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Lecciones de física sentimental o el espectáculo de los pollos sin cabeza

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Llevo un tiempo observando a mi alrededor un cierto patrón en los procesos de defenestración sentimental. Un patrón que termina haciéndonos parecer –a unos más que a otros-, participantes en una carrera de pollos descabezados. Ese patrón es el siguiente:

  1. La pareja se rompe.
  2. Las amigas de ella le dicen: ‘Yenni, ¡tú vales mucho!’. Los amigos de él le dicen: ‘Joshua, estás mejor solo: era la Reina Puta del Infierno’. Ambos grupos repiten, a coro: ‘Nunca nos cayó bien’.
  3. Yenny y Joshua aún están sorbiéndose los mocos cuando sus amigos les vacían en el gaznate una botella de ginebra y les dicen: ‘Ahora, fóllate al de las mallas de ciclista/a la de las botas de charol blanco, ¿a qué esperas? ¡Es una oportunidad única!’
  4. A continuación, o al mismo tiempo, Yenny y Joshua –ambos con la misma minoría de edad mental- se enfrascan en una frenética carrera en la que deben demostrar, ante sí mismos y ante el mundo, que están ‘perfectamente’. Para ello, se lían –en efecto- con la de las botas de charol, se apuntan a páginas de contactos o trufan su Facebook, su Tuenti o su whatever de numerosos testimonios dispuestos a refrendar que hay una vida nueva y el otro no está en ella.

En ese patrón, no hay ni un huequecito dedicado a pasarlo de mierda. ¿Por qué? Porque pasarlo mal es el gran tabú. Está feo. No es lo propio. Nunca. Es obsceno. El sufrimiento es, a esta época, lo que el sexo fue al siglo XIX: pura bicha.

Tomen este simple ejemplo. Uno está acodado lastimosamente en la barra de un bar. De repente, se acerca algún conocido y nos pregunta qué nos pasa. Como confesemos que estamos jodidos y nos dé por admitir, entre hipidos, que no podemos vivir sin el hijo puta del Joshua, el buen samaritano no tardará en farfullar cualquier excusa y alejarse de nosotros. Alejarse mucho, al otro extremo del local. Y si puede, pedirá un poco de sal para echársela por encima del hombro. El que está triste  –oficial y ruidosamente- es el gran apestado.

Y bueno, podemos sustituir al hijo puta del Joshua por cualquier otra cosa, da igual. Pero como realmente te estés permitiendo el lujo de estar destrozada por el hijo puta del Joshua, entonces es que pueden lapidarte sin miedo a la represalia en la plaza pública. No importa que, según todos los psicólogos del mundo, el dolor por una ruptura sea más desgarrador que el que produce una muerte cercana. No. Las penas sentimentales son una gran chorrada. ‘¡Con la que está cayendo! –suelen decirte-. ¡Cómo puedes estar así por un/a tipo/a! ¡Hay más hombres y más hombreras que botellines y muchos peces en el mar.

Así que, si estás deprimido porque has sufrido una defenestración sentimental, encima eres idiota.

Es curioso el tema de la tristeza como gran –y temible- peste. La OMS admite que en los países desarrollados la depresión alcanza a un quince por ciento de la población. Para 2020, estiman, será la segunda causa de incapacitación y muerte en la sociedad, sólo por detrás de las enfermedades cardiovasculares. Pues, para tener semejante panorama, yo veo a la gente, de promedio, bastante feliz. O, al menos, lo parece. Y sobre todo aquí: ¿cómo vamos a admitir –en el país de la hidalguía arrastrada, ese país en el que cuando te la pegas en la calle lo primero que haces es fingir que no te la has pegado-, que nos han dado en la línea de flotación? ¿Que nuestro jefe nos ha comido la moral, que nos consideramos un fracaso, que nuestra pareja nos ha dejado por imposible, que somos incapaces de asumir los retos o que nuestra madre es un ogro insuperable? No. Más vale ni fijarse en esas cosas, que hacen daño y lo mismo se contagian: ¡alegría!

De ahí lo de salir corriendo, descabezados, cada vez que nos arrancan el corazón. Por eso es crucial ser el primero que se pasea del brazo de alguien –aunque sea del cartón de Gasol que hemos mangado en el Banco Popular-, de ahí esa necesidad compulsiva de trufar las redes con nuestros muchos éxitos o el lanzarse sin flotador a los Meetic de la vida.

