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Pedid, pedid, malditos

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(la inevitable azotea de hoy)

Como a pocos extrañará, de pequeña vi a los Reyes Magos. O más bien al Rey Baltasar, literalmente y en el salón de mi casa. Llevaba una capa verde y brillante y un turbante blanco. La tarea de los Reyes esa noche era doble -ponerme los regalos y quitarme el chupete, que una niña tan mayor como yo no podía seguir llevando-. Y la consecuencia de semejante aparición también fue doble: durante años, mi madre cambiaba de tema en cuanto Sus Majestades salían a relucir en las conversaciones – “¡Deja de decir que viste a Baltasar! ¿Quieres que piensen que estás loca?”- y mi fe en Lo Transcendente quedó fatalmente alterada. Aquello que te otorga algo -concluí, de manera inevitable, con mi Barbie y sin chupete, arreglá pero informal-, toma algo a cambio. Por eso, cada mañana de Reyes, mi corazón se asfixia ante el peso de Lo. T. y los papeles de regalo, pensando qué cuernos se les antojará esta vez a esos tres caprichosos cleptómanos.

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  1. No sé si es peor tenerlos como asquerosos ladrones o como criaturas idealizadas fruto del amor incondicional de los que te rodean (ahora están, ahora no están) Aghhhrrr… Sí, lo estoy llevando fatal.
    Por cierto amore, han dejado una cosita para ti🙂
    Y no es un pipo…………………………………………

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  2. (Todo tiene su precio, está claro).

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