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Bestialidades

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Hace unas semanas estuve haciendo un reportaje sobre maltrato animal (el artículo que lo regula, el 337 del Código Penal, cambiará a partir de este mes de julio). Para no centrarme en lo que podríamos llamar lo de siempre, pensamos que podría ser buena idea tratar la, llamemos, desafección social que vivimos hacia los animales a través de los caballos. ¿Por qué? Porque como explicaba en el texto, su cosificación es brutal. Y lo es a pesar de que debería haber un infierno especial, todos lo sabemos, para aquellos capaces de maltratar a criaturas como lobos, ciervos, guepardos, caballos: todos ellos, recuerdos constantes del mono chillón y chabacano que uno es en el fondo.

El caballo raramente es visto como animal doméstico: ha sido siempre un objeto. O una bestia de carga o u capricho de estatus. Algo, en fin, de lo que me deshago con facilidad cuando quiero. Si hay gente capaz de deshacerse del chucho que acude con cara de bobo a lamer las manos y que duerme a los pies de la cama, qué no podrán hacer con animales cosa. Eso explica, por ejemplo, que desde 2012, 200.000 hayan pasado por el matadero. Caballos, ojo: ni gatos, ni perros, ni hámsters. Esto no incluye los casos de maltrato y abandono, por supuesto, que también han ascendido de manera geométrica.

Luego hablas con el Seprona o con gente de judicatura, que te cuenta de casos genéricos de maltrato animal. Y aunque lo sepas, al verlo oficializado, en negro sobre blanco, es ahí cuando pierdes la fe en la humanidad.Es imposible no pensar que alguien que apalea a un caballo hasta dejarlo tuerto o a un perro hasta manchar de sangre las paredes, que le revienta el culo con un palo a un burrito recién nacido o que deja morir de hambre a sus animales pueda ser un ser humano competente, con una empatía funcional. Luego están los delitos vicarios: los que van al Rocío y no toman medidas al ver la cantidad de bestias despanzurradas que deja a su paso la fiesta (año, tras año, tras año) o los que observan situaciones como esta sin hacer nada.

Hay otro aspecto desolador en esta realidad y es el de la efectividad legal, disuasoria, de las penas. Ninguna supera en papel los dos años de cárcel con lo cual prácticamente nadie puede ir a prisión por lo que le haya hecho a un animal. En general, las denuncias se resuelven o con multa e inhabilitación de trabajo con animales o, en caso de declararse insolvente, conmutación de la pena por trabajo social. Ese fue el caso de los caballos de Tolox del que hablaba en la información. Otros, como en el del burrito de Lucena (una cría de asno) despanzurrrado por un bestia, el acusado salió en libertad con cargos. La cuestión es que nuestro Código no es especialmente suave, no mejor ni peor que el corpus del resto de países europeos -de hecho, a lo que tienden las leyes es a unificarse en toda Europa-. Ocurre que lo que se juzga en el resto de Europa es la desviación de un caso excepcional: aquí tenemos los récords de maltrato animal de todo el continente.

Como digo, soy incapaz de pensar que de una sociedad puedan esperarse gestos de compresión, de respeto, de sensibilidad, de conciencia, de sentido de la responsabilidad, mientras estos casos sean tan comunes que parezcan lo normal, tan comunes que se excusen.

Un comentario »

  1. Dios, me pongo mala cada vez que pienso en esto. No sé cómo se podría lograr un cambio legal.

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