Y tenemos la ingenuidad de creer que se va a arreglar, que podremos hacer un apaño.

Claro.

Seguro que se obra un milagro de la física y todo lo demás, el paquete con todo lo malo y lo bueno, todos los guiños, todos los detalles, todas las risas, va a poder hacer contrapeso con el muñeco de cartón. O con el otro platillo de la balanza, ese en el que se lee: ‘Joshua –aquí foto de Joshua ortopédicamente feliz, escondiendo las gotas del Escitaloprán- busca chica de 25 a 35 años con la que hablar frente a la chimenea en las largas noches de invierno. Que se ría con sus chistes malos (como hacía Yenny, esa R.P. I., ahora R.I.P), y que nunca (pero nunca) lo compare con Justin Timberlake, esa pedazo de maricona insufrible. Absténganse Sagitarias’.

Pues no. Lo siento. La física es la física. No hay manera de equilibrar esos platillos: la historia con Yenni, o con Joshua, por muy petardos que fueran, tiene una densidad más que notable. No hay manera de que flote. No hay forma de hacer que salga volando.

Y es tentador, ¿eh? Coger un atajo, fingir que el dolor no existe.

Pero existe y es necesario. El dolor señala, de manera demencial muchas veces, que algo va mal. De hecho, quienes padecen de analgesia –enfermedad real que incapacita para sentir dolor físico- suelen morir muy jóvenes, y no porque los amen los dioses: su cuerpo no puede dar la señal de alarma ante algo que altera el orden establecido. Y, sin esta alarma, sin dolor, no hay manera de poner remedio a lo que ha originado el desastre.

Ken también pensaba que era fantástico ser de plástico. Hasta que salió del armario y, tras un doloroso proceso de aceptación e insufrible divorcio, se lió con el jardinero y ahora es feliz, dando clases de surf y haciendo centros de ikebana en Hawai.

Por no hablar de Barbie.

Ojalá todos pudiéramos aprender de ellos.

»

  1. Aprendiz de Arpía

    Impresionante🙂

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  2. Un comentario mío sobre este post, en un alarde de esquizofrenia desordenada, está en el post anterior. Típico de mí.

    En fin.

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  3. Bueno peque, supongo que cuando una es bombardeada por el huracán Darren Star es más difícil verlo y más fácil sentirse idiota por no estar hecha de plastic ni ser fantastic.
    -Oye me encontré con tu amiga el otro día, lo está pasando fatal, no?
    -No. Lo está pasando, simplemente.

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  4. Yo creo que el dolor se retroalimenta porque nadie nos prepara para ello. En esta aséptica sociedad nuestra que manda los hospitales y los tanatorios a las afueras de las ciudades para que no molesten, lo feo y desagradable, incluyendo el dolor, es como dice vuecencia tabú. Pero cuando aparece, pues la vida siempre se cobra su tributo, ¿cómo se afronta?. Antes la sociedad era más bestia, los niños morían a puñados, pero nadie se deprimía tanto, desde el comienzo estaban hechos a lo desagradable.
    También creo que eso de buscarse pareja o follar -o al menos intentarlo- compulsivamente tras un desastre sentimental es un mecanismo compensatorio. Es como cuando alguien pierde un miembro y lleva una aparente vida normal, como si no existiese el problema. Un cruce entre no aceptación de lo ocurrido y un intento de autodemostración de que no pasa nada. Como borrachos intentando disimular manteniendo el equilibrio. Sería mejor retirarse al Aventino, pero esta sociedad nuestra fomenta el ruido y no la soledad.

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    • Je, es curioso. En efecto, iba a mencionar el capítulo de tanatorios y hospitales como ejemplos de la asepsia generalizada, pero era ya irme ya a por flores y estábamos a lo que estábamos. No sé, dice el Punset que es que somos neuróticos por naturaleza, sólo que antes pues teníamos bastante con el dientes de sable y eso, y ahora, sin dientes de sable, pues necesitamos cualquier cosita a la que disfrazar con colmillos de treinta centímetros.

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  5. Por cierto, se me olvidó antes darle mi sombrerazo al post.

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