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Cachondeo Exterior Bruto

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NO sé si todos los animales en la granja están tiesos pero, desde luego, unos están más tiesos que otros. Aunque bajo mis pezuñas gargolinas, a nivel toma de tierra, yo sólo vea precariedad rampante, acompañada de una -también rampante- labor de zapa. Ante tamaña desolación, y dado que las arcas públicas todas parecen encontrarse, igualmente, en desesperada necesidad de arramplar con lo que pillen, me pregunto: ¿qué se valora de Trimilenaria más allá de sus puertas?, ¿qué potencial hemos estado regalando al mundo exterior a espuertas? El cachondeo. Por supuesto. Se hace necesario el desarrollo e imposición de un Impuesto Sobre el Cachondeo Exterior Bruto. ¿Alguien dice “pisha, cohones” fuera de Trimilenaria? Tasa. ¿Aparece en la televisión una pizpireta chacha/choni/maleante con la camiseta del Cádiz? Tasa. ¿Paz Padilla? Tasa. Que dejamos escapar las mejores.

(Como siempre, según apareció en las páginas de un conocido diario local)

Casa tomada

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escalerazulCreo que primero fueron unas pintadas, en Carnaval. Después alguien utilizó algún tipo de tizón para dedicarse a enmierdar el poco espacio de pared libre que quedaba bajo mis ventanas.

A los pocos meses, las pintadas avanzaron y llegaron hasta las paredes de la entrada -DENTRO del edificio-. Y, durante todo este verano, he ido recogiendo distintos regalos que me han ido tirando desde la calle -vivo en un bajo-: latas, papeles, chanclas.

Últimamente he tenido la sensación, en fin, de estar viviendo una versión actualizada -menos lovecraftiana pero más pavorosa- de Casa tomada. Lo curioso es que toda esa dinámica -la conocida inercia que producen la toalla abandonada, la ventana rota- es que el lugar de uno termine vindicando, precisamente, su condición de refugio, cualidad que mi apartamento ha parecido recuperar en los últimos tiempos.

Aun así, cuando me fui de vacaciones sabía que mi (eterno) periodo en un barrio que no me gusta y en un piso que consideré provisional tocaba ya a su fin. Por mis cojones.

No contaba, por supuesto, con la inestimable aportación de mis vecinos -que siguen sin apreciar, por ejemplo, las muchas virtudes de un bidón de basura-. A mi vuelta me encontré con la bonita sorpresa de tener que apoquinar 600 euros por obras de filtraciones en la fachada. Nífico. Es lo que tiene, como comentamos, la peculiaridad de la belleza decadente y tal.

Así que, no sólo tiesa, sino en parte impedida para tratar de vender la moto de mi apartamento sabiendo lo que -en efecto- se avecina. A joderme aquí un poco más de tiempo.

En fin, lo sorprendente ha sido asumir la fascinante historia que ha tejido mi subconsciente en torno a dos conceptos básicos:

1. Las reuniones de comunidad son el mal absoluto.

2. Los vecinos son el enemigo.
Sueño.

Y en el sueño, vivo en un bloque de edificios a lo Dakota. La estructura interna, sin embargo, es muy parecida a la de las fincas del sur: viviendas con patio en las que los pasillos son exteriores, a lo corrala. En vez de cuadrada o rectangular, la planta del bloque de mi sueño es redonda. Justo en el centro de la circunferencia, hay una especie de ‘puente’ que une los extremos de las galerías.

Bien. En el sueño, algo o alguien -que habita en el otro extremo del edificio, al otro lado de los ‘puentes’- se está llevando a los niños. Ese algo desconocido, ya se lo digo yo, eran los tradicionales espectros infantiles, ya saben: auténticos ganchos de lo suyo que se dedican a camelar a sus reflejos de sangre caliente. Y, ¿qué hacemos mis oníricos vecinos y yo para solucionarlo? ¿llamar a la Policía, a un exorcista? ¿consultar idealista.com? ¿acudir a una enanita con gafas inenarrables? ¡No! Hacemos una reunión de comunidad. Por supuesto.

Y mientras estamos hablando del sexo de los ángeles vemos que, al otro lado, no sólo se encuentran nuestros niños convenientemente abducidos y acompañados por los demás aparecidos prepúberes -con sus tiernos dientes de anaconda y la piel color de la leche agria-, sino los propios adultos de aquel más allá doméstico que -y esto es lo que más miedo me da- ¡también estaban celebrando una junta de vecinos!

Mierda puta.

No me extraña que estén cabreados: yo también me cabrearía si me encontrara semejante pastel en el otro mundo.

Eran doce, los fantasmas. Como en el cuento de Los doce meses. Como los signos del Zodíaco. Como las horas del reloj -‘Claro, idiota -me replica mi propio subconsciente-. Por eso esta casa tiene planta circular, como la circunferencia de un reloj con su casillas’.
Doce.

