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Pichacortismo (II): Nacionalismos

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Una vez dominado el código Matrix del pichacortismo, es muy fácil ver que su condición no sólo es extensiva sino que puede ser un fenómeno colectivo y nacional. Por ejemplo, la febril titulitis en la que nos hemos rebozado por estos lares durante décadas (¿Mi niño electricista? No, nunca: porque es la pichita de oro bañada en platino, ya sabemos, y si se limita a pelar cables se cometerá tal sinsentido que implosionará el universo).

En pocas ocasiones resulta más obvia y triste esa cualidad colectiva del pichacortismo como en los nacionalismos de distinto pelaje. Opino -no: el sentido común y yo opinamos, qué cuerno- que los nacionalismos son reduccionismos. Jibarizaciones mitológicas al aliento de manifestaciones culturales diversas -expresiones artísticas, lengua- o de adaptaciones al medio -arquitectura, gastronomía-. Todas esas llamadas “diferenciaciones” pueden tener, en ocasiones, indudable valor como ejemplos del ingenio y la delicadeza humana. En otras ocasiones, merecerían su extinción de la faz de la tierra (pienso en Tordesillas como ejemplo infame. Pero tampoco le veo mucha gracia a hacer que un niño retrepe a una altura de tres pisos).

Todo los nacionalismos son reaccionarios -la izquierda, en su raíz y definición, es universalista-. Todos obedecen a los mismos engranajes y todos esconden un caballo de Troya peligrosísimo en forma del desprecio al otro. Si el carácter de los nuestros se basa en la excelencia, la excelencia de los demás será vista, cuanto menos, con sospecha -bienvenido, fascismo-. Y, si esos demás son los vecinos (con los que, históricamente, nos hemos llevado a hostias: es lo que tienen los tribalismos), encima son los enemigos ancestrales y sin discusión.

Esos resortes comunes a todo nacionalismo son de invención bastante reciente en términos históricos (van de la mano del primer romanticismo, que unió con habilidad su gusto por la exaltación y el transcendentalismo con la necesidad de sus autores de congraciarse con las burguesías -dinerito-). Así, cualquier ínfula nacionalista que se precie presentará un origen mítico-fantástico del pueblo-tierra-nación. En general, además, ese pueblo-tierra-nación vivía en una espacie de Arcadia feliz (pongo ejemplos cercanos: Tartessos y las leyes en oro de Argantonio, los guanches “atlantes”, los misteriosos servidores iberos de la Dama de Elche, las ensoñadoras hobbiton de toda la franja cantábrica, el mismo Al Andalus… ), con gentes -como señala Antonio Muñoz Molina hablando del “café para todos” en Todo lo que era sólido- de carácter afable, integrador y pacífico, pero fieros defensores de su estilo de vida cuando se veía amenazado. Esa Edad de Oro (trufada con leyendas y símbolos, la mayoría incorporados) se vio casi relegada a la extinción por algún invasor pretérito o más o menos actual: el enemigo. Porque (volvemos a los tintes fascistas) es obligatorio un enemigo (idiota, inferior, mezquino, abusón, cruel y/o vago) que dé cohesión al movimiento. Los chimpancés descarnados que somos únicamente funcionamos con cohesión sin fisuras ante un enemigo común. Se agita todo esto con el conveniente sentimentalismo y/o sentido victimista y ya está el trabajo hecho para las distintas oligarquías del terruño, que son las interesadas en desvincularse de cualquier poder ajeno y repartirse más convenientemente el pastel propio. Actitud que incluso entendería si no llevara implícito el desprecio al otro, al de más allá, que comentábamos. Es sorprendente que haya gente formada, con mundología y criterio en tantas otras cosas que asuma ruedas de molino tan desmesuradas. Pero claro. Entramos en el territorio de lo mítico-irracional. En los Reyes Magos. En la Divina Concepción. En el Ratoncito Pérez. En el Hombre del Espacio.

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Urkabustaiz en los viejos buenos tiempos.

Todo encaja como el mecanismo de un reloj en los nacionalismos. Y todo entronca con la gran fuerza motriz del pichacortismo que es: la sublimación propia y la invalidación del otro. Un mensaje que aquí se repitió primero a la hora de crear la España moderna, a principios del XIX, y que llegó al delirio más lamentable durante el Franquismo, pero que se ha ido repitiendo hasta la saciedad después, con el corte de las distintas autonomías, en libros de texto, medios de comunicación e imaginería. Y se ha subrayado con fuerza, pues de él dependían no pocas justificaciones.

