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Fiebre primaveral

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Manolo Rivas -que también debe padecer estas fiebres- decía hace años que si se pudiera ser de un club o una asociación como placebo a una doble nacionalidad, él se haría del Club Portugal.

¡Qué placer! -decía Rivas, provocando escalofríos de placer en todo el que lo leía-. Recibir de tanto en tanto un juego de toallas, o actualizar el temblor de los fados o que te manden por Navidad una cesta con café Sidal, atún en aceite, bacalao y mermelada de naranja y yemas de convento, todo coronado por una golondrina.

No se puede estar más de acuerdo. De existir, el Club Portugal tendría más miembros que portugueses. Servidora misma, no lo duden.

Cada primavera, ignoro el motivo, me entran unas ganas irreprimibles de largarme a Lisboa o a cualquier pueblecillo con luz y verde. Mientras a otros el equinoccio les arrea unas alergias que se mueren, a mí me endiña una especie de fiebre lusitana ansiosa. A veces he pensado que la Cuaresma debe gastarse ondas subliminales de bajo espectro que me despiertan un apetito insano por el bacalao -en cualquiera de sus mmm… salivantes formas- y por los -maravillosos- postres de huevo que hacen aquí nuestros vecinos, insuperables allende los globos.

Detesto como nada -como nada- la suciedad y la dejadez aparentemente románticas de Lisboa. Pero hay muchas otras cosas, dentro y fuera de Lisboa,  que asocio al picor del buen tiempo.

Me encanta la luz. Me encanta su luz.  Me encanta el café (la mejor versión de la última droga legal). Las ginjinhas. Los pastelitos de Belém (¿quién los inventó, quién fue? Maldito. Bendito. Maldito. Bendito). Los tranvías como de hojalata. Castaños y castaños. El Gulbelkian. Las leyendas de amor delirante.

Me sueño en la terraza de este B&B, viendo hacer piruetas a los vencejos en mitad de un huerto en mitad de la ciudad, en un dobladillo del barrio de Graça, con vistas de delirio.

Y entrar en tiendas como la Conserveira, o la perfumería Alceste -con su nombre y su espíritu como de viñetas de TBO-, o la sobrenatural Caza das Vellas de Loreto.

Y, sobre todo, en la magnífica A Vida Portuguesa –por Dios, entren, entren-, la más maravillosa idea para una tienda, la más maravillosa idea para una cadena de tiendas, la más maravillosa idea del mundo. A Vida Portuguesa se dedica a recopilar, como una urraca vintage, todos aquellos productos con sello específicamente y nostálgicamente portugués. Como bien diría Abundio, saudade a golpe de Visa. El símil en España sería una tienda que vendiera, sin distinciones, jabón lagarto y Pictolines, alpargatas de Castañer, cuadernos Rubio y gomas Milán nata.

En A Vida Portuguesa se pueden encontrar cosas como esta:

O como esta:

O como esta:

En fin. Suave saudade portuguesa. Y primaveral.

Mientras, y como no sé si caerá, me voy poniendo parches.

»

  1. La luz de Lisboa me cautivó hace muchos años, entre sus brumas, despeñandome por sus barrios y plazas recovecas y algunas grandes, con sol, con una fina lluvia verde, con recuerdos, con memorias de aroma de bacalo, con mucha, no, con toda la decadencia, pero con una forma de vida laxa y arribada que me permite hoy ser quien soy. Gracias Lisboa, gracias por ser como eres.

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  2. Gonzalo Buceta Bruneti

    Me ha gustado mucho tu descripción de Lisboa. Enhorabuena.

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