Sí.

COMO LOS PISOS DE MI PUÑETERA COMUNIDAD.

El soñador y el País de las Maravillas

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JUAN Rosell, presidente de la CEOE, afirma que la crisis podría solucionarse si los trabajadores indefinidos perdiesen algunos de sus “privilegios” -circunstancias anteriormente conocidas como “derechos”-: “Sería un experimento importante -suspira- pero no creo que lo aceptaran, esto no es el País de las Maravillas”. Exactamente la misma frase, por supuesto, podría aplicarse a los consejeros de las empresas cotizadas, que cobran treinta veces el salario mínimo. Uno casi puede escuchar el Imagine ante sus palabras, aunque más que un soñador, lo único seguro -y terrible- es que Rosell no está solo. Me voy de día libre y me pregunto cuánto durará mi, ya saben, holgadísimo nivel de vida. Entonces, como una señal en el camino, me llega un artículo de Rolling Stone: “Las actrices porno ganan un 30% más que los actores”. Dios existe, se llama Billy Wilder y yo soy su alivio cómico.

(Como siempre, as published in Diario de Cádiz)

El Maligno y Trimilenaria (annotated)

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(post al post)

Hay veces que el suspiro que son las azoteas de mi curro hace que se queden cortas. Y en este caso creo que el tema merece abundar un poquito. Yo vivo en una ciudad de ‘belleza decadente’ en uno de esos barrios llenos de ‘tipismo’ -es decir, populares y decadentes-. Así que, puedo decir con más conocimiento de causa que la mayoría que el concepto ‘belleza decadente’ es un depurado invento del Maligno.  No sé cómo les irán las cosas en Venecia -bien capaces son de haber mantenido las, de nuevo, decadentes y bellas fachadas y haber tirado y rehecho todo lo de dentro, dando cobijo a impecables lofts-. Pero en Lisboa y en La Habana me da la intuición de que las cosas deben ser bastante similares a lo que ocurre en Cániz (aka Trimilenaria).

‘Belleza decadente’ es tener basura y cucarachas por las calles, alguna rata despistada, casas apuntaladas -tener una finca a punto de caerse al lado de la tuya es tela, pero tela de encantador, y auténtico, y shabby-chic y esas cosas-, ancianos en bloques sin ascensor y sin cuarto de baño propio, esquinas meadas y paredes pintadas. En fin, ¡lo que cualquiera querría!

Llamar a todo eso ‘belleza decadente’ roza la pornografía. Es un insulto (ejemplo). De hecho, yo que sólo suelo cabrearme en la intimidad -como otros hablan catalán-, recuerdo un memorable desayuno que le di a una pareja precisamente catalana, en Lisboa, en cuanto pronunciaron las dos nefandas palabras: ‘Lord Byron haciendo la ruta pija por el tercer mundo europeo hizo mucho daño -sé que les solté-. Que esto no es un escenario. Que aquí vive gente, ¿eh? Mierda puta. Abuelas que no pueden salir a la calle porque no tienen ascensor, con goteras en el dormitorio y un cubo por cuarto de baño. Belleza decadente, ¿por qué en vez de construir, no se arreglan esas fincas? ¿dónde han metido los putos fondos Feder? Porque vosotros vivís en otro universo y no lo sabéis, pero yo sí’.

Y me dieron la pastilla  y me sacaron de paseo, y ya.

(azotea del día)

PARA mí, el Paraíso está en las antípodas de los 35 grados y la superpoblación estival. Siempre he sido muy rara, ya saben. Tal vez por eso, lo que entiendo como “calidad de vida” es incompatible con una tasa de paro digna de Gaza.”Entorno privilegiado” tampoco tiene nada que ver con la dejadez y la basura orgullosamente expuesta. Pero, esperen, ¿cómo se llamaba a eso… ? ¡Ah, sí! Belleza decadente. Esa que se inventó (#genio, #aplauso) el relaciones públicas de Venecia cuando se dio cuenta de que tenía que reflotar un tesoro que se hundía, y que se aplicó en cuanto se pudo a Lisboa y La Habana y, también -oh, sorpresa- a Trimilenaria. ¿Para qué lanzarse a fondo en invertir en patrimonio -en los viejos buenos tiempos de caja fácil- si el turista viene igual aunque todo se caiga a pedazos? Como falacia, me descubro ante el Maligno. Vivan tres meses en la belleza decadente. Verán qué risión.

(Publicado en Diario de Cádiz)

Serial (killer)

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Este verano me pidieron en el periódico en el que trabajo que me enfangara en uno de los típicos folletines de verano, ya saben: esas cosas con las que se mantenía a los novelistas decimonónicos y que ahora sirven para rellenar páginas en la edición.