Javier López Facal en Breve Historia cultural de los nacionalismos europeos desmonta varios de estos símbolos-mitos-creencias que tenemos grabados a fuego. Por ejemplo:

“El kilt escocés fue un invento de 1727, obra de un empresario siderúrgico de Lancashire que necesitaba carbón de madera y contrató a un clan de las Highlands para la talla de árboles. Ante la inapropiada vestimenta de aquellos rústicos trabajadores, el empresario inglés hizo venir a un sastre militar y le encargó cómo sustituto a aquellas mantas mal atadas a la cintura una falda que no entorpeciese sus movimientos”.

“Los trajes de flamenca, de gitana o de faralaes empezaron a ser llevados por payas sevillanas muy a finales del XIX y son de rigor para asistir a la Feria de Sevilla sólo desde 1929, año en el que se celebraron la Exposición Universal Barcelona y la Iberoamericana de Sevilla”.

Es mucho más bonito, por supuesto, creer que cada clan MacMardigan llevaba faldas de cuadritos desde prácticamente la época de los pictos o que Washington Irving recorría Ronda disfrutando de su condición de macho extraño entre muchachas con claveles en la oreja y faldas de volantes. Hay otras creencias, desde luego, más torticeras: por ejemplo, 1714 y la guerra de Sucesión Española como un enfrentamiento en el que Cataluña defendía sus libertades y personalidad frente a un pantagruélico Estado español. Recuerda este hecho básico Javiér López Facal:

“No fue una guerra entre España y Cataluña, sino una guerra entre dos bloques europeos, los Habsburgo y Francia”.

A resultas de la contienda, los Reinos de Aragón y Valencia perdieron sus fueros (por austracistas), mientras que Navarra y las provincias vascas los mantuvieron por su apoyo a la causa borbónica. No es personal, son negocios.

Que Cataluña fuera conquistada e incorporada a España no tiene sentido porque el concepto unitario de España comenzaría un siglo después, con la Guerra de Independencia y los efluvios de la Constitución de 1812. Nuevamente gracias a López Facal, pongo esta chirriante cancioncilla como ejemplo ilustrativo: uno venía de Cataluña de servir al rey. No a un Estado.

Pero, como digo, nada tiene sentido cuando uno se enfrenta al acervo mítico-irracional que le han dado de mamar desde la infancia y que ha remachado, una y otra vez, “somosespecialessomosespecialessomosespecialessomosespeciales”. Axioma que -al contrario de lo que digan los libros de autoayuda- no es demasiado sano a nivel individual y que, a nivel colectivo, ha conducido siempre al desastre absoluto.

Por supuesto, hay ocasiones en las que uno se topa con una evidencia tan demencial que comienza a mirar con angustia su especialísima picha platino, no vaya a ser de imitación. No es fácil, por ejemplo, vivir en la convicción de que no hay nada como la madre patria de Goethe y Bruniquilda (“Arise, arise…“)  o los verdes pastos de Upon-down-Avonshire y toparse con una Nefer Nefer a medio terminar que te hace llorar de purísimo síndrome de Stendhal. O con los mármoles de la Acrópolis. O con la increíble puerta de Ishtar. ¿Qué sensación debió ser, eh? A medio camino entre el puchero, la fascinación y el gatillazo. Hay evidencias tan sobrecogedoras e innegables de que, pichita mía, tú la tienes al menos como todo el mundo, y estamos siendo generosos, que el orgullo pichacortista sólo empuja a una salida: me lo llevo. ¿Por qué? Porque yo lo valgo. Por mi picha platino. Por mí, primero, y por todos mis compañeros. Y por eso, lo pillo, lo desmonto y lo monto. Justo ahí, sí, en los verdes prados de Upon-down-Avonshire o en la madre patria de Goethe.

A nivel civilización, es lo más parecido que uno puede encontrar a ponerse un consolador con arnés.

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Petarda en la puerta de Ishtar, en el Museo de Pérgamo de Berlín.

