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Pichacortismo (I): Código Matrix elemental

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(Me duelen los ojitos de escribir pero, ¡y mi salud mental! Como me ponga, escribo una tesis. La próxima entrega, en una semana)

Hay algunas -pocas- mentes que merecen por sí mismas un lugar privilegiado en la historia de la calamidad.

midgley

Thomas MIdgley

Por ejemplo, el Papa Juan XXII, que se vio inspirado para equiparar, allá por el siglo XIV; las llamadas prácticas de brujería con la herejía, acercando así un poquito más los infiernos a la tierra durante los siguientes siglos. El funcionario al que se le ocurrió aplicar el sistema de producción industrial al exterminio humano durante la Alemania nazi merece también un lugar de honor en el pódium de la ignominia. Por no hablar, por ejemplo, de humildes pero letales presencias, como la de Thomas Midgley: Midgley fue el primero que pensó en añadir tetraetilo de plomo a la gasolina mientras trabajaba para la General Motors (causando no pocas intoxicaciones en la firma y no poco daño, en general, a la atmósfera). No contento con eso, inventò el gas freón, aplicándolo a refrigeradores, aerosoles y equipos de aire acondicionado: ¿recuerdan ustedes lo de la capa de ozono y los CFC? Pues sí. También se lo debemos a este caballero con pinta de anodino.

Pero ninguno de ellos, ninguna de estas tres pristinas mentes, tuvo un efecto tan terminal en la historia humana como el tipo aquel que, un día, en el albor de los tiempos y meando al lado de otro, se le ocurrió mirar de reojo a su compañero y le susurró, con expresión de extrañeza: “La tuya es muy pequeña, ¿no?”.

Ahí, justo en ese preciso instante, queridos chimpancés mutantes, la jodimos. No hubo vuelta atrás: a partir de esa frase surgieron, como de la caja de Pandora, todos los males conocidos por mano humana. Incluidos la brujería como anatema, el diligente funcionario nazi y el mejor químico de su clase.

(Por supuesto, el término pichacortismo puede ser apllicado tanto a hombres como a mujeres, ya que habla de cómo afectan a las estructuras de poder los diversos complejos de inferioridad, sublimados o no)

Una vez uno se hace con la clave del pichacortismo es como hacerse con el código Matrix: se desencripta el mundo. Esa actitud de: “La mía es más grande y mejor/yo soy más grande y mejor” la podemos ver en acción de continuo, allá donde esté presente o en juego algún tipo de cota de poder. Desde lo más típico y evidente -he de tener un mejor coche/telefóno/casa/puesto/móvil/mujer/traje que el que tiene el pringado de al lado, o los he de ir a este restaurante/ club de pádel/destino de vacaciones, que es donde van todos los demás alfas; a las tensiones propias de escenarios dominio: han de reconocerme/ascenderme en el trabajo porque soy el picha platino de aquí, he de ser admirado por mi obra (he de humedecer bragas con mi obra) o el clásico “yo he sido, soy y he de seguir siendo, hasta el final de los tiempos, el rajá de las rajitas”..

“¿Qué pasa? ¿Acaso no soy la mejor pichita del mundo? -ese es el quebranto habitual en los momentos decisivos-. ¡MI MAMÄ ME LO DECÏA!”

O algo así.

Y en efecto, y esa otra de las patas de la cuestión, su mamá se lo decía.

Echen un vistazo a este interesante gráfico:

alargamientopene

Ahí la tienen, la radiografía literal del pichacortismo.

Ante el, digamos, delirio colectivo que parecen estar viviendo los alemanes respecto a las operaciones de alargamiento de pene uno no puede evitar pensar un par de cosas. Primero, que el pichacortimo puede ser colectivo y nacional. Segundo, que así se explican dos guerras mundiales: al fuego alentador de -como decíamos- un complejo de inferioridad sublimado. Nacionalismos y fascismos  no son, de hecho, más que grandes, comunes y vacuos ejercicios de sublimación-pichacortismo -y esta cuestión la continuaremos más adelante-.

Mas significativo aún es que los países que sigan en la gráfica sean de ámbito latino: Venezuela, España, México, Colombia, Italia y Brasil. Países en los que abunda el culto al macho y un modelo de madre fagocitadora-castradora (su mamá, en efecto, les repetía que eran las mejores pichitas del mundo), de corte edípico. La mamma italiana que tenemos todos en mente, en definitiva. 

(Y sí, sé que se ha avanzado muchísimo -¿Increible, eh? Hace medio siglo no podíamos abrir una cuenta de banco nosotras solitas, ¡y miranos! Vaya…-. Pero, a pesar de todas las conquistas, y de toda la concienciación, hay inercias aún muy presentes, puesto que estamos hablando de hábitos de siglos: desde la cosificación que implica la violencia de género hasta micromachismos como el Como una chica).

No soy especialmente freudiana, pero parece como si, antropológicamente, la sociedad hubiera vivido una perenne envidia de pene. Todo se definía ante el ser o no ser varón (con sus distintas luchas de poder en las categorías de picha de platino, oro, plata y bronce de las que estamos hablando). Ser hombre te legitimaba, te daba -literalmente- valor, voz y voto. No es extraño que los entes invisibles que conformaban toda esa masa “no válida” (mujeres) trataran de vindicarse a través de un marido, primero, y un hijo (varón), después. De ambos podía depender, en muchos casos, la supervivencia. Las abuelas de hace no tanto tiempo perdian el sentido, y todos los sabemos, por su niñito. No es, en definitiva, algo tan lejano.

(En un estudio acerca de hábitos a la hora de dar el pecho realizado entre madres italianas, el 66 por ciento de las madres lo hacía con las niñas, mientras que en el caso de los niños la cifra subía hasta el 99 por ciento. Las razones que daban las madres para no amamantar a las niñas era que perdían demasiado tiempo y que era una actividad que las esclavizaba, mientras que los niños debían “crecer fuertes”).

Los tentáculos del pichacortismo se extienden, pues, entre géneros -también como estructuras de poder a imitar-, y contribuyen no poco a los grandes clásicos del machismo. Esa relación edípica inicial está en el núcleo del desarrollo del machismo: las mismas mujeres, durante siglos -y lo que te rondaré morena- han caído en la trampa de la concepción de su género como “transmisoras de pureza” que tan bien se empapó en el Libro y en sus religiones. Durante siglos, en estos lares (en otros, es como si no hubiera pasado el tiempo), se aplicó esta norma de la sublimación de vírgenes y madres -y la defenestración de aquellas que no se adaptaran o rompieran la norma- abundando en el sentido de autocomplacencia en ellas (“Esa es una puta, no como yo, no como nosotras”) y en la rubricación del sentido de dominio (pichacortismo) en sus compañeros. Además, la obsesión con el modelo ‘blanco’ de mujer no sólo era una forma de asegurar hijos legítimos, sino que llevaba implícito un jugosísimo acuerdo de sumisión y dependencia, en un modelo social que implantó, con éxito pasmoso, lo que podríamos llamar “esclavitud de convención” (y convicción). matrixok

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  1. Ejem, sí, esto va camino de una tesis doctoral. Agarrémonos los machos.

    Responder
  2. Pues yo me apunto a leerla, la tesis.

    Aunque hay una disquisición que querría que fuera tenida en cuenta. Hay un momento en el que las mujeres tienen, en verdad – en verdad os digo, envidia del pene. Es en las ferias (quien las frecuente). Sobre todo en la cola de los urinarios.

    Responder
  3. Pingback: Pichacortismo (II): Nacionalismos | cuerdas desatadas

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