La cuestión es que la edición digital no pilla las entregas, y algunos fans -¡tengo fans , tengo fans!- me han pedido que las vaya colgando por algún sitio, en alguna nube de algo. Así que -¿por qué no?-, las cuelgo por aquí. Están tal cual en sus pdfs, con sus hermosísimas erratas y -pequeñín detalle del que acabo de darme cuenta- sin nombre. Es un serial sin nombre. Hago las cosas que me salgo, y como me salen, está visto.

Así que, si alguien tiene a bien sugerir algún título, lo agradecería mucho.

Ahí van, iré colgándolos conforme vayan saliendo del horno.

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Dos bestias mitológicas se despiertan,  al ruido de los cañonazos, de una amable siesta de siglos. Llevan hambre atrasada.

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Andrade, cirujano del colegio anatómico es el encargado de ir testimoniando a sus víctimas, que van apareciendo con heridas cauterizadas y sin corazón.

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Las gentes de la ciudad comienzan a murmurar que aquellos tremendos crímenes deben ser obra, sin duda, de sus sitiadores.

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No van del todo desencaminados porque, al otro lado de las murallas, habita otro tipo de criatura sanguinaria: el capitán Delanssay.

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Derribado por sus migrañas, Delanssay  derriba a su vez, de un tiro, al joven médico que acude a tratarle.

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Y que deja tras de sí a una joven viuda…

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…Miranda amiga y protegida, a su vez, de Andrade, el cirujano.

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El misterioso caso de las víctimas sin corazón que van apareciendo por la ciudad llaman la atención tanto de la prensa, como de la viuda, que está convencida de que guardan relación con el asesino de su marido.

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(Aunque el mismo Andrade le exprese sus dudas al respecto)

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En mitad de todo ese escenario, aparece un cadáver más: a pesar de una morbosa puesta en escena, el cuerpo conserva el corazón intacto, por lo que Andrade piensa que no guarda relación con los anteriores.

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La finca de la viuda acoge en su patio, por las noches, a paisanos temerosos de las bombas. Entre la diversa colección de defenestrados, Miranda reconoce a un desertor del ejército enemigo, y se decide a protegerlo.

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El muchacho servía a las órdenes de Delanssay,

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y fue él quien, de hecho, se encargó de deshacerse de los restos de la costurera, el que era su último asesinato. Ocasión que aprovechó para escapar.

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Miranda y Andrade hablan sobre el muchacho, y sobre la posibilidad de que Delanssay esté, o no, implicado en las otras muertes.

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En el camino de regreso, Miranda se topa con dos increíbles bestias. Aunque en un principio piensa que van a atacarla, terminan siguiéndola a casa.

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Miranda y Guillen, inspirados por la extraña fascinación que parecen ejercer sobre aquel par de criaturas, deciden guiarlos a través de los túneles de la ciudad, (los mismos que emplean los estraperlistas)  hasta el asentamiento enemigo.

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Así que, finalmente, los monstruos se encuentran.

Barbecho

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Moña lánguida reflexiona sobre el sentido de su vida

Moña lánguida reflexiona sobre el sentido de su vida

Digamos que son varias las razones por las que este blog ha estado en barbecho durante meses. A la perrez absoluta de su creadora -que ya tiene bastante de pantallas y escritura pseudo creativa en su propio trabajo-, se suma una cuestión en absoluto inocente que dicha creadora ha andado rumiando en los últimos tiempos. Si lo que yo hago para ganarme la vida es escribir, y defiendo el valor crematístico del  asunto, ¿a cuento de qué hacerlo gratis? Si #gratisnotrabajo, ¿por qué luego romperse los cuernos escribiendo para algo que no te da de comer y que tampoco tiene mayor transcendencia?

A lo que se suma, por supuesto, el determinante factor del tiempo.

En fin, que no sé muy bien el sentido que tienen estos espacios -el afán de figurar, su principal motor, ya nos lo cubren otras plataformas-, aunque he llegado a la conclusión de que puede no estar mal echarles de comer de tanto en tanto. Por dinamismo. Por diversión. Por dar salida a cosas más allá de encorsetamientos.

Como siempre, una vez uno toma una decisión, los enanos empiezan a postularse para la NBA. Este verano, por ejemplo, no he podido tener más encargos porque era virtualmente imposible y, de hecho, el toro me está pasando por encima de algunos de ellos.

Pero bueno, ahora que vuelvo a verlo, este era un blog simpático. Merece ser bien tratado, con la de grisedad e insultos que hay por ahí fuera.

Seguiremos informando :)

(Y alimentando la cuenta de Pinterest)

Navidad, infamias y moñadas

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¿Qué somos?

¡Reinas putas del infierno!

¿Y qué tenemos?

¡Un sentido arácnido que nos hace detectar las infamias de los demás!