Tes quiero, cari

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Es inevitable, y recurrente, hacer comparaciones entre la deriva de los procesos independentistas de Escocia y Cataluña y la escaleta de una relación de pareja que se rompe. Pero es sorprendente lo calcado que viene resultando en los últimos días, en la previa del referéndum escocés. Y eso que, en un principio -sobre todo, comparado con el ejemplo España-Cataluña-, la actitud del gobierno británico era de nota. ‘Por supuesto que podéis hacer una consulta independentista’, fue lo primero que dijo David Cameron -lo que viene a ser el equivalente a ‘Por supuesto que puedes darte un tiempo para pensar, cari’-. Bien es verdad que lo segundo que dijo fue, aproximadamente: ‘Despídete de la libra'; y lo tercero: ‘Esos astilleros que tenéis en el díscolo Glasgow, por ejemplo, que se vayan despidiendo también de los buques de la Bristish Navy‘.

Aun así, era un postura mil veces más dialogante que la que se da por estos lares. Gráficamente, y nivel pareja, la situación entre los arrebatos de independencia de Cataluña y el empecinamiento del Gobierno español podría resumirse en: hay una parte de la pareja que parece sentirse, más o menos legítimamente, dolida, agraviada. En consecuencia, ese miembro de la pareja saca varias tarjetas amarillas en forma de pollos llorosos, sulfurados, tal vez histéricos. Lo mismo hubiera sido buena idea, en pro de la paz común, realizar algún gesto para calmar los ánimos -un tipo de gesto que probablemente se debiera haber dado hace tiempo, y que incluso no tendría ni porqué haber sido económico (aunque ese sea, en realidad, el meollo del asunto). Por ejemplo, si tanto amamos a nuestras autonomías históricas y hechos diferenciales y ya tal, ¿por qué no existe la posibilidad de escoger una lengua estatal, además del castellano a estudiar en la escuela pública?-. En el escenario doméstico Cataluña-España, mientras una de las partes llevaba tiempo amenazando con hacer las maletas, la otra parte apenas hacía más que resoplar y levantar la mirada, cansinamente, por encima de las páginas del suplemento dominical de turno. Daba igual que la parte agraviada llorara, gritara, diera la espalda o se asomara al balcón en tetas. Lo único que ha salido del Gobierno central, más allá del mutismo, son expresiones parecidas a: ‘No dices más que tonterías’ o ‘Estás exagerando’ -y lo mismo es verdad pero, como digo, algún gesto conciliador a tiempo, o alguna discusión constructiva, más allá de la negación, habría ahorrado muchos males-.

La actitud del gobierno británico habrá podido ser mucho mejor que la nuestra, pero tampoco ha resultado modélica. Ha habido sabotaje  -‘¿Tú sabes la pensión que les va a quedar a los niños si nos separamos?’- y paternalismo: ‘Pero, ¿dónde vas a estar mejor que conmigo? ¿Adónde vas a ir tú?’.

El supuesto de la independencia de Escocia tiene cuestiones sangrantes, más allá de la Arcadia feliz, mezcla de petróleo y socialismo, que pintan sus defensores. Qué sucedería al perder el colchón de hierro de la libra es, por supuesto, una de ellas. El Banco de Escocia es de Lloyd´s (de la City). La Unión Europea no vería con buenos ojos, al menos durante un tiempo, admitir a un miembro ‘díscolo’. El petróleo del Mar del Norte no es eterno. Cuanto menos, en los comienzos, habría un escenario de incertidumbre monetaria y política que se alejaría mucho de esa imagen de promisión. A quien menos preocupa ese vertiginoso limbo es, por supuesto y como siempre, a la plutocracia de turno, que cuenta además con llevarse un buen pedazo del nuevo pastel.

Aun teniendo en cuenta todo esto, la campaña unionista Better Together se las ha arreglado para ir pifiándola con tesón admirable. De un cavernal 30%, la campaña a favor del sí cuenta por ahora (como todo el mundo sabe), con la mitad de intención de voto de la población escocesa. En parte, gracias a joyas como la siguiente:

El nerviosismo en Westminster ante lo que podría ser la desintegración real del Reino Unido ha ido alcanzando, consecuentemente, cotas dignas de un escenario de la última Oreo. Y, como ocurre en las relaciones, los momentos finales de la crisis se llenan de gestos -desde colgar la bandera de San Andrés en Downing St. a las promesas de mayor autonomía- que hubieran estado muy bien en cualquier otra época, pero que en el estado actual de cosas lo que hacen es enfurecer todavía más a la aún parte contratante. Nuevamente, en lenguaje de pareja: ‘Si tan poco te costaban estos detalles, copón, ¿por qué no los has hecho antes? Unas florecitas, un par de días juntos, un cariño, un poco de atención… ¿Ni ese pequeño esfuerzo merecía la pena?’.

