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Pichacortismo (II): Nacionalismos

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Una vez dominado el código Matrix del pichacortismo, es muy fácil ver que su condición no sólo es extensiva sino que puede ser un fenómeno colectivo y nacional. Por ejemplo, la febril titulitis en la que nos hemos rebozado por estos lares durante décadas (¿Mi niño electricista? No, nunca: porque es la pichita de oro bañada en platino, ya sabemos, y si se limita a pelar cables se cometerá tal sinsentido que implosionará el universo).

En pocas ocasiones resulta más obvia y triste esa cualidad colectiva del pichacortismo como en los nacionalismos de distinto pelaje. Opino -no: el sentido común y yo opinamos, qué cuerno- que los nacionalismos son reduccionismos. Jibarizaciones mitológicas al aliento de manifestaciones culturales diversas -expresiones artísticas, lengua- o de adaptaciones al medio -arquitectura, gastronomía-. Todas esas llamadas “diferenciaciones” pueden tener, en ocasiones, indudable valor como ejemplos del ingenio y la delicadeza humana. En otras ocasiones, merecerían su extinción de la faz de la tierra (pienso en Tordesillas como ejemplo infame. Pero tampoco le veo mucha gracia a hacer que un niño retrepe a una altura de tres pisos).

Todo los nacionalismos son reaccionarios -la izquierda, en su raíz y definición, es universalista-. Todos obedecen a los mismos engranajes y todos esconden un caballo de Troya peligrosísimo en forma del desprecio al otro. Si el carácter de los nuestros se basa en la excelencia, la excelencia de los demás será vista, cuanto menos, con sospecha -bienvenido, fascismo-. Y, si esos demás son los vecinos (con los que, históricamente, nos hemos llevado a hostias: es lo que tienen los tribalismos), encima son los enemigos ancestrales y sin discusión.

Esos resortes comunes a todo nacionalismo son de invención bastante reciente en términos históricos (van de la mano del primer romanticismo, que unió con habilidad su gusto por la exaltación y el transcendentalismo con la necesidad de sus autores de congraciarse con las burguesías -dinerito-). Así, cualquier ínfula nacionalista que se precie presentará un origen mítico-fantástico del pueblo-tierra-nación. En general, además, ese pueblo-tierra-nación vivía en una espacie de Arcadia feliz (pongo ejemplos cercanos: Tartessos y las leyes en oro de Argantonio, los guanches “atlantes”, los misteriosos servidores iberos de la Dama de Elche, las ensoñadoras hobbiton de toda la franja cantábrica, el mismo Al Andalus… ), con gentes -como señala Antonio Muñoz Molina hablando del “café para todos” en Todo lo que era sólido- de carácter afable, integrador y pacífico, pero fieros defensores de su estilo de vida cuando se veía amenazado. Esa Edad de Oro (trufada con leyendas y símbolos, la mayoría incorporados) se vio casi relegada a la extinción por algún invasor pretérito o más o menos actual: el enemigo. Porque (volvemos a los tintes fascistas) es obligatorio un enemigo (idiota, inferior, mezquino, abusón, cruel y/o vago) que dé cohesión al movimiento. Los chimpancés descarnados que somos únicamente funcionamos con cohesión sin fisuras ante un enemigo común. Se agita todo esto con el conveniente sentimentalismo y/o sentido victimista y ya está el trabajo hecho para las distintas oligarquías del terruño, que son las interesadas en desvincularse de cualquier poder ajeno y repartirse más convenientemente el pastel propio. Actitud que incluso entendería si no llevara implícito el desprecio al otro, al de más allá, que comentábamos. Es sorprendente que haya gente formada, con mundología y criterio en tantas otras cosas que asuma ruedas de molino tan desmesuradas. Pero claro. Entramos en el territorio de lo mítico-irracional. En los Reyes Magos. En la Divina Concepción. En el Ratoncito Pérez. En el Hombre del Espacio.

hobbiton

Urkabustaiz en los viejos buenos tiempos.

Todo encaja como el mecanismo de un reloj en los nacionalismos. Y todo entronca con la gran fuerza motriz del pichacortismo que es: la sublimación propia y la invalidación del otro. Un mensaje que aquí se repitió primero a la hora de crear la España moderna, a principios del XIX, y que llegó al delirio más lamentable durante el Franquismo, pero que se ha ido repitiendo hasta la saciedad después, con el corte de las distintas autonomías, en libros de texto, medios de comunicación e imaginería. Y se ha subrayado con fuerza, pues de él dependían no pocas justificaciones.