¿Y cuándo lo hacemos?

¡Cuando los buscadores pueden hacer más daño!

Por si alguien no lo sabía, la Navidad resulta ser mi época del año favorita. Todo se llena de lucecitas oligofrénicas y moñadas de dudoso gusto: ambas cosas me encantan.  Y todos nos empeñamos en rituales en los que damos rienda suelta a mezquindades, obsesiones insanas y demás miserias: cuestión que me chifla.

Me fascinan muchas cosas de las fiestas navideñas, sobre todo, las delirantes. Los conejos mutantes de los belenes, tan grandes como las puertas de una casa. El afán por la escatología de los catalanes (caganers, cagatiós). Las letras crípticas  de los villancicos  -¿Holanda ya se ve?- . Las inercias de apego familiar, no siempre afortunadas. Este último punto, por supuesto, de especial enjundia: siendo la familia el principal núcleo de violencia – cualquier antropólogo puede confirmarlo- es fascinante que nos empeñemos, año tras año, en juntar similar carga genética y afilados cuchillos de jamón, como en ritual propiciatorio al sol invicto. Y luego querrán que no haya desgracias.

En medio de toda esa orgía, en la que una se sumerge como cualquiera, siempre encuentro tiempo para echarme un Love Actually. ¿Por qué? Porque es soft-porno sentimental sin medias tintas: que el Spirit encuentre una marciana y se enamore es más viable que algunas de las historias que nos presentan en la peli, envueltas con gran sonrisa, gran lazo rojo y total impudicia. ¡Puestos a jugar a imposibles, hagámoslo a lo grande!

Y hay que reconocer que tiene ocurrencias radiantes como:

1. Primer ministro en perfecta hairbrush performance:

2. Ejemplo de cómo ha de declararse uno (a lo Bob Dylan):

3. Todos tuvimos claro a quién nos gustaría tener en la mesa de Navidad:

4. Sabemos qué es ser original haciendo que se encuentren dos personas (min. 6.25):

5. Conocemos cuál es el momento más cercano a la ciencia-ficción que ha vivido la civilización occidental: ese muchacho llegando a Milwaukee (¿?)  y ligando con varias tipas que ni le roban, ni lo extorsionan, ni lo descuartizan.

6. Y, también, gracias a Love Actually, sabemos qué ocurre cuando Robert Palmer meets Billy Mack:

Y, en fin, no todo va a ser felicidad y campanillas. Vamos a la vida real. Es decir: vamos a la infamia -Google es realmente la gran Babilón-. ¿Qué se le ocurrió hacer a Martine McCutheon, la pizpireta muchacha que interpreta a la pretendienta de Hugh Grant cuando vio que como actriz-cantante no tenía suficiente? Escribir un libro. Sí, evidentemente, existen serias dudas de que no lo escribiera  alguna adolescente hiperhormonada en una isla perdida de la costa noreste de Estados Unidos –no lo sugiero yo, lo dicen en The Guardian, con mucha más mala hostia-. ¿Cómo se llama el libro? La amante. ¿Quién es la protagonista? Una chica llamada Mandy, poseedora de  un “cabello negro como el ébano que formaba brillantes ondas sobre sus hombros; de piel impoluta y radiante; con largas pestañas que enmarcaban a la perfección sus ojos marrones. Su labio inferior era algo más grande que el de arriba; cuando sonreía, la habitación entera se iluminaba” –“¿Les recuerda a alguien?”, subrayan en The Guardian, que deben estar bastantes hartos de tonterías-.

Bien. Al parecer, la pobre Martine no sólo tuvo que apechugar con semejante criatura, propia o ajena, en el mercado. Los comentarios que recibió la novela en Amazon fueron letales -“No malgaste el dinero”, “Un desastre”, “Es triste pensar que este libro ha destruido árboles”-. ¿Todas las críticas? ¡No, todas no!  Hubo un crítico que la alabó más allá de la prudencia y le otorgó cinco estrellas. No tardó en descubrirse que el tipo que loaba el libro de Martine, y el de otros de la misma editorial, era uno de los responsables de la casa. Tongazo. Comparándolo con lo que estamos acostumbrados, tongazo no tan importante – ¡sorpresa! hay quien opina interesadamente en un sistema de críticas abierto- pero sí lo suficiente como para hundir en el lodo a todos a los que afectaba.

Así que, en efecto, lo que le faltaba a la pobre Martine.

Y, sobre todo, lo que le faltaba a su (aún más pobre) representante.

Bien. De las cosas de las que se acaba enterando una, incluso con la mejor de las intenciones.

Tras este pedacito de ruindad, siempre necesario en mitad de la felicidad plena, les deseo que estos días les traigan, al menos, un pedazo de esto.

Y, sobre todo, de esto:

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