Así, indignación y desesperación van subiendo a la par y aparecen las medidas delirantes, como recurrir a la madre de uno que, muy juiciosamente, argumenta:

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‘A mí dejadme de vuestras cosas, que me tenéis ya loca del coño’.

Con las maletas del que se larga en el pasillo, la antaño parte dominante se derrumba. ‘No, cari, por favor, no te vayas: tes quiero. Tes quiero mucho’ : ‘Queremos que os quedéis’, ha repetido David Cameron en sus últimos mensajes a los escoceses.  Un discurso de amor arrastrado que eclosiona en esta joya definitiva recogida por la BBC: ‘Podréis haber escuchado un montón de razones que yo llamo ‘razones de la cabeza’, en torno a si Escocia será mejor, más próspera, más segura, dentro o fuera del Reino Unido -declara-. Pero creo que también es importante atender a las razones del corazón: hay que pensar cuidadosamente en cómo nos sentimos respecto a este país (…) Yo, de hecho, me preocupo mucho más por mi país, este extraordinario Reino Unido que hemos construidos entre todos, de lo que me preocupo por mi partido. Por eso me rompería el corazón que esta familia de naciones se separa’,

Y ahí está Escocia, justo en el umbral de la puerta.

Pichacortismo (I): Código Matrix elemental

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(Me duelen los ojitos de escribir pero, ¡y mi salud mental! Como me ponga, escribo una tesis. La próxima entrega, en una semana)

Hay algunas -pocas- mentes que merecen por sí mismas un lugar privilegiado en la historia de la calamidad.

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Thomas MIdgley

Por ejemplo, el Papa Juan XXII, que se vio inspirado para equiparar, allá por el siglo XIV; las llamadas prácticas de brujería con la herejía, acercando así un poquito más los infiernos a la tierra durante los siguientes siglos. El funcionario al que se le ocurrió aplicar el sistema de producción industrial al exterminio humano durante la Alemania nazi merece también un lugar de honor en el pódium de la ignominia. Por no hablar, por ejemplo, de humildes pero letales presencias, como la de Thomas Midgley: Midgley fue el primero que pensó en añadir tetraetilo de plomo a la gasolina mientras trabajaba para la General Motors (causando no pocas intoxicaciones en la firma y no poco daño, en general, a la atmósfera). No contento con eso, inventò el gas freón, aplicándolo a refrigeradores, aerosoles y equipos de aire acondicionado: ¿recuerdan ustedes lo de la capa de ozono y los CFC? Pues sí. También se lo debemos a este caballero con pinta de anodino.

Pero ninguno de ellos, ninguna de estas tres pristinas mentes, tuvo un efecto tan terminal en la historia humana como el tipo aquel que, un día, en el albor de los tiempos y meando al lado de otro, se le ocurrió mirar de reojo a su compañero y le susurró, con expresión de extrañeza: “La tuya es muy pequeña, ¿no?”.

Ahí, justo en ese preciso instante, queridos chimpancés mutantes, la jodimos. No hubo vuelta atrás: a partir de esa frase surgieron, como de la caja de Pandora, todos los males conocidos por mano humana. Incluidos la brujería como anatema, el diligente funcionario nazi y el mejor químico de su clase.

(Por supuesto, el término pichacortismo puede ser apllicado tanto a hombres como a mujeres, ya que habla de cómo afectan a las estructuras de poder los diversos complejos de inferioridad, sublimados o no)

Una vez uno se hace con la clave del pichacortismo es como hacerse con el código Matrix: se desencripta el mundo. Esa actitud de: “La mía es más grande y mejor/yo soy más grande y mejor” la podemos ver en acción de continuo, allá donde esté presente o en juego algún tipo de cota de poder. Desde lo más típico y evidente -he de tener un mejor coche/telefóno/casa/puesto/móvil/mujer/traje que el que tiene el pringado de al lado, o los he de ir a este restaurante/ club de pádel/destino de vacaciones, que es donde van todos los demás alfas; a las tensiones propias de escenarios dominio: han de reconocerme/ascenderme en el trabajo porque soy el picha platino de aquí, he de ser admirado por mi obra (he de humedecer bragas con mi obra) o el clásico “yo he sido, soy y he de seguir siendo, hasta el final de los tiempos, el rajá de las rajitas”..

“¿Qué pasa? ¿Acaso no soy la mejor pichita del mundo? -ese es el quebranto habitual en los momentos decisivos-. ¡MI MAMÄ ME LO DECÏA!”

O algo así.

Y en efecto, y esa otra de las patas de la cuestión, su mamá se lo decía.

Echen un vistazo a este interesante gráfico:

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Ahí la tienen, la radiografía literal del pichacortismo.

Ante el, digamos, delirio colectivo que parecen estar viviendo los alemanes respecto a las operaciones de alargamiento de pene uno no puede evitar pensar un par de cosas. Primero, que el pichacortimo puede ser colectivo y nacional. Segundo, que así se explican dos guerras mundiales: al fuego alentador de -como decíamos- un complejo de inferioridad sublimado. Nacionalismos y fascismos  no son, de hecho, más que grandes, comunes y vacuos ejercicios de sublimación-pichacortismo -y esta cuestión la continuaremos más adelante-.

Mas significativo aún es que los países que sigan en la gráfica sean de ámbito latino: Venezuela, España, México, Colombia, Italia y Brasil. Países en los que abunda el culto al macho y un modelo de madre fagocitadora-castradora (su mamá, en efecto, les repetía que eran las mejores pichitas del mundo), de corte edípico. La mamma italiana que tenemos todos en mente, en definitiva. 

(Y sí, sé que se ha avanzado muchísimo -¿Increible, eh? Hace medio siglo no podíamos abrir una cuenta de banco nosotras solitas, ¡y miranos! Vaya…-. Pero, a pesar de todas las conquistas, y de toda la concienciación, hay inercias aún muy presentes, puesto que estamos hablando de hábitos de siglos: desde la cosificación que implica la violencia de género hasta micromachismos como el Como una chica).

No soy especialmente freudiana, pero parece como si, antropológicamente, la sociedad hubiera vivido una perenne envidia de pene. Todo se definía ante el ser o no ser varón (con sus distintas luchas de poder en las categorías de picha de platino, oro, plata y bronce de las que estamos hablando). Ser hombre te legitimaba, te daba -literalmente- valor, voz y voto. No es extraño que los entes invisibles que conformaban toda esa masa “no válida” (mujeres) trataran de vindicarse a través de un marido, primero, y un hijo (varón), después. De ambos podía depender, en muchos casos, la supervivencia. Las abuelas de hace no tanto tiempo perdian el sentido, y todos los sabemos, por su niñito. No es, en definitiva, algo tan lejano.

(En un estudio acerca de hábitos a la hora de dar el pecho realizado entre madres italianas, el 66 por ciento de las madres lo hacía con las niñas, mientras que en el caso de los niños la cifra subía hasta el 99 por ciento. Las razones que daban las madres para no amamantar a las niñas era que perdían demasiado tiempo y que era una actividad que las esclavizaba, mientras que los niños debían “crecer fuertes”).

Los tentáculos del pichacortismo se extienden, pues, entre géneros -también como estructuras de poder a imitar-, y contribuyen no poco a los grandes clásicos del machismo. Esa relación edípica inicial está en el núcleo del desarrollo del machismo: las mismas mujeres, durante siglos -y lo que te rondaré morena- han caído en la trampa de la concepción de su género como “transmisoras de pureza” que tan bien se empapó en el Libro y en sus religiones. Durante siglos, en estos lares (en otros, es como si no hubiera pasado el tiempo), se aplicó esta norma de la sublimación de vírgenes y madres -y la defenestración de aquellas que no se adaptaran o rompieran la norma- abundando en el sentido de autocomplacencia en ellas (“Esa es una puta, no como yo, no como nosotras”) y en la rubricación del sentido de dominio (pichacortismo) en sus compañeros. Además, la obsesión con el modelo ‘blanco’ de mujer no sólo era una forma de asegurar hijos legítimos, sino que llevaba implícito un jugosísimo acuerdo de sumisión y dependencia, en un modelo social que implantó, con éxito pasmoso, lo que podríamos llamar “esclavitud de convención” (y convicción). matrixok

