¿Qué somos?
¡Reinas putas del infierno!
¿Y qué tenemos?
¡Un sentido arácnido que nos hace detectar las infamias de los demás!
¿Y cuándo lo hacemos?
¡Cuando los buscadores pueden hacer más daño!
Por si alguien no lo sabía, la Navidad resulta ser mi época del año favorita. Todo se llena de lucecitas oligofrénicas y moñadas de dudoso gusto: ambas cosas me encantan. Y todos nos empeñamos en rituales en los que damos rienda suelta a mezquindades, obsesiones insanas y demás miserias: cuestión que me chifla.
Me fascinan muchas cosas de las fiestas navideñas, sobre todo, las delirantes. Los conejos mutantes de los belenes, tan grandes como las puertas de una casa. El afán por la escatología de los catalanes (caganers, cagatiós). Las letras crípticas de los villancicos -¿Holanda ya se ve?- . Las inercias de apego familiar, no siempre afortunadas. Este último punto, por supuesto, de especial enjundia: siendo la familia el principal núcleo de violencia – cualquier antropólogo puede confirmarlo- es fascinante que nos empeñemos, año tras año, en juntar similar carga genética y afilados cuchillos de jamón, como en ritual propiciatorio al sol invicto. Y luego querrán que no haya desgracias.
En medio de toda esa orgía, en la que una se sumerge como cualquiera, siempre encuentro tiempo para echarme un Love Actually. ¿Por qué? Porque es soft-porno sentimental sin medias tintas: que el Spirit encuentre una marciana y se enamore es más viable que algunas de las historias que nos presentan en la peli, envueltas con gran sonrisa, gran lazo rojo y total impudicia. ¡Puestos a jugar a imposibles, hagámoslo a lo grande!
Y hay que reconocer que tiene ocurrencias radiantes como:
1. Primer ministro en perfecta hairbrush performance:
2. Ejemplo de cómo ha de declararse uno (a lo Bob Dylan):
3. Todos tuvimos claro a quién nos gustaría tener en la mesa de Navidad:
4. Sabemos qué es ser original haciendo que se encuentren dos personas (min. 6.25):
5. Conocemos cuál es el momento más cercano a la ciencia-ficción que ha vivido la civilización occidental: ese muchacho llegando a Milwaukee (¿?) y ligando con varias tipas que ni le roban, ni lo extorsionan, ni lo descuartizan.
6. Y, también, gracias a Love Actually, sabemos qué ocurre cuando Robert Palmer meets Billy Mack:
Y, en fin, no todo va a ser felicidad y campanillas. Vamos a la vida real. Es decir: vamos a la infamia -Google es realmente la gran Babilón-. ¿Qué se le ocurrió hacer a Martine McCutheon, la pizpireta muchacha que interpreta a la pretendienta de Hugh Grant cuando vio que como actriz-cantante no tenía suficiente? Escribir un libro. Sí, evidentemente, existen serias dudas de que no lo escribiera alguna adolescente hiperhormonada en una isla perdida de la costa noreste de Estados Unidos –no lo sugiero yo, lo dicen en The Guardian, con mucha más mala hostia-. ¿Cómo se llama el libro? La amante. ¿Quién es la protagonista? Una chica llamada Mandy, poseedora de un “cabello negro como el ébano que formaba brillantes ondas sobre sus hombros; de piel impoluta y radiante; con largas pestañas que enmarcaban a la perfección sus ojos marrones. Su labio inferior era algo más grande que el de arriba; cuando sonreía, la habitación entera se iluminaba” –“¿Les recuerda a alguien?”, subrayan en The Guardian, que deben estar bastantes hartos de tonterías-.
Bien. Al parecer, la pobre Martine no sólo tuvo que apechugar con semejante criatura, propia o ajena, en el mercado. Los comentarios que recibió la novela en Amazon fueron letales -”No malgaste el dinero”, “Un desastre”, “Es triste pensar que este libro ha destruido árboles”-. ¿Todas las críticas? ¡No, todas no! Hubo un crítico que la alabó más allá de la prudencia y le otorgó cinco estrellas. No tardó en descubrirse que el tipo que loaba el libro de Martine, y el de otros de la misma editorial, era uno de los responsables de la casa. Tongazo. Comparándolo con lo que estamos acostumbrados, tongazo no tan importante – ¡sorpresa! hay quien opina interesadamente en un sistema de críticas abierto- pero sí lo suficiente como para hundir en el lodo a todos a los que afectaba.
Así que, en efecto, lo que le faltaba a la pobre Martine.
Y, sobre todo, lo que le faltaba a su (aún más pobre) representante.
Bien. De las cosas de las que se acaba enterando una, incluso con la mejor de las intenciones.
Tras este pedacito de ruindad, siempre necesario en mitad de la felicidad plena, les deseo que estos días les traigan, al menos, un pedazo de esto.
Y, sobre todo, de esto:













