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Archivo del Autor: hermanastra

Melkart

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Cuando se menciona el nombre de Melkart, el instinto de gárgola me hace pensar en una de esas divinidades sedientas, de esas que cuentan las vasijas de cosechas y se hacen cobrar, registro a registro, sus deudas. Melkart era dios agrícola, sí, unas de esas divinidades que -como tantas- mueren y resucitan al cabo del año. Tal vez por eso seamos aficionados a quemar figurines, a carbonizar al idioto de Momo, a los inofensivos juanillos. Una gárgola de largos espolones sabe reconocer a un dios sediento en cuanto lo ve. Sobre todo, cuando comparten el mismo nombre, que tampoco es que le vayan a conceder a una el Nobel Gargolino. El tremendo Melkart, entre luces de sebo, exigía cobrarse su deuda. Los mercados reclaman su deuda. La Merkel, entre rayos tronantes -¿de qué se extrañan? Es doctora en Física Nuclear-, reclama ajustar su deuda. Y seguimos, como hace miles de años, sacrificándonos. Por Melkart, el recaudador, y sus vasijas.

No es personal

EN La dama de hierro, el reciente biopic sobre Margaret Thatcher, los guionistas juegan habilidosa y torticeramente con el personaje. Es imposible no sentir simpatía por esa viejecilla con Alzheimer que echa de menos a su marido. Pero esa es la misma señora que desmanteló, con insidia de zapador, la industria pesada británica. Igualmente, es imposible no sentir empatía por un anciano derrotado, arrepentido y recién salido del hospital. Pero la cuestión no es que se haya matado a Dumbo o que un rey pida disculpas históricas. No es particular, es general; no es personal, son negocios. Caza y casas reales son manifestaciones de un anacronismo obsceno más allá de si un monarca resulta ejemplar o despreciable. Al menos, el delirio surrealista en el que parece estar sumida la Casa Real ha sacado a la luz cuestiones que eran tabú hasta hace nada. Se discute y corre el aire. Y no, no soy muy de coronas. Bien pensado, si una no cree en príncipes, ¿cómo va a creer en reyes?.

(Entrada original aquí)

El blues del autobús

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Motivada por los comentarios de Barbijaputa, decido solazarme tragándome One Day. Una película que se podría resumir con varios de los más grandes clásicos de mi progenitora  (#DichosdelasMadres):

1. De lo bonico no se come.

2. Siempre hay una mierda pa un tiesto.

3. Los amantes de Teruel, tonta ella, tonto él.

Eso, así como resumen de la cosa. Pero, tras el visionado, llegué a varias conclusiones interesantes:

(por si a alguien le importa, a partir de aquí espoileo un huevo) 

-El tiempo es, realmente, el gran justiciero para todas las que hemos sido las gafotas de la Facultad.

-Quiero el apartamento que la prota tenía en París. Pero no en París, claro -ciudad inclemente que detesto-.

-He de encontrar el hilo de Ariadna que une todas mis paridas, que es lo que realmente puede tener enjundia suficiente en el edito-mundo.

-La vida es corta, puta y dura. Y también es idiota. O, más bien, la idiotez la ponemos nosotros.

-Si eres una heroína tragicómica romántica, no es descartable terminar arrollada por un autobús.

Y este último punto es especialmente suculento: Who-do-you-think-you-are? - parece decir la lógica narrativa del destino aka Dios, aka Fuerza Cósmica, aka el Espagueti Volante-, si te empecinas e ir contra los hados y conseguir ese amor que tan impertinentemente deseas, la espicharás. Juego similar al que le hicieron al iracundo (no puedo decir al bueno, no) de Aquiles -aunque en esa ocasión, su madre tuvo el detalle de avisarle antes-: tienes dos opciones, chulo mío, morir joven y tomar Troya  o morir viejo salivando sandeces. Aquiles no dudó.

Imagino que fue Ana Karenina la que le vino a dar un poco de rock´n´roll a todo esto de morir por amor, cuando optó por la muerte por picadillo entre las vías del tren frente al final tradicional de las heroínas románticas al uso -que en esa época, bien por Tolstoi, solía ser morir escupiendo sangre en brazos del héroe -siempre me ha parecido especialmente gráfica la palabra en inglés para el asunto, consumption. Consumidas. Consumidas por dentro y por fuera, sí-.

La  imagen del picadillo como escabechina final y absoluta ha debido quedar flotando en el inconsciente colectivo: Medem escogió un camión para sellar el final de Los amantes del Círculo Polar y David Nicholls hizo lo propio con los protagonistas de su novela. Ocurre que a mí, por mucho que me haya podido pillar la historia, por muy conmovida que esté y por mucha transferencia empática que sienta con la protagonista -en el caso de la pizpireta Emma/Hathaway, ni de coña con la sosa borde de Ana/Naiwa-, el final del trolebús me puede. Me puede. Me descojono como una mala bestia.

Soy una nazi.

Debo tener la sensibilidad en la punta del glande que nunca desarrollé.

Todo el asunto me hace recordar la revisión que mis amiguitas del cole y yo cantábamos de aquel Lady, lady ochentero. Ya saben, una de la muchas canciones a lo Penélope que trufan la música contemporánea/pop/rock, esa piscina de obsesión y demencia sentimental.

Aquí, la versión original:

Aquí, nuestra versión del estribillo:

‘Lady, lady, lady,

se pinta los ojos de azul 

aunque hace mil años

que se cayó de un autobús

(de un autobúuuuusss…)

Ese día de verano

se pegó un gran guarrazo

Lady, lady, lady,

tiene los huesos de cristal

y cree que algún día

volverá a andar’.

Ya ni siquiera soy capaz de decir si lo hicimos nosotras o lo escuchamos en algún sitio. Pero vaya. Que alguien se atreva a decirme que los niños no son crueles -servidora era la pava de la clase y atención cómo se las gastaba-.

La pequeña Pili unía así, sin saberlo, las dos profecías autocumplidas hacia las que parezco encaminarme: muerte por picadillo o dilecta Miss Havisham.

(Y, si me dan a escoger, hago como Aquiles, el primer existencialista de nuestra historia: muerte por picadillo, siempre. Al menos, que me entretenga por el camino :) )

Fiebre primaveral

Manolo Rivas -que también debe padecer estas fiebres- decía hace años que si se pudiera ser de un club o una asociación como placebo a una doble nacionalidad, él se haría del Club Portugal.

¡Qué placer! -decía Rivas, provocando escalofríos de placer en todo el que lo leía-. Recibir de tanto en tanto un juego de toallas, o actualizar el temblor de los fados o que te manden por Navidad una cesta con café Sidal, atún en aceite, bacalao y mermelada de naranja y yemas de convento, todo coronado por una golondrina.

No se puede estar más de acuerdo. De existir, el Club Portugal tendría más miembros que portugueses. Servidora misma, no lo duden.

Cada primavera, ignoro el motivo, me entran unas ganas irreprimibles de largarme a Lisboa o a cualquier pueblecillo con luz y verde. Mientras a otros el equinoccio les arrea unas alergias que se mueren, a mí me endiña una especie de fiebre lusitana ansiosa. A veces he pensado que la Cuaresma debe gastarse ondas subliminales de bajo espectro que me despiertan un apetito insano por el bacalao -en cualquiera de sus mmm… salivantes formas- y por los -maravillosos- postres de huevo que hacen aquí nuestros vecinos, insuperables allende los globos.

Detesto como nada -como nada- la suciedad y la dejadez aparentemente románticas de Lisboa. Pero hay muchas otras cosas, dentro y fuera de Lisboa,  que asocio al picor del buen tiempo.

Me encanta la luz. Me encanta su luz.  Me encanta el café (la mejor versión de la última droga legal). Las ginjinhas. Los pastelitos de Belém (¿quién los inventó, quién fue? Maldito. Bendito. Maldito. Bendito). Los tranvías como de hojalata. Castaños y castaños. El Gulbelkian. Las leyendas de amor delirante.

Me sueño en la terraza de este B&B, viendo hacer piruetas a los vencejos en mitad de un huerto en mitad de la ciudad, en un dobladillo del barrio de Graça, con vistas de delirio.

Y entrar en tiendas como la Conserveira, o la perfumería Alceste -con su nombre y su espíritu como de viñetas de TBO-, o la sobrenatural Caza das Vellas de Loreto.

Y, sobre todo, en la magnífica A Vida Portuguesa -por Dios, entren, entren-, la más maravillosa idea para una tienda, la más maravillosa idea para una cadena de tiendas, la más maravillosa idea del mundo. A Vida Portuguesa se dedica a recopilar, como una urraca vintage, todos aquellos productos con sello específicamente y nostálgicamente portugués. Como bien diría Abundio, saudade a golpe de Visa. El símil en España sería una tienda que vendiera, sin distinciones, jabón lagarto y Pictolines, alpargatas de Castañer, cuadernos Rubio y gomas Milán nata.

En A Vida Portuguesa se pueden encontrar cosas como esta:

O como esta:

O como esta:

En fin. Suave saudade portuguesa. Y primaveral.

Mientras, y como no sé si caerá, me voy poniendo parches.

Desembarco

Ñiiii, ñiiiii, ñiiii, ñiiii…

Los avezados oídos de la chica de facturación de Easyjet captan el chirriar de un carrito defectuoso segundos antes de que, por el ángulo izquierdo de su campo de visión, aparezca una tipa que aparenta arrastrar el equivalente el maletas de su propio peso. Y no es un cálculo al azar. Haciendo un estudio contrastado de la trayectoria de la tipa, la chica de facturación apuesta en ese mismo momento consigo misma que la tipa estampará el carrito contra el medidor de esquipajes en menos de cinco segundos. La chica de facturación de Easyjet gana, en menos de cinco segundos, su particular apuesta.

-Hola -resopla la criatura, que se ha puesto para ir al aeropuerto una minifalda y un mantoncito-. He facturado por tres kilos más, pero puede que tenga algo de sobrepeso.

La chica de Easyjet levanta una ceja mientras la tipa desploma el equipaje sobre la cinta transportadora.

-Llevas otros tres kilos de más -le constata, sin mostrar emoción y casi, sin mirar a la báscula-. Como llevas maleta de mano, ¿por qué no intentas distribuir el peso?

La tipa del mantoncito la contempla como si le hubiera ordenado cambiar el paradigma ptoloméico por el copernicano. Distribuir el peso. ¿Es que no sabe que todo estaba calculado con una ingeniera milimétrica? Suspirando de nuevo, la tipa arrambla con las maletas y arrastra el carrito -ñiii, ñiiii, ñiiiii…- fuera de la panorámica. Como comprenderán, la única opción que le queda a nuestra sufrida protagonista es abrir las maletas, colocarse encima toda la ropa que pueda y redistribuir la valija.

Media hora después, la chica de Easyjet vuelve a escuchar el carrito.

Ñiiii, ñiiii, ñiiii…

Nuevamente, por el rabillo del ojo, ve asomar a la tipa del sobrepeso. Excepto que no parece la tipa del sobrepeso, sino una mezcla entre Juri Gagarin y la pequeña Maggie Simpson en los episodios de Navidad. Con conocimiento de causa, puedo afirmar que la tipa llevaba puesto encima:

-Una medias

-Una camiseta de tirantes

-Dos pares de calcetines

-Unos vaqueros

-Las Dr. Marteens

-Dos jerseys de cuello alto. Dos.

-Una chaqueta de punto.

-Un sobretodo negro.

-Un sobretodo marrón.

-El plumas de tres cuartos.

-Una bufanda de dos metros y medio

-Unos mitones grises de lana.

-Un sombrero violeta con un lazo.

La chica de Easyjet se aguanta la risa.

-Aún no está abierto el embarque para Madrid. Abrimos dentro de un cuarto de hora.

-No importa. Espero.

-You look different, don´t you? -suspira-. Por más que lo veo, nunca dejáis de sorprenderme.

-Ghlkjds… -farfulla la pasajera, a punto del desmayo. Pero objetivo conseguido: seis kilos menos en la facturación.