Ciega de vicio

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Hace casi un mes me operaron de desprendimiento de retina. perroandaluz

Hace un mes, por tanto, que me limito básicamente -Paco Fox dixit- a hacer la fotosíntesis tumbada sobre mi lado derecho. La única actividad que tuvieron a bien permitirme es ver series con mi ojo bueno -que hace diez años sufrió su correspondiente desprendimiento, perdió una dioptría irrecuperable y actualmente sobrevive con un cerclaje-. Imagino que también se me permitía tragarme la lengua y suicidarme, pero eso no me lo dijeron.

El ojo malo ha conseguido, digamos, sobrevivir a sí mismo -y a la administración del SAS-. En el trancurso de la operación (je) fue congelado, achicharrado y gaseado, creo que en ese orden, y su aspecto final dejaba en muy mal lugar, por lilas, a los maquilladores de The Walking Dead. Ya parece un ojo normal, pero aún no lo es: sigo sin poder leer ni en papel ni en pantalla, de ninguna de las maneras. Imagino (no lo sé) que algún día podré, pero no sé con qué dificultad. 

Mientras el enigma se desvela, estoy aquí, escribiendo con el ojo ‘bueno’. ¿Por qué? Porque, como cualquiera puede comprender, estaba a un paso del frenopático -y a medio de la escoliosis, aunque la semana pasada ya me dieron permiso para sentarme. Sí, lo sé. Qué suerte tengo, amiguitos-.

La cuestión es que este arranque bulímico de teclas me hace comprobar, en carne propia, que lo de escribir empieza y termina siendo un vicio. No hay manera de quitarse y encontrarás la forma de seguir haciéndolo, patéticamente, como quien fuma a escondidas en el baño auxiliar, con un ojo tapado y las letras mal dispuestas sobre la pantalla. Pero allá vas. No importa lo que rajes o lo que te alejes. Caes.

Así, tal vez hoy, tal vez mañana, escriba otro ratito (esto sólo ha sido un pequeño pie), sobre cosas idiotas o sesudas, no sé bien, sobre apocalípticos e integrados, pichacortismos o concursos de repostería en la BBC: lo que tiene estar un mes luchando contra el delirio es que las ideas que has ido rumiando llegan a parecerte algo. Algo mejor que la muerte por encefalograma plano, en fin.

Ya veremos.

Cachondeo Exterior Bruto

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NO sé si todos los animales en la granja están tiesos pero, desde luego, unos están más tiesos que otros. Aunque bajo mis pezuñas gargolinas, a nivel toma de tierra, yo sólo vea precariedad rampante, acompañada de una -también rampante- labor de zapa. Ante tamaña desolación, y dado que las arcas públicas todas parecen encontrarse, igualmente, en desesperada necesidad de arramplar con lo que pillen, me pregunto: ¿qué se valora de Trimilenaria más allá de sus puertas?, ¿qué potencial hemos estado regalando al mundo exterior a espuertas? El cachondeo. Por supuesto. Se hace necesario el desarrollo e imposición de un Impuesto Sobre el Cachondeo Exterior Bruto. ¿Alguien dice “pisha, cohones” fuera de Trimilenaria? Tasa. ¿Aparece en la televisión una pizpireta chacha/choni/maleante con la camiseta del Cádiz? Tasa. ¿Paz Padilla? Tasa. Que dejamos escapar las mejores.

(Como siempre, según apareció en las páginas de un conocido diario local)

Casa tomada

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escalerazulCreo que primero fueron unas pintadas, en Carnaval. Después alguien utilizó algún tipo de tizón para dedicarse a enmierdar el poco espacio de pared libre que quedaba bajo mis ventanas.

A los pocos meses, las pintadas avanzaron y llegaron hasta las paredes de la entrada -DENTRO del edificio-. Y, durante todo este verano, he ido recogiendo distintos regalos que me han ido tirando desde la calle -vivo en un bajo-: latas, papeles, chanclas.