Javier López Facal en Breve Historia cultural de los nacionalismos europeos desmonta varios de estos símbolos-mitos-creencias que tenemos grabados a fuego. Por ejemplo:

“El kilt escocés fue un invento de 1727, obra de un empresario siderúrgico de Lancashire que necesitaba carbón de madera y contrató a un clan de las Highlands para la talla de árboles. Ante la inapropiada vestimenta de aquellos rústicos trabajadores, el empresario inglés hizo venir a un sastre militar y le encargó cómo sustituto a aquellas mantas mal atadas a la cintura una falda que no entorpeciese sus movimientos”.

“Los trajes de flamenca, de gitana o de faralaes empezaron a ser llevados por payas sevillanas muy a finales del XIX y son de rigor para asistir a la Feria de Sevilla sólo desde 1929, año en el que se celebraron la Exposición Universal Barcelona y la Iberoamericana de Sevilla”.

Es mucho más bonito, por supuesto, creer que cada clan MacMardigan llevaba faldas de cuadritos desde prácticamente la época de los pictos o que Washington Irving recorría Ronda disfrutando de su condición de macho extraño entre muchachas con claveles en la oreja y faldas de volantes. Hay otras creencias, desde luego, más torticeras: por ejemplo, 1714 y la guerra de Sucesión Española como un enfrentamiento en el que Cataluña defendía sus libertades y personalidad frente a un pantagruélico Estado español. Recuerda este hecho básico Javiér López Facal:

“No fue una guerra entre España y Cataluña, sino una guerra entre dos bloques europeos, los Habsburgo y Francia”.

A resultas de la contienda, los Reinos de Aragón y Valencia perdieron sus fueros (por austracistas), mientras que Navarra y las provincias vascas los mantuvieron por su apoyo a la causa borbónica. No es personal, son negocios.

Que Cataluña fuera conquistada e incorporada a España no tiene sentido porque el concepto unitario de España comenzaría un siglo después, con la Guerra de Independencia y los efluvios de la Constitución de 1812. Nuevamente gracias a López Facal, pongo esta chirriante cancioncilla como ejemplo ilustrativo: uno venía de Cataluña de servir al rey. No a un Estado.

Pero, como digo, nada tiene sentido cuando uno se enfrenta al acervo mítico-irracional que le han dado de mamar desde la infancia y que ha remachado, una y otra vez, “somosespecialessomosespecialessomosespecialessomosespeciales”. Axioma que -al contrario de lo que digan los libros de autoayuda- no es demasiado sano a nivel individual y que, a nivel colectivo, ha conducido siempre al desastre absoluto.

Por supuesto, hay ocasiones en las que uno se topa con una evidencia tan demencial que comienza a mirar con angustia su especialísima picha platino, no vaya a ser de imitación. No es fácil, por ejemplo, vivir en la convicción de que no hay nada como la madre patria de Goethe y Bruniquilda (“Arise, arise…“)  o los verdes pastos de Upon-down-Avonshire y toparse con una Nefer Nefer a medio terminar que te hace llorar de purísimo síndrome de Stendhal. O con los mármoles de la Acrópolis. O con la increíble puerta de Ishtar. ¿Qué sensación debió ser, eh? A medio camino entre el puchero, la fascinación y el gatillazo. Hay evidencias tan sobrecogedoras e innegables de que, pichita mía, tú la tienes al menos como todo el mundo, y estamos siendo generosos, que el orgullo pichacortista sólo empuja a una salida: me lo llevo. ¿Por qué? Porque yo lo valgo. Por mi picha platino. Por mí, primero, y por todos mis compañeros. Y por eso, lo pillo, lo desmonto y lo monto. Justo ahí, sí, en los verdes prados de Upon-down-Avonshire o en la madre patria de Goethe.

A nivel civilización, es lo más parecido que uno puede encontrar a ponerse un consolador con arnés.

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Petarda en la puerta de Ishtar, en el Museo de Pérgamo de Berlín.

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  1. Disfruto leyendo estas cosas. En el trabajo, además. A Don Luis de Guindos que va a ir Usted, que es la culpable. No, yo no he hecho nada. Ha sido Usted.

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  2. España toda webea con vicio en el trabajo. España toda tiene un ejército de sillas calientes🙂

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