-Si quieres, puedes facturar gratuitamente la maleta de mano…

La tipa se aferra a maleta de mano (que se ha reventado, y tampoco es una metáfora) con esa actitud digna de la Asociación Nacional del Rifle que hemos visto tantas veces en los aeropuertos -De Mis Frías Manos Muertas-.

-¡No, no!- exclama  en resuello-. ¡Tiene regalos, y mi portátil está dentro!

La chica de Easyjet pone los ojos en blanco.

-Sólo te van a dejar entrar con un bulto, y también llevas el bolso, y obviamente no te cabe en la maleta. Te aconsejaría sacar el portátil, facturar esto y comprar algo en el Dutyfree…

-¿Para qué quiero comprar algo en el Dutyfree?

-Para meter el bolso dentro de la bolsa de plástico y computar el portátil como un solo bulto.

-Vale.

-Vale.

-Gracias.

-De nada. Buen viaje.

Ñiiii, ñiiii, ñiiiii….

Efectivamente, las palabras de la providencial chica de Easy fueron oraculares. Y, efectivamente, la lógica de las compañías aéreas a la hora de determinar la política de equipaje es de delirio. Easyjet -que parece de las más lógicas, lo de Ruinair, por ejemplo, no tiene nombre- no te deja facturar más de veinte kilos de equipaje, si hay peso extra tienes que pagarlo. Pero, si el avión va lleno, te facturan gratuitamente el equipaje de mano -que en mi caso pesaba quince kilos-. Sólo te dejan subir con un bulto propio a cabina, pero si entras arrastrando cinco bolsas de las tiendas del aeropuerto, nadie te dice nada.

En fin, qué les voy a contar, que ustedes no sepan.

Que ya estoy de vuelta.

A ver cuánto me duran las alas desplegadas.

Topic

Examen. Writing topic. Segunda parte. A escoger entre:

1. Carta de reclamación aportando ideas sobre un nuevo parque en el barrio.

(Boring…)

2. Cuenta algún momento en tu vida en el que el sentido de la oportunidad haya jugado un papel importante.

(But, are you kidding me or what? Good timing and MY life? Really?)

3. Costumbres y prácticas relativas a la salud en tu país.

(Mmmm…)

Y no, no hablé de mi dilatada experiencia sanitaria -sueño húmedo de cualquier hipocondríaco, excepción hecha de mí misma-, sino que, desesperada por contar algo interesante, decidí hacer un alimón entre realidad y ficción. Y me quedó algo así:

‘Los seres humanos somos criaturas fascinantes. Hemos sido capaces, con tal de creer en la garantía de salud eterna, de dar pábulo a un mito como el del unicornio y, acto seguido, salir a cazarlo. Y, a la vez, somos repetidamente incapaces de seguir una simple dieta aunque nuestro bienestar dependa de ello’.

‘Pero parece que, en lo relativo a la salud, la ciencia y el fervor en lo imposible han ido siempre de la mano.  En España, las camas de los hospitales le hacen sitio al informe del médico y a las estampas de los santos, en feliz convivencia, sirviendo de ejemplo a cómo las supersticiones relativas a la salud han sobrevivido hasta hoy en día’.

‘Por ejemplo, durante mi infancia, cada vez que tenía un orzuelo, mi madre y mi abuela corrían a buscar una llave, ya que según ellas el frío del metal -o tal vez algún tipo de magia simpática que implicara el ojo de la llave- combatía la infección. Y pasé el sarampión enfundada en un pijama rojo, en la superstición   de que el color haría salir ‘por contagio’ a las pupas. No era la única excentricidad relacionada con salud infantil en la época: un remedio ‘de toda la vida’ para animar a niños inapetentes era el candié, mezcla de azúcar, vino dulce y yema de huevo’.

‘Pero las prácticas tradicionales, mágicas y ‘alternativas’ a la medicina oficial no se quedan en los niños. Por ejemplo, es bien sabido que los huesos de corvina (yo puse bacalao, a quién le importa) curan el dolor de cabeza, ya que al trasluz  se puede ver la imagen de una Inmaculada en ellos’.