Últimamente he tenido la sensación, en fin, de estar viviendo una versión actualizada -menos lovecraftiana pero más pavorosa- de Casa tomada. Lo curioso es que toda esa dinámica -la conocida inercia que producen la toalla abandonada, la ventana rota- es que el lugar de uno termine vindicando, precisamente, su condición de refugio, cualidad que mi apartamento ha parecido recuperar en los últimos tiempos.

Aun así, cuando me fui de vacaciones sabía que mi (eterno) periodo en un barrio que no me gusta y en un piso que consideré provisional tocaba ya a su fin. Por mis cojones.

No contaba, por supuesto, con la inestimable aportación de mis vecinos -que siguen sin apreciar, por ejemplo, las muchas virtudes de un bidón de basura-. A mi vuelta me encontré con la bonita sorpresa de tener que apoquinar 600 euros por obras de filtraciones en la fachada. Nífico. Es lo que tiene, como comentamos, la peculiaridad de la belleza decadente y tal.

Así que, no sólo tiesa, sino en parte impedida para tratar de vender la moto de mi apartamento sabiendo lo que -en efecto- se avecina. A joderme aquí un poco más de tiempo.

En fin, lo sorprendente ha sido asumir la fascinante historia que ha tejido mi subconsciente en torno a dos conceptos básicos:

1. Las reuniones de comunidad son el mal absoluto.

2. Los vecinos son el enemigo.
Sueño.

Y en el sueño, vivo en un bloque de edificios a lo Dakota. La estructura interna, sin embargo, es muy parecida a la de las fincas del sur: viviendas con patio en las que los pasillos son exteriores, a lo corrala. En vez de cuadrada o rectangular, la planta del bloque de mi sueño es redonda. Justo en el centro de la circunferencia, hay una especie de ‘puente’ que une los extremos de las galerías.

Bien. En el sueño, algo o alguien -que habita en el otro extremo del edificio, al otro lado de los ‘puentes’- se está llevando a los niños. Ese algo desconocido, ya se lo digo yo, eran los tradicionales espectros infantiles, ya saben: auténticos ganchos de lo suyo que se dedican a camelar a sus reflejos de sangre caliente. Y, ¿qué hacemos mis oníricos vecinos y yo para solucionarlo? ¿llamar a la Policía, a un exorcista? ¿consultar idealista.com? ¿acudir a una enanita con gafas inenarrables? ¡No! Hacemos una reunión de comunidad. Por supuesto.

Y mientras estamos hablando del sexo de los ángeles vemos que, al otro lado, no sólo se encuentran nuestros niños convenientemente abducidos y acompañados por los demás aparecidos prepúberes -con sus tiernos dientes de anaconda y la piel color de la leche agria-, sino los propios adultos de aquel más allá doméstico que -y esto es lo que más miedo me da- ¡también estaban celebrando una junta de vecinos!

Mierda puta.

No me extraña que estén cabreados: yo también me cabrearía si me encontrara semejante pastel en el otro mundo.

Eran doce, los fantasmas. Como en el cuento de Los doce meses. Como los signos del Zodíaco. Como las horas del reloj -‘Claro, idiota -me replica mi propio subconsciente-. Por eso esta casa tiene planta circular, como la circunferencia de un reloj con su casillas’.
Doce.

Sí.

COMO LOS PISOS DE MI PUÑETERA COMUNIDAD.

El soñador y el País de las Maravillas

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JUAN Rosell, presidente de la CEOE, afirma que la crisis podría solucionarse si los trabajadores indefinidos perdiesen algunos de sus “privilegios” -circunstancias anteriormente conocidas como “derechos”-: “Sería un experimento importante -suspira- pero no creo que lo aceptaran, esto no es el País de las Maravillas”. Exactamente la misma frase, por supuesto, podría aplicarse a los consejeros de las empresas cotizadas, que cobran treinta veces el salario mínimo. Uno casi puede escuchar el Imagine ante sus palabras, aunque más que un soñador, lo único seguro -y terrible- es que Rosell no está solo. Me voy de día libre y me pregunto cuánto durará mi, ya saben, holgadísimo nivel de vida. Entonces, como una señal en el camino, me llega un artículo de Rolling Stone: “Las actrices porno ganan un 30% más que los actores”. Dios existe, se llama Billy Wilder y yo soy su alivio cómico.

(Como siempre, as published in Diario de Cádiz)

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