nochebuena echan la baraja a las ocho. Es el único tipo de negocio en el que, durante estos años, no ha dejado de haber colas. 

El éxito del formato es tal que cualquiera que lo vea posible, lo adapta a su modelo. Al inicio del trayecto a estudio, observamos la existencia del único estanco del orbe occidental que no sólo dobla como desavío -ese clásico- sino que también ofrece, a granel, judías pintas y habichuelas negras. La tienda de congelados -hemos dicho que en el barrio de la economista camuflada bailan los triglicéridos y las transaminasas tocan las palmas- dobla también como desavío extraoficial, mientras que hasta hace muy poco -cayó en combate, me temo- otra tienda de chuches y cacahuetes mantenía sus estanterías auxilio de alacenas y, lo que resulta más increíble todavía, un par de aparadores que la hacían constar como vídeoclub.
“Barraca Multifunción, ¿la star-up definitiva?”, anota la economista camuflada en su libreta pues aún conserva unos dejes de ludita y un olfato que le dice que, tras los álbumes para colorear, la letra escrita va a ser lo más.

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