‘También se dice -hasta aquí los hechos reales, ahora empiezo a desvariar- que has de coleccionar orejitas de mar si quieres protegerte contra la sordera.  Si rompes un hueso, alguien ha de recoger piedras blancas y hacerle una ofrenda a San Osorio.  Si quieres conservar buena salud toda la vida, has de guardar tus dientes de leche (mucha gente los lleva como amuleto, colgando cerca del corazón) . ¿Mala memoria? Nada mejor que acostarse con un sombrero puesto, para que no escapen los pensamientos. Y, si sufres de los nervios, tienes que dormir en compañía de gatos, que ahuyentan los malos aires -si eres alérgico, imagino que mueres en el intento, pero qué más da-.

‘Y sí, yo también estoy más allá de todas estas invenciones de vieja. Pero debo confesar que, si tuviera una hija con un orzuelo asesino, la posibilidad de ir corriendo a por una llave (además de a por el antibiótico) se me pasaría por la cabeza. No más de un segundo, cierto, pero pensaría en ello’.

‘Así somos, en fin, con la penicilina en una mano y el libro de oraciones en la otra. Cazando unicornios e incapaces de ponernos a dieta. Como dije antes, seres fascinantes’.

Pilicilla y su País de las Maravillas

Pues, como dice Otabol, manda huevos que me haya tenido que venir a Escocia para enterarme de por qué no me enteraba de nada. Años preguntándome a qué podía deberse mi tendencia a maltinterpretar mensajes perfectamente claros, a perderme la mitad de lo que sucede a mi alrededor y, sobre todo, a reaccionar clamorosamente a destiempo a todo,  para descubrir que, como tantos podíamos sospechar, estoy sorda. Pero no ligeramente, no. Sorda. Como una tapia. Al parecer, el síndrome de Menière (mal de Menière, mar de Menière) ha ido creciendo en gracia y sabiduría y, cuando vuelva a España, me voy a tener que comprar un par de trompetillas. Sí, han leído bien. DOS trompetillas DOS.

Cómo será la cosita que lo primero que le dije al médico cuando me probaron los audífonos, por eso de que notara la diferencia, fue: ‘Pero esto es coña, ¿no? La gente en realidad no oye así de bien’.

-Je, eso es lo que tú te crees – los médicos y yo, esa historia de amor-. La gente, en realidad, oye aún mejor que eso. Tú llevas puesta la que podríamos llamar una versión con gafas de sol. Es como salir de una cueva a la luz del sol después de mucho tiempo, tienes que llevar los ojos protegidos porque si no, la misma luz te desborda. Si tú escucharas ahora mismo cómo es en realidad la realidad, te desbordaría…

-Los ratones en el ático, como Lucy, la vampira…

-Pobre Lucy.

Cómo lloré. En ese momento, me di cuenta de que llevo ni sé el tiempo esforzándome, sin darme cuenta, el triple que los demás -¡para oír no hay que estar atento!-. Y que lo único que he hecho ha sido ser dura conmigo mismo, y zamparme todas y cada una de las collejas de que era muy despistada, que siempre iba a lo mío, que nunca prestaba atención, que no estaba en el mundo -y sí, es cierto, tiendo a no estar en el mundo y pasar de todo bastante, pero ahora ya soy incapaz de decir qué fue primero, si la gallina o el huevo-.

Y el mundo es distinto. Yo no sabía que puedes seguir escuchando a alguien exactamente igual si se aparta un par de metros o si habla a tu espalda. O que se  puede escuchar a alguien cuando susurra. Al parecer, me he estado perdiendo las grandes cosas de la vida: el rugir del fuego, el vapor de las teteras, los cotilleos, las fricativas.

-¿Por qué lloras tanto? -el doctor Fetcher era de los de retranca, por supuesto. Los colecciono-. Aún no has visto los precios.

La explicación a cómo he sobrevivido todo este tiempo y no he sido arrollada por un camión se debe, según dijo el médico, a una serie de factores muy habituales. Primero, que toda la vida he estado acostumbrada a no oír bien, con lo cual es realmente difícil percibir una progresión en la pérdida auditiva hasta que esta es ostentosa. ‘Lo que es curioso -dijo- es el tema del idioma. Cuando escuchamos a los otros, tendemos a rellenar los blancos de la comunicación con el lenguaje corporal, leyendo los labios o completando  automáticamente las letras o las palabras perdidas, el cerebro hace eso continuamente, sin darnos cuenta. Es muy frecuente en la lengua materna. Que hayas conseguido siquiera llegar a manejarte inglés es, bueno, impresionante. Pero por eso te pierdes en los listenings: pierdes audición, porque no te hablan al lado, y pierdes la muleta de los labios y los gestos. No es de extrañar que apenas pilles nada’.

Y sí, será ‘quite impressive’ pero me he hecho la prueba después de compulsar para el examen y no he podido presentar invalidez. Así que, por supuesto, el listening ha sido una soberana mamarrachada.

Manda huevos.

-Bueno, que tengo que rellenarte la ficha… para hacerlo rápido, como aquí estás estudiando, pondremos desempleada…

-Vale.

-Y soltera, ¿no?

-Y sorda. Sobre todo, sorda -insisto, arrugando mi kleenex-. Suena genial en negro sobre blanco, ¿eh?: en paro, sorda y soltera.

-Sí, eres un partido. No hay duda.

Proud Providers of The Mad Hatter Tea Rooms

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Bien. Ya sabíamos que al norte del Muro de Adriano habitan unas gentes de peculiarísimas  costumbres. Habíamos mencionado el haggis, alguno conocerá el delirio supino que supone la existencia del Irn-Bru (esa especie de destilado de óxido con gas)  y también habíamos comentado el aporte extraordinario de la barra de Mars frita. Pero se me había olvidado apuntar la existencia de los teacakes escoceses. Y si alguien piensa que puede tratarse de alguna clase de bizcochito o magdalena con algún tipo de  valor nutricional -en forma de harina o fruta glaseada- debajo de la ingesta desorbitada de calorías, está más que equivocado. El Tunnock´s Teacake (aquí, todo un símbolo) es, básicamente, un  pastel hecho de capas marshmallow (nuestras ‘nubes’) recubiertas de chocolate. Sí, se vende en supermercados. No, no está prohibido por Sanidad. Y sí, verdaderamente, hay que ser un genio. Del mal.

El delirio genial de los habitantes del País de Más Allá de la Muralla sobrepasa, por supuesto, sus condición de orgullosos proveedores del Sombrerero Loco.  En cuanto tienen la oportunidad, dejan escapar el brote -¿qué podemos esperar de un lugar en que el top de lo pop son los gorros de animales? De animales como de peluche. Con ojos, orejitas y bigotes. Y como ven, no estoy bromeando, que voy por la calle con el gorro de leopardo y las Dr. Martens sin dar cante ninguno, arreglá pero informal-.

Un suculento ejemplo del desquiciamiento reinante lo tengo a mano, en el café de la esquina, que cada semana me sorprende con algo como esto:

Pero, sin duda, el mayor pasmo lo he encontrado en una atracción llamada Real Mary King´s Close, una de esas atracciones fantasmagóricas que abundan por el casco antiguo -la Ciudad Vieja de Edimburgo se desparrama por las colinas de un volcán apagado, encima del cual está el castillo. Es una ciudad en niveles, agujereada como un queso gruyere por los ‘closes’ que la atraviesan-. Como buena finca repletita de truculencias, al Mary King´s Close llegó -al más puro estilo Fríker- una médium dispuesta a toparse con todo tipo de miasmas y ectoplasmas.  Y, al parecer, se topó con el fantasma de una niña pequeña a la que su madre, temerosa de que contagiara a sus hermanos la Peste Negra, había terminado abandonando. La niña estaba inquieta, lloraba y era una pesadilla de fantasma porque no podía encontrar su muñeca. Pobrecilla, tres siglos y medio buscando su consuelo. ¿Resultado? La más increíble montaña de osos de peluche y muñecas que he visto nunca:

Puro Aquarius.

La última Oreo

Esta fue la semana de David Cameron. Al primer ministro británico le tocó la
no muy agradable tarea de dejar atrás la muralla de Adriano y convencer a los pictos de las bondades del Imperio Romano. Digo, británico. La Unión Jack no sería nada ni nadie sin la aportación escocesa; eso es lo que parecen descubrir -ahora-  los gobernantes británicos. Bajo ese discurso de arco-iris y margaritas, la súplica de Cameron y tradicionalistas/unionistas varios es clara: ‘¡No os vayáis! ¡No nos dejéis sin María Estuardo! ¡No nos arrebatéis las gaitas y las faldas de cuadros! ¡Ni el gas ni el petróleo, nooooo! ¡El nuestro es amor verdadero, a-mor-ver-da-de-ro! ¡Os dejaremos la última Oreo!’.

Y un tal Hugo Rifkind recrea el tema, en hilarantes -e hipotéticas- confesiones de Cameron, para The Times -pondría el link, pero no deja acceso al artículo. Ya ven ustedes:  mis lectores son siempre unos aventajados ;-) -.  Allá va, traducido y con tropezones:

Mi semana. Por David  Cameron (por Hugo Rifkind)

Lunes

‘Hace poco me encontré con un escocés de pelo rojo que apoya completamente nuestro plan para recortar del déficit’.

‘Mmmm’, dice George (Osborne), que sigue haciendo sumas en su Blackberry.

‘Y justo el otro día -continúo-, me topé con un escocés de cara muy roja que estaba totalmente de acuerdo con nuestras reformas educativas’.

George me mira: ‘Eso es aún más sorprendente’, dice.

‘Y esta misma mañana, he hablado con un escocés sin ningún rasgo especialmente distintivo que decía que haría lo que fuera para salvaguardar la unidad de Inglaterra’.

‘Bueno, espera -reacciona George-. Estás hablando del Gobierno, ¿no? Danny Alexander, Michael Gove y ese tipo que es nuestro Delegado para Escocia, no recuerdo cómo se llama…’

‘Lo mismo no tiene ni nombre -le digo-. Pero sí. Es que esta semana salgo de viaje para salvar la unidad de Gran Bretaña, así que he estado recabando un poco la opinión de los escoceses…’

‘No te olvides de William Hague’, apunta George.

‘William no es escocés -le corrijo-. Sólo habla raro’.

‘Es broma, ¿no?’, contesta.

Martes

Esto me tiene que salir bien o perderemos a los escoceses para siempre. Obviamente, yo siempre he sentido una especial afinidad hacia Escocia, ya que mi tatara-tatarabuelo era dueño de un buen pedazo, pero mejor ni mencionarlo no sea que se sientan un poco intimidados. Bueno, tengo al equipo escribiendo el discurso que daré el jueves ahí arriba, ya sea en un fish and chips , en una tienda de kilts o en una fábrica de porridge. La idea es citar a tantos escoceses importantes como podamos recordar. 

‘Sean Connery, the Krankies, Groundskeeper Willie, sir Alan Ferguson y el nota que inventó la tele -dice el jefe de mi gabinete de prensa-. ¿Alguno más?’

‘¡Neil Kinnock!, salta George.

‘Galés’, apunta mi asesor.

‘Pero pelirrojo’, insiste George.

‘Pero Galés’, subraya el otro.

‘Lo que sea’, dice George.

Miércoles

‘El Duque de Edimburgo debe ser escocés, ¿no?’, pregunta George.

Tenemos una reunión para planear nuestra estrategia anti-independencia escocesa. He invitado a algunos Liberal Demócratas, porque la gente aún les vota en Escocia y quiero descubrir por qué.

‘A decir verdad, no tengo ni idea del motivo -admite Nick Clegg-. Creo que, básicamente, es porque no somos vosotros’.

‘Bueno, todo esto es muy interesante -concedo-, pero vamos a intentar avanzar un poco. Mañana a esta hora tengo que estar en Edimburgo. Sólo Dios sabe cuánto puedo tardar’.

‘Bah, siete horas en coche’, suspira Danny Alexander.

‘Seis, si mi mujer conduce’, dice Chris Huhne.

La verdad es que no lo he echado de menos.

Jueves

Así que aquí estoy, a punto de dar mi gran discurso escocés. Primero, me conducen al despacho de Alex Salmond para un encuentro fugaz.

‘¡Nicolás!’, exclama.

‘Mmm… ¿David?, susurro.

Salmond se disculpa:

‘Todos los gobernantes extranjeros os parecéis’, me dice.

‘Así que… esta es tu oficina -le comento, echando una ojeada-. Bonito sillón. Muy… entronado…’

El Primer Ministro dice que aquí las cosas no son como en Westminster. Que la atmósfera es completamente distinta. Muy de estar por casa.

‘Pero bueno -añade-, ya puedes levantarte. Y no te olvides de besar mi anillo’.

Viernes

Creo que todo ha ido bien, pero podría haber ido mejor. Salgo a Francia hoy, pero por el camino llamo a Alex Salmond.

‘Mira -le digo-, no quiero que esto te suene raro pero… me gustaría que tuviéramos una buena relación profesional, pase lo que pase’.

Salmond piensa igual. Y por eso precisamente me da un par de consejos sobre cómo comportarse por ahí arriba, sólo para asegurarme de no hacer el ridículo. De ahora en adelante, todos los discursos deberán incluir una referencia a una barra de Mars frita (*). O al levantamiento de troncos. Y a Braveheart. Y, siempre que sea posible, debería procurarme uno de esos sombreros de tartán que llevan incorporada una peluca naranja.

‘Pero tú ya sabrás todo esto -me dice-, por William Hague’.

‘William no es escocés -le corrijo-. Sólo habla raro’.

‘Es broma, ¿no?’.

(*) Lo de la barra de Mars frita es una inquietante realidad. De hecho, en Stonehaven (pueblecillo en el que se encuentra el castillo de Dunnotar, uno de los más bonitos de toda Escocia) se lee en los letreros de la entrada: ‘Bienvenidos a Stonehaven. Orgulloso lugar de origen de la rueda neumática. ¡Y de la barra de Mars frita!’

I´m queer, too

Pues ayer, para que me diera el aire un poquito, me llevaron a un Queer & Trans Cabaret -cada vez que leo lo de LGTB se me viene a la mente un sandwich de Bacon, Tomate y Lechuga, porque soy así de degenerada. Pero bueno: ambas cosas me gustan-.

De ahí salí hecha una gran fan de Dr. Carmilla: una vampira bisexual espacial (inevitable) que canta hermosas baladas en una actitud que oscila entre lo nérdico y el hastío de la tía buena. Ese rollito: ’Welcome ladies and gentlemen and everybody. I´d quiet like to meet everbody else personally -se presentó-. My name is Carmilla.  My family calls me Doctor’.

Carmilla vino a descubrirnos que Creep -’that great classic song’- es, en realidad, una canción hecha por/para un vampiro. Y una vez lo dice, ¡está clarísimo! Sólo hay que prestar atención a la letra:

 

-El humano canta: “When you were here before, I  couldn’t look you in the eye.  You’re just like an angel, your skin makes me cry. You float like a feather in a beautiful world. I wish I was special . You’re so fuckin’ special”.

-El vampiro canta: “But  I’m a creep, I’m a weirdo. What the hell am I doing here?”

-El humano canta: “I don’t belong here.  I don’t care if it hurts. I want to have control. I want a perfect body”

-El vampiro canta: “I want a perfect soul.  I want you to notice (just for a change, you know) when I’m not around”.

-Ambos cantan: “You’re so fuckin’ special. I  wish I was special. But i’m a creep, I’m a weirdo. What the hell am i doing here? I don’t belong here”.

-El vampiro canta: “She’s running out again,  she’s running out, she’s run run run running out… “

-El humano canta: “Whatever makes you happy, whatever you want…
You’re so fuckin’ special. I wish I was special…”

-Ambos:  But I’m a creep, I’m a weirdo, what the hell am I doing here? I don’t belong here. I don’t belong here”.

Fabuloso.

La lástima es que no he podido encontrar un vídeo de la actuación. Ni de la inigualable Leggy Pee (de nuevo, inevitable). Pero les dejo un botón de muestra